No eres tú… Soy yo.

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Dicen que esta frase forma parte del procedimiento eufemístico estándar con el que una chica suele comenzar el siempre complicado parlamento con el que dar puerta a un novio al que ya no quiere.

Se trata de obtener de manera rápida e inapelable el resultado buscado, la ruptura, pero lastimando lo menos posible la siempre frágil autoestima varonil.

 

Es el preludio de una más o menos larga mentira piadosa que, como acto caritativo que es, siempre deberíamos  agradecer y corresponder dejándonos engañar un poco. Sin tremendismos. No hablemos de traición, ni mucho menos de “cuernos”. Seamos civilizados, guardemos un bonito recuerdo de los tiempos felices… ¡Y a otra cosa, mariposa!

Por el contrario, en el divorcio político que llamamos “Brexit” parece que ambos “ex” están empeñados en la rumia de los cristales rotos del desamor hasta destrozarse las encías.

¿Por qué no se utiliza un poco de diplomacia piadosa?… Porque todo lo que está pasando cabalga a lomos de una de las pasiones colectivas más destructivas, equiparable en sus efectos a los celos personales: el nacionalismo.

El Reino Unido de la Gran Bretaña no ha votado, como falsamente se da a entender, por “salir de Europa”, lo que por otra parte es imposible desde un punto de vista geográfico, o geoestratégico. El Reino Unido ha votado su salida de un constructo político-jurídico-institucional concreto llamado Unión Europea, que no es lo mismo.

Esta instancia supranacional, la Unión Europea, todavía mantiene en su seno algo, aunque sea una dosis francamente homeopática, del espíritu fraterno que impulsó las decisiones de los padres fundadores, allá en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Tal vez hizo falta sentir y oler el nauseabundo aroma de la carne quemada (por segunda vez y a lo grande) en el altar de los nacionalismos para que se adoptasen ciertas decisiones que hoy nos suenan a música celestial pero recordemos un poco y repasemos algunos nombres y algunos hitos.  

Podemos comenzar el recorrido de la mano de Robert Schuman, Ministro de Asuntos Exteriores francés entre 1948 y 1952 quien, en cooperación con Jean Monnet, otro político francés,  redactó un plan proponiendo el control conjunto, o sea mutuo y no “nacional”, de la producción de carbón y acero, las materias primas más importantes de la industria de armamentos y que fue anunciado el 9 de mayo de 1950, fecha que se considera el día del nacimiento de la Unión Europea.

Junto a ellos, Joseph Bech, luxemburgués y Johan Willem Beyen, holandés, impulsaron la creación de esta primigenia comunidad. Así, un memorando conjunto de los países del Benelux  (Bélgica+Holanda+Luxemburgo, dicho sea para los más jóvenes) dio pie a la celebración de la Conferencia de Mesina en junio de 1955, donde los seis países participantes encargaron al político belga Paul-Henri Spaak la presidencia del comité de trabajo que redactó el Tratado de Roma, el tratado fundacional de la Unión.

Ahora bien, nada de esto hubiera ocurrido sin la grandeza política de individuos como Konrad Adenauer, el primer Canciller de la República Federal de Alemania; el general Charles de Gaulle, Presidente de la República Francesa;  Alcide de Gasperi, Primer Ministro italiano y Ministro de Asuntos Exteriores de 1945 a 1953 o Winston Churchill, Primer Ministro británico (de 1940 a 1945 y de 1951 a 1955) que fue uno de los primeros en propugnar la creación de unos «Estados Unidos de Europa» para eliminar de una vez por todas las lacras del nacionalismo y el belicismo.

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Y en fin, desde esos compases iniciales, hubo otros grandes políticos que colaboraron con constancia y entusiasmo por la construcción de Europa.

 

Las personas de mi quinta no podemos olvidar, por ejemplo, a Jacques Delórs, político socialista francés que en enero de 1985 asume la Presidencia de la Comisión Europea y dinamiza, como nunca hasta entonces, el proceso de unificación hasta que, el 1 de noviembre de 1993, entra en vigor el Tratado de Maastricht que da nacimiento a la Unión Europea como proyecto verdaderamente político que incorpora el Mercado Común, el resto de Comunidades Europeas y una inédita (y hoy moribunda) “Ciudadanía Europea”.

Da la impresión, sin embargo,  de que las sucesivas generaciones han ido olvidando lo que ocurre cuando la demencia nacionalista y sectaria se desencadena. Y lo peor es que no son conscientes de que la catástrofe no se desencadena poco a poco.

Como ocurre con tantos procesos químicos, la reacción precipita cuando la disolución, que aparentemente aceptaba más y más soluto sin inmutarse, se sobresatura y ocurre lo que nadie esperaba… ¿O sí?… ¿De verdad “se veía venir” o la democracia es un globo grande que nos eleva y civiliza al que imprudentemente unos y otros van haciendo pequeños pinchazos hasta que, un mal día, cae?

