¿Dónde estás, corazón?

corazon 

 

El pasado día 29 de Setiembre celebramos el día Mundial del Corazón. Por lo visto, así lo había declarado la Federación Mundial del Corazón con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud y de la UNESCO. Doctas entidades.

Yo no lo sabía… Todos los días son el “día de algo”. Tenemos una especie de neosantoral  laico que sirve para organizar eventos cívicos, conferencias, congresos y copetines y para dar contenido a los magazines radiofónicos de las mañanas. Bien está, no seré yo el que se oponga y menos tratándose de una víscera de tanta importancia.

Lo de la importancia de este músculo lo descubrimos de niños en clase de ciencias. La mejor clase de ciencias que me viene a la memoria, salvando las de Don Rafael Amieva, que era mi profesor,  es la que impartía Don Roberto en la película “Amanece que no es poco” donde la clase entera se convertía en un coro de Gospel y cantaban aquello de:

 En el cuerpo humano hay algo que es sensacional

  pues día y noche trabaja sin parar

No es una máquina, tampoco es un motor

 sólo es una víscera, se llama corazón.

Causa admiración, causa admiración

causa admiración cómo trabaja el corazón…

¡Qué complicación, qué complicación

qué complicación, si se te para el corazón!

 

Esquemáticamente, los latidos del corazón se producen como consecuencia de los impulsos eléctricos transmitidos por un nervio de nombre curioso: “nervio vago”. Curioso y tal vez injusto si consideramos que, como cantaban los niños de Don Roberto, el corazón, sus vasos y sus nervios, cumplen su función durante toda nuestra vida, sin pausa ni reposo.

Como es sabido, estos impulsos eléctricos hacen que las aurículas y los ventrículos se contraigan de forma adecuada, sincrónica y rítmica. Ordenada, en definitiva, con una frecuencia que oscila entre 60 y 100 latidos por minuto, salvo que nos pongamos a correr.

Así que todo lo que tiene que ver con este órgano y con el sistema, o sistemas, de que forma parte resulta fascinante. Personalmente, uno de los descubrimientos sobre este tema que más me ha hecho pensar es el de que células del corazón o, para ser más exactos, células cardiacas nuevecitas, obtenidas a partir de células madre y que se denominan cardiomiocitos, laten bajo el microscopio. Y laten ellas solas, a un ritmo perfectamente normal, sin necesidad de impulsos eléctricos, ni de nada durante semanas. Por lo visto, cada cardiomiocito  ya sabe lo que tiene que hacer.

Esta es una cuestión interesante. Si otorgásemos personalidad a las diferentes partes de este maravilloso sistema que nos mantiene vivos e imaginásemos que son capaces de hablar y razonar, podríamos asistir a toda una escuela de gestión, de coordinación, de organización industrial, de estrategia, de logística…

Si fuésemos capaces (que todavía no hemos llegado a tanto) de comprender detalladamente los procesos físicos y químicos que se concatenan para producir ese constante bombeo de la sangre y tuviéramos cabal conocimiento del papel que juega cada pieza, cada eslabón de la cadena vital, aun así nos faltaría reconocer esa sencilla, sencillísima, máxima que posiblemente sea la que, al final, lo explique todo… que cada elemento del sistema, sin necesidad de ser empujado por otro y sin relajar sus responsabilidades en otros, que cada uno en su puesto… “hace lo que tiene que hacer”.

De manera que si el sistema falla, sin duda hay alguna pieza que falla estrepitosamente, pero muy posiblemente hay otras que colaboran, o que no alertan, o que no ponen remedio, o que miran para otro lado, o que pasan de todo, o que están tan fanatizadas, tan maleducadas, o son tan estúpidas, que prefieren el suicidio colectivo al calor de la comodidad personal.

En España vivimos anonadados ante la proliferación de los casos de corrupción política de todo tipo. Es algo bueno que, por lo menos ahora que padecemos los rigores de una crisis económica con escasos precedentes, tengamos la epidermis lo suficientemente sensible como para sentir que todas esas actividades de muy variada casuística que englobamos bajo el confuso término de “corrupción”, son inaceptables. No hace mucho tiempo era cosa “de espabis”, como decía mi padre.

Pero lo que parece que no queremos admitir es que para que esto haya llegado a ocurrir y para que haya adquirido las proporciones ciclópeas que tiene y que deberían avergonzarnos ante nuestros contemporáneos y ante la historia, no solo ha hecho falta que cunda la degeneración en ese grupo de personas que despectivamente se denomina “casta política”… Han hecho falta muchas más cosas.

Han hecho falta más cosas… y más personas, entidades y castas implicadas de alguna manera.

Comenzando por “las cosas”, es decir, por las acciones y omisiones que dañan el buen orden del sistema político y administrativo. Pienso que el énfasis puesto en los delitos de corrupción impacta de tal modo en el debate político y mediático (pone los focos) que exonera (deja en una zona de sombra) al resto de incumplimientos, de acciones antijurídicas que se producen de manera cotidiana y a todos los niveles y desde luego, hace que las obligaciones positivas de Buen Gobierno y Buena Administración que algún día el legislador declaró pomposamente, sean percibidas como mera “música celestial” o, en el mejor de los casos, como materia de trabajo para consultores o “coachers”.

Así, el propio sistema organiza la fuga de la responsabilidad. Los delitos son… “cosa de los jueces”. Los ilícitos administrativos son…”cosa de funcionarios y picapleitos de las empresas contratistas”. Los Principios de Gestión Pública son, directamente, “el sexo de los ángeles”.

Vivimos, siento decirlo, ante un fallo sistémico, el famoso “fallo multiorgánico” de todos los mecanismos de control del Sector Público.

