EL ATRACTIVO DE LOS CANDIDATOS

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Aunque se repita con insistencia el reproche de que los políticos constituyen una casta que “no nos representa, porque no son como nosotros”, creo honradamente que se trata de un razonamiento equivocado. En efecto, el atractivo político y electoral supone la manifestación y el reconocimiento por parte de los electores, de una cierta superioridad del candidato, lo que se pone de manifiesto en distintos ámbitos de su personalidad. En realidad, nos “identificamos” más con alguien que no sea “demasiado idéntico” a nosotros.

Por ejemplo, en el aspecto físico, en lo que llamamos la “imagen”. El ejemplo sería John Fitzerald Kennedy. John Kennedy, merced a su amplia sonrisa, su aspecto juvenil y desde luego, su inteligencia y el apoyo económico y doctrinal de su familia, logró convertirse en 1946, con sólo 29 años, en Diputado del Partido Demócrata por Boston en la Cámara de Representantes, escaño que mantuvo en las elecciones de 1948 y 1950, siendo elegido Senador por el estado de Massachusetts en 1952. Tampoco escapa a esta consideración de la imagen, la presencia a su lado de su bella esposa Jacqueline. A su boda, que se celebró en Boston el 12 de septiembre de 1953, asistieron mil doscientos invitados.

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Indudablemente, poseía otras múltiples y notorias cualidades, pero es un lugar comúnmente aceptado que derrotó al republicano Richard Nixon en el célebre debate televisado por la NBC durante la campaña presidencial de 1960 gracias a su imagen fresca y moderna, algo que resultó decisivo para decantar el voto de los indecisos. Frente a un Nixon demacrado y de aspecto “mayor” (aunque, realmente, sólo lo fuera tres años más) triunfó el joven, risueño y mentalmente más ágil candidato demócrata.

Otro aspecto en el que una cierta superioridad se convierte en un atributo electoral, es el intelectual. El modelo del “político/intelectual” que podemos plantear podría ser Manuel Azaña y con él, en cierta medida, el conjunto de la clase política republicana con figuras de la talla de José Ortega y Gasset; Gregorio Marañón; Fernando de los Ríos; Julián Besteiro, etc.

Este componente intelectual era realmente valorado, no por personas de gran formación, sino por las masas obreras recientemente incorporadas a la lucha política que, desde aquellos incipientes pasos en la defensa de sus derechos, reconocían y admiraban la educación y la cultura, que ellos mismos no poseían, como la herramienta más eficaz para su liberación. Así, aún hoy en día, la exhibición de bien nutridos currículums, el dominio de idiomas, una competencia técnica acreditada o, en menor medida dada la postergación del debate parlamentario en favor de los “canutazos” televisivos de eslóganes y monólogos, de una buena capacidad oratoria. Brillantez, agilidad mental, capacidad expresiva, persuasión, etc. serían instrumentos esenciales para el ejercicio del arte de la política. Lo fueron desde la antigua democracia ateniense.
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Es posible que durante unos años, tal vez demasiados, el sistema político español que arrancó en la Transición con unas Cortes llenas de poetas, juristas, escritores y en general, diputados dotados de un cierto nivel intelectual, haya entronizado mecanismos de selección adversa en los partidos políticos hasta llegar a un lamentable círculo vicioso. Si la política la ejercen esbirros sin inteligencia, moral, ni ideas propias, la política se vuelve una ocupación despreciable. Si consideramos la política como algo despreciable, las personas más capacitadas huirán de los estrados y no participarán, con lo que la agorera profecía se cumplirá inexorablemente.

Da la impresión de que este atributo, que parecía olvidado, vuelve a ser reclamado desde múltiples foros en este ambiente de crisis del modelo político español. Esperemos que sea para bien, pero no olvidemos que esas personas de buena cualificación intelectual, de conocimiento y competencia nunca se verán atraídas a ejercer una actividad que se retribuye mal y se considera peor.

Un atractivo que, sobre todo en el mundo anglosajón y a partir de ahí en todas partes, aureola a los candidatos que la poseen, es la fortuna económica.

Indudablemente, la riqueza opera, antes que nada, en un sentido puramente material. La fortuna personal “libera” al político de muchas claudicaciones y gabelas y lo dota de una gran libertad de criterio. De hecho, hasta la irrupción de los partidos obreros a finales del siglo XIX, solamente los ricos, aristócratas y eclesiásticos (otra forma de liberación de las cuitas terrenales) ejercían funciones políticas. El mismo John F. Kennedy, muy difícilmente hubiera llegado donde llegó si su padre, el ambicioso y multimillonario Joseph Kennedy, no hubiera puesto a su disposición sus ingentes recursos.

Pero, como decía, en los países de la cultura hoy dominante, la anglosajona y protestante en general, el dinero es percibido como signo de un indefinido mérito. El que tiene dinero, se llega a pensar, es que “ha sabido ganárselo” y ese es el tipo de gente al que podemos votar para que nos represente. En el lenguaje común norteamericano, los pobres son “loosers” (perdedores)… no son ganadores. No nos pueden representar, aunque nosotros seamos más pobres que las ratas.

Ahora bien, poco anglicanos son los electores rendidos a Silvio Berlusconi en Italia, o al encanto de doña Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, condesa de Bornos y grande de España, por poner un par de ejemplos.

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Insisto en que, aunque este atributo resulte más propio de la cultura política en inglés que de la nuestra, pueden detectarse en el debate actual síntomas de contaminación de ese discurso. ¿Acaso no se escucha con frecuencia la muletilla de que tal, cual, o todos, están en política “para ganar dinero” o “para ganar lo que no ganarían fuera”, etc.? Indudablemente, si asociamos de manera instintiva ciertas virtudes, o defectos, a la mera situación económica de las personas (y lo hacemos constantemente) al que en este mundo, donde el dinero es el bien supremo, alcance el triunfo económico lo consideraremos íntegramente como un triunfador. Y viceversa, desconfiaremos del parado, del pobre, del excluido, del inmigrante.

En fin, como decía Quevedo, “Y pues quien le trae al lado es hermoso, aunque sea fiero, poderoso caballero es don Dinero”.

Otro elemento presente en lo que podríamos llamar el “encanto” de un candidato atractivo es la superioridad psicológica. Esa inteligencia ligada a la osadía; el valor; la improvisación; la astucia; la firmