¡esto lo arreglo yo…!

 

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¿Qué es “un problema”?

Podríamos definir problema como cualquier circunstancia de la vida personal o social de la que se derivan consecuencias negativas (“damnun emergens” o “lucrum cessans”) siempre desde un punto de vista subjetivo.

Señalo lo del punto de vista subjetivo porque, como es fácil de comprender, lo que resulta ser un problema para alguien, puede ser un beneficio para otro. No es que esto suceda algunas veces, es que ocurre siempre, de forma natural e imponderable. “No hay mal que por bien no venga”, dice el refrán y esta doble perspectiva del mal y del bien, tanto puede referirse a un sujeto que de una derrota vital extrae un valioso aprendizaje para el futuro, como al hecho de que de cualquier tipo de mal, sea el que sea, alguien obtiene alguna ventaja. Bien porque aprovecha el mal en sí, bien porque haya hecho de combatirlo su “modus vivendi”. Del fuego disfruta el pirómano y vive el bombero. Así son las cosas y no hay más vueltas que darle.

Por lo tanto, esta proposición nos sitúa ante la enorme dificultad de determinar de manera generalizable los criterios adecuados para la evaluación de un hecho problemático cualquiera. La evaluación siempre es algo subjetivo y  la sociedad vive de forma natural en un estado de permanente conflicto competitivo por lo que las percepciones de un mismo evento siempre serán variadas y a menudo, contradictorias.

Si podemos aceptar este planteamiento como una observación general, es decir, válido para todo tipo de problemas y para toda clase de ámbitos, desde la intimidad familiar hasta el mundo globalizado… ¿Qué no tendremos que decir de la definición y evaluación de los hechos a los que podríamos denominar “problemas sociales y políticos”?

laboratorio

A este tipo de cuestiones deberíamos acercarnos con la humildad y la precaución con la que se manejan los tubos de ensayo que contienen cepas de peligrosos virus, como hemos visto en tantas películas.

Para empezar, sea lo que sea lo que consideremos un problema, siempre podrá ser catalogado como simple o como complejo. Aunque esta primera clasificación ya es un tanto engañosa pues, si al analizar el asunto en cuestión diferenciamos, por ejemplo, entre causas, consecuencias y posibles soluciones, ya podemos ir pensando en que simple, lo que se dice simple, no hay nada. Que todo será cuestión de grado. Dejémoslo pues,en que los problemas pueden ser, como mucho, relativamente más simples, o relativamente más complejos.

Frente a los hechos que percibimos como problemas, el homo sapiens discurre y trata de plantear “soluciones”.

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Estas soluciones serán, también, más o menos difíciles o complejas en virtud de los recursos que sea necesario activar, de las personas cuya participación se requiera, de la organización que las sustente, etc.

Desde una perspectiva más teleológica, cuando las soluciones tratan de eliminar las causas del problema en cuestión solemos llamarlas soluciones “radicales”, es decir, que afrontan, no tanto la manifestación problemática en sí, sino su origen, de manera que, resuelto lo que se hubiere de resolver, el problema desaparecerá. Como desaparece el fuego si se quita el combustible… “Muerto el perro, se acabó la rabia”.

Este tipo de soluciones nos resultan, además, muy atractivas por su proyección hacia el futuro.

Nos gusta suponer que un problema resuelto “de raíz” no se repetirá.

En el ámbito del derecho penal se habla del Principio de Prevención General, en cuanto que el castigo infligido al delincuente (solución) disuade en cierta manera al resto de ciudadanos de repetir la conducta punible y del de Prevención Especial, en la medida en que el propio individuo sea capaz de aprender la lección. Que esto no deja de ser un pensamiento ilusionante (y un poco iluso)  ya lo señalan los viejos proverbios  que recuerdan que “nadie escarmienta en cabeza ajena” y que  “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”.  

Aunque no gozan de tanto predicamento, a menudo todo lo que podemos hacer para solucionar nuestros problemas son acciones de tipo paliativo. No podemos eliminar las raíces del mal, pero podemos neutralizar, minimizar y en último término reparar, sus consecuencias dañosas.

Sin embargo, a nuestro orgulloso cerebro parece darle la impresión de que estas soluciones acarrean una especie de rendición, de acomodación, que pugna con nuestro concepto (subjetivo, sí, pero absoluto) del bien y del mal.

Si volvemos ahora a la consideración de que las opiniones sobre lo bueno y lo malo, es decir, sobre lo que son o dejan de ser problemas políticos y sobre su gravedad y demás consideraciones, son subjetivas, llegaremos a la conclusión de que, por más que en nuestro fuero interno  nos satisfagan y nos parezcan dotadas de una luminosa claridad, un elemental respeto por los demás nos debe impedir plantear soluciones simples para problemas complejos (y todos los problemas políticos lo son) y tampoco buscar soluciones radicales mientras no seamos capaces de conseguir un consenso suficiente (cercano a la unanimidad) sobre los verdaderos orígenes de la cuestión problemática.

