MI FIESTA NACIONAL

 

 

 

 

 

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No me gustan las fiestas… ¡Qué le voy a hacer! Y como le ocurría al gran George Brassens,  “Cuando la fiesta nacional, yo me quedo en la cama igual, que la música militar nunca me supo levantar”.

No quiero con ello decir que no me gusten los días de fiesta, los días de ocio. Tampoco es eso. Aunque disfruto de mi trabajo, disfruto también haciendo cosas por las que no recibo remuneración alguna, a no ser, por ejemplo, la vanidosa ilusión de ser leído con cierto interés por personas como usted. Me refiero a que no me gustan los festejos populares.

 

Por cierto que la propia palabra “festejo” tiene una connotación despectiva pues añade al término fiesta (“festa”) el sufijo “ejo” (del latín “ículus”,  de carácter generalmente  despectivo) de manera que en algo parece que coincidimos la Real Academia y yo.

 

Bromas aparte, lo cierto es que las fiestas, o festejos, populares forman parte del comportamiento antropológico de la humanidad a todo lo largo y ancho del globo y de la historia, de manera que no tiene sentido pretender su supresión. Algo hay en nuestra genética que nos impulsa a juntarnos para bajar la guardia del mutuo respeto y dar rienda más o menos suelta a “lo que nos pide el cuerpo”  y que habitualmente suele ser hartarnos de comer, de beber y de lo que se tercie, si se tercia.

 

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El hacerlo de manera colectiva consolida, al parecer, los lazos de la tribu.

Nos permite olisquearnos, despiojarnos mutuamente y exhibirnos frente al sexo opuesto y ante el propio, como en los cortejos de apareamiento de cualquier otra clase de animales, lo cual, posiblemente, era una forma darwiniana de seleccionar pareja en los tiempos anteriores a las redes sociales.

 

El carácter festivo, además y en la medida en que hagamos alguna barbaridad (que es momento propicio) sirve para diluir cualquier sentimiento de vergüenza, culpa, o simplemente de empatía para con la víctima. Sirve para que, coincidiendo en el disfrute de esas feromonas mutuas, reforcemos el convencimiento de que somos una nación, un “nosotros” bien diferenciado de “los otros” que no huelen así, ni gritan nuestros gritos, ni adoran a nuestros dioses, ni siguen nuestras consignas.

En una palabra, que lo mejor que se puede decir de ellos es que sobran.

Como dice una cancioncilla popular:

“cuando el cura predicaba, toda la gente lloraba,  menos el pobre Simón.

¿Cómo no lloras, Simón? Le pregunta la tía Eustoquia.

Yo no soy de la pirroquia y los que lloran, lo son”

Desde siempre, los gestores del miedo y la culpa, los sacerdotes de todos los dioses que en el mundo han sido, han destacado por su imaginación y dotes organizativas  para este tipo de catarsis colectivas. Son los inventores de las ceremonias, los cánticos, las plegarias, los misterios, las ofrendas y los sacrificios propiciatorios.

Todo ello a la mayor gloria, o piedad, de la deidad de turno, según la cosa fuese de agradecer cosechas o victorias, o de suplicar el fin de la sequía… o de la riada.

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No es de extrañar, por tanto, que la Iglesia Católica (la única verdadera, según su propia consideración) esté hecha un demonio con eso del Halloween… ¡Habrase visto semejante patochada! Vienen a decir. Lo que hay que celebrar es lo que decimos nosotros, los monopolistas de las ceremonias públicas desde que se las quitamos a los romanos cuando estaban de péplum caído.

Noviembre era, por cierto, un mes de los menos animados en el viejo Imperio Latino  pues para ellos eran tiempos de  arar y sembrar la tierra.

 

No obstante, sacaban tiempo, por ejemplo, para organizar las Fiestas Plebeyas, instituidas en el año 220 a.c
como banquete-romanos1conmemoración de la reconciliación de patricios y plebeyos (ardua tarea) que comenzaban el día 4 y duraban hasta el 17, nada menos.

 

 

Durante su celebración los  sacerdotes Septenviros, o Epulones (de ahí la referencia evangélica al tragón tacaño que fue al infierno derecho- Lucas 16, versículos 19 al 31-) organizaban en nombre de la plebe un festín en honor de Júpiter, al que acompañaban las diosas Juno y Minerva.

En la tal jamada, el dios comía recostado y las diosas sentadas, muy modosamente.

Es de suponer que la plebe, en ocasión tan especial (su propia fiesta) se ponía las cáligas.

Volviendo por un momento al principio de este artículo. A mí no me gustan estas, ni otras celebraciones colectivas. Pero si me gustasen, por lo menos tendría que reconocer, en puridad liberal, que tan tontas o artificiosas son las unas como las otras. Lo que me parece profundamente sectario es el discurso que diferencia entre las buenas fiestas (las mías, claro) y las malas (las de los demás).

Y es que, a poco que rasquemos bajo la costra de falsa jarana cosmopolita, todas las fiestas son “fiestas nacionales”… de “mi nación”, grande o pequeña. De mi tribu, de mis tradiciones, o sea, “nuestras”. De manera que, una vez sumergido el yo en el barullo del nosotros, cualquier barbaridad, cualquier cosa que un ciudadano en sus cabales jamás podría hacer, ni mucho menos disfrutar, queda justificado.

 

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Desde las entrañables matanzas romanas en el circo, a los cálidos Autos de Fe, pasando por las torturas de toda suerte de animales, tan llenas de estética y cultura, o la nueva gilipollez de lanzarse unos a otros toneladas de tomates, innovación lúdica de factura genuinamente española (fabulosa “startup”) y que, no sin razón, ha alcanzado fama mundial porque en todas partes hay gente con ganas de hacer el tonto.

 

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Así que nada de Halloween.

Que ni es cristiano, ni español (ni de ninguna otra nación de las que forman el Estado, según se dice por aquí).

 

Es una americanada y da un cierto canguelo. No como los capirotes, los copones sangrantes, los santos degollados, o demás imaginería cristiana y patria.

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¿Se lo imaginan con tinto? 

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