¿Alguien en su sano juicio puede creerse que la corrupción a gran escala ligada al urbanismo, por ejemplo, o a los contratos públicos, hubiera podido producirse, por corruptos que fuesen los políticos de turno, sin la colaboración, activa o pasiva, o sin la despreocupación más absoluta, de Interventores, Secretarios, técnicos de contratación, de obras, de hacienda, de contabilidad… ¡de todo!?… ¿Dónde han estado todos estos años?… ¿A qué se ha dedicado el llamado “Control Interno de la Administración”?… ¿En qué ha quedado aquella sustancial probidad profesional de unos funcionarios que son inamovibles precisamente para que puedan servir  al ciudadano bajo el único imperio de la ley?…

¿Qué puede existir el riesgo de represalias?… ¿Y quién ha dicho que ejercer la ciudadanía, cada uno en su puesto, sea sencillo? En todo caso, ante esa eventualidad… ¿Qué hacían lo sindicatos, manifestación de la fuerza de la unidad de los trabajadores, o funcionarios, frente a los posibles abusos de empresarios, o políticos en este caso?

Y si hablamos del Interno, justo será traer a colación a los venerables órganos de Control Externo (Tribunales de Cuentas) ensimismados y complacientes, entretenidos en su “torre de marfil”, mareando su perdiz lejos de la realidad y del sistema parlamentario, que es su cliente, gestionando una metodología de la que decir obsoleta es poco, casi mejor directamente fósil e inútil, como ha quedado de manifiesto de manera palpable una y otra vez.

¿Y de los múltiples “organismos reguladores” hilarantemente denominados “independientes” con los que los apóstoles de la “Nueva Administración Pública” nos han  dado gato por liebre sustituyendo la denostada influencia política por la captura, pura y dura, del legislador por parte de las grandes empresas?

Ha fallado también el Control Político (el control parlamentario- o el que han de ejercer los concejales). Desde el punto de vista político, la oposición tiende a perderse en debates de presunta actualidad. Lo que sale en los medios provoca preguntas e interpelaciones y las preguntas e interpelaciones más “picantes”, aunque se trate de insustancialidades, son las que salen en los medios y así sucesivamente,  mientras que el parlamentario (la persona) el político que verdaderamente quiera cumplir su cometido, como James Stewart en Mr. Smith goes to Washington (Caballero sin espada en los cines españoles) se encontrará, merced a las posibilidades de la informática, literalmente aplastado bajo toneladas de información…  voluntariamente desinformante).

Está todo muy visto… Ya lo decía Sir Humphrey Appleby en la serie Sí, Ministro:

The Prime Minister doesn’t want the truth, he wants something he can tell Parliament.”

Hablaba, indirectamente, de otro elemento esencial del sistema de control del Sector Público, los medios de comunicación. ¿Han cumplido su función? Los medios de comunicación privados tradicionales se hallan sumidos en una crisis tecnológica de tal magnitud que les ha abocado a la dependencia absoluta (o sea, a lo más contrario a la independencia de criterio) respecto del anunciante, sea público o privado. Esa crisis, a su vez, les hace prescindir de profesionales solventes que no busca, ni paga, ni dota de medios. Y de los medios de comunicación públicos… ¿Qué cabe decir que su propio prestigio y audiencias no digan de manera clamorosa?

Avanzando un poco más nuestro recorrido por los distintos sistemas clásicos de control, no podemos olvidar el papel que puede (¿debería?) jugar el mundillo académico e intelectual y que tan presente estuvo, desde el famoso “J’Accuse” de Emilio Zola publicado el ya remoto 13 de enero de 1898. A favor unas veces y en contra casi siempre, pero ejerciendo un marcaje crítico del poder a lo largo de todo el siglo XX europeo. El mundo académico, las “escuelas de derecho” sin ir más lejos, hace tiempo que parecen haber abandonado cualquier pretensión de jugar un papel de conciencia crítica del poder y de su funcionamiento, por múltiples razones que resultaría prolijo explicar pero entre las que destacan la endogamia y la cooptación, por no hablar de lo a gustito que se vive en esa pantanosa zona de la “colaboración público-privada” (otro cuento). Es decir, de los negocios a la sombra y al calor del dinero público.  

En fin… Así podríamos seguir. Todos estos grupos, sus integrantes, altos y bajos funcionarios, jueces y fiscales, sindicalistas, periodistas, expertos, profesionales, periodistas, profesores, en fin… ¡Votantes! Todos tenemos perfectas excusas para explicar por qué no hicimos nada malo… ¡ni nada bueno!

Cada uno recitó sin mayor emoción lo que ponía en su papel… Sin meterse en líos. Sin preguntar, sin protestar, sin denunciar.

Ahora, en estos días, parece que comienzan los “Procesos de Nuremberg” de la corrupción española. No seré yo el que exculpe a ningún responsable de esos “de campanillas”. Bien está que caiga sobre ellos el peso de la ley, pero como dijo Edmun Burke, “para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada”

Aprendamos de la naturaleza. Si nosotros no lo hemos sabido ser (y no lo hemos sabido) mejor dejemos los Autos de Fe y hagamos para el mañana ciudadanos decentes.

Células de este sistema al fin y al cabo que, como las de nuestro propio corazón,  sepan lo que tiene que hacer y lo hagan sin necesidad de más obligaciones ni vigilancias.

   

2 respuestas a ¿Dónde estás, corazón?

  1. Good thinking. Joan Báez already said: If you do not fight to end corruption and rot, you’ll end up forming part of it. And I would add this: A country that chooses to corrupt people is not victim is an accomplice.

  2. Marisina dice:

    Ole y ole….toda una parábola en el mejor modo evangelizador y ejemplar para describir, de una forma aseptica, o sea, sin particularizar, un mal que nos embadurna a todos…como tú biebn dices: por activa o por pasiva.

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