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¿Cuánta demagogia?… ¿Cuánta xenofobia (contra los pobres, claro)?… ¿Cuánto abuso?… ¿Cuánta mentira complaciente creemos que es capaz de asumir el cuerpo social sin que las masas opten, consecuentemente, por la inhumanidad?

 

¿De qué se ríe tanto “euroescéptico”?… ¿Qué prefiere?

Pero volvamos nuestros ojos al otro lado de esta barricada, miremos a la Unión Europea. ¿Qué atractivo político puede tener para buena parte del electorado esta organización? No hablo del ideal europeo, sino del constructo político-jurídico que al día de hoy tenemos articulado entre “los 28”.

Lo cierto es que desde hace muchos años el método paulatino e indirecto de integración europea que, con paciencia de arácnido, se iba tejiendo alrededor la las viejas naciones se ha ido enfangando en un lodazal de burocracias.

No se ha construido un “demos” europeo. Nadie, o casi nadie, ha puesto mucho interés en ello y sin “demos” no hay democracia… Y no hay una democracia europea. Como mucho (y habría que matizar bastante) hay veintiocho.

El Parlamento Europeo es medianamente representativo, pero no es realmente legislador. El denominado “Proceso de Codecisión” inaugurado en Maastricht  es, más allá de sus buenas intenciones, un laberinto incomprensible. No hay una opinión pública europea informada y opinante sobre los asuntos comunes. El salto entre el ciudadano individual (el votante censado) y las instituciones europeas es de una magnitud cósmica. Los partidos políticos (herramientas básicas de articulación política) no tienen realmente dimensión europea y los representantes saben que su verdadero papel consiste en defender “en Bruselas” los intereses nacionales respectivos, los de allá donde están sus verdaderos electores.

Frente a esta carencia de democracia europea, una compleja máquina burocrática elabora en la mayor opacidad políticas y normativas al dictado de los únicos intereses que sí son capaces de hacerse presentes en el foro comunitario: los lobbies.

troika y merkel

Desde esa remota “Unión” los ciudadanos reciben políticas autoritarias dictadas por organismos no democráticos ni representativos y lo que es peor, arbitrarios y desiguales. Quien puede, por ejemplo Alemania, se permite el lujo de detener los procesos legislativos hasta que “su” propio poder judicial lo acepte, mientras que a quien no puede, por ejemplo España, se le impone nada menos que la modificación de su Constitución.

Lo cierto es que la Unión Europea, entendida como proceso político de integración hace aguas desde hace tiempo. Es un zombi, un muerto viviente, sostenido como artefacto disciplinante de los ricos (mercados financieros, países acreedores) contra los pobres. Es posible que, en ese sentido, incluso haya resultado ser una herramienta de cierta utilidad y un tanto más civilizada que la pura invasión militar. Puede ser pero, como canta Sabina respecto de sus exesposas… “pedirles, además, que me quisieran, sería pedirles demasiado”  

Y esto es lo que tenemos.

Una Unión Europea francamente desagradable cuyo destino común había ido consiguiendo mantenerse disimuladamente  fuera de las agendas políticas de las democracias entre la desgana, el desconocimiento y la sensación de inevitabilidad y de rutina.obra pia

 

Como ocurre con tantas cosas cuya pervivencia nos asombra cuando casualmente nos llegamos a percatar de su
existencia, invirtiendo la lógica, el órgano (burocrático) genera afanosamente su función, incluso crece y crece sin sentido, sin metas, sin más objetivo que sobrevivir, que mantener en marcha la bicicleta.

 

Desgraciadamente, sin embargo, no ha sido una reacción de los ciudadanos y los partidos políticos de Europa que, hartos de lidiar con esta estructura zombi y autoritaria, han puesto en evidencia la desnudez del fatuo Emperador de Andersen. No han sido los jóvenes airados de toda Europa los que, hartos de engaño, precariedad, abuso y falta de esperanza hayan puesto patas arriba el tinglado de la “troika”.  Al contrario, han sido los nacionalistas más sectarios. Han sido quienes ni siquiera parecen recordar el sacrificio que por esa vieja Europa que desprecian hicieron sus antepasados, una y otra vez, cruzando el canal para regar con su sangre las tierras del continente, enfrentándose a nuestros propios tiranos, desde Napoleón a Hitler, pasando por el Kaiser Guillermo.  

soldado ingles detien tanque

 

Y más desilusionante aún, que quienes han apostado por la permanencia, no nos engañemos, tampoco lo han hecho guiados por un impulso solidario y verdaderamente unionista, sino llevados de su particular nacionalismo. En efecto, cada mitología nacionalista tiene su propia metrópoli frente a la que desplegar su victimismo. Para Londres, es Bruselas. Para Glasgow, es Londres.

 

Parece que en este divorcio, sí soy yo… Y también eres tú.

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