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Hasta aquí, todo lo dicho parecerán simplezas y obviedades. Reconozco que lo son. ¿Por qué, entonces, insistir en ello?

Pues porque, según parece, de tiempo en tiempo y por causas que no alcanzo a determinar con exactitud, a las sociedades les da por sucumbir al pensamiento mágico, voluntarista y al discurso demagógico.

Suelen ser tiempos de crisis económica, desde luego. Cuando los recursos merman,  el malestar, el malestar emocional, crece y se expande más allá del puro terreno de la economía… “Donde no hay harina, todo es mohína”.

El malestar activa nuestra dormida sensibilidad y nos hace percibir como intolerable lo que hasta ayer consentíamos impasibles (siendo, por cierto, tan inaceptable antaño como hogaño).

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El malestar difuso nos hace reclamar aquí y ahora lo que de sobra sabemos que no se puede conseguir, con la misma ciega desesperación con la que los impositores reclaman sus ahorros en la ventanilla de un banco en dificultades hasta precipitar su quiebra y la segura pérdida de sus depósitos.

La desesperada búsqueda de la salvación individual conduce a verdaderos suicidios colectivos.

El pánico mata, todos lo sabemos y no obstante, actuamos como fieras acorraladas.

Los demagogos que florecen en estas épocas ingratas, vendiendo sus crecepelos políticos como auténticas soluciones radicales, sustituyen la búsqueda de las causas, una tarea siempre ardua, por el fácil señalamiento de los causantes, de algún tipo de “sospechoso habitual”.

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Por cierto, más aún, ofreciendo al respetable la cabeza de un culpable, de un chivo expiatorio.

Que la relación entre el causante señalado y la causa declarada sea imaginaria o poco realista, es lo de menos.

Que la relación entre la hipotética causa y el efecto dañoso es algo que debe acreditarse, se olvida.

Que causa, culpa y responsabilidad sean conceptos bien distintos impone una innecesaria trabajera para el demagogo expeditivo y justiciero.

Como es evidente, ni la brujería era la causa de la pérdida de una cosecha o de la muerte de un ternero, ni podía acusarse de practicar brujería a las parteras, por el hecho de serlo, de pertenecer al oficio.

Tampoco se podría condenar, en buena ley, al chiflado que intentase practicar artes mágicas con mejores o peores objetivos porque la superstición no es eficaz para hacer el mal, ni el bien. Sería un “delito imposible” pero, tanto daba.

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Lo importante es siempre que el público pueda sentirse en el lado de los perjudicados, real o imaginariamente (ideológicamente) y lejos del colectivo de los causantes…

Ayer los judíos, después los maestros, hoy la “clase política”, o los inmigrantes, o los musulmanes, etc.

Entre esos dos polos, el de la inocencia subjetiva y el de la culpabilidad adscrita por designación, salta irremediable el rayo de la solución directa, presuntamente eficaz, valiente, simple, radical, oportuna, ejemplarizante y definitiva. Bella y redonda, exenta de dificultades ni matices. Generalmente violenta. Siempre estúpida e irracional.

 

Es la subyugante “dialéctica de los puños y las pistolas” que me ha recordado el excelente dibujo de “El Roto” publicado en el diario El País del 28 de Julio de 2016 y que ilustra este texto.

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Viene muy a cuento esta referencia a la búsqueda de soluciones fáciles a problemas complejos por cuanto acabamos de rememorar el 80 aniversario del inicio de la Guerra Civil española. Terrible solución para muchos y dramáticos problemas, bien es cierto, pero que tan hondamente caló en la visión de tantos españoles como la solución  radical e inevitable.

Escuchemos en sus propias palabras a uno de los autores intelectuales de aquella masacre.

Lo traigo a colación por la claridad con la que expone sus pretensiones y hago la advertencia de que ni fue el único, pues fueron muchos los que cayeron en la locura demagógica en aquellos desgraciados tiempos, ni tampoco tienen sus correligionarios la exclusiva del desprecio de la democracia ni de la locura sectaria.

No hay análisis sencillos para dramas complejos, podemos leerlo en las memorias, por ejemplo, de Azaña o en las del socialista Juan Simeón Vidarte, paradigmáticamente tituladas “Todos fuimos culpables”, o en  el magnífico (y profético) “Guerra y vicisitudes de los españoles” del bilbaino Julián de Zugazagoitia.

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El caso es que Jose Antonio Primo de Rivera, en su discurso fundacional de Falange Española, pronunciado en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933, tras exponer su ideario (evidentemente fascista) añadía:

“… Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia…Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”.

Y continuaba unos párrafos más allá:

…hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!”

Emoción, poesía, en vez de raciocinio. Posiciones simples y “enérgicas”.

Faltaban sólo unos pocos años para el baño de sangre que se llevó, entre las de otros muchos, su propia vida.

¡Cuánta estupidez!

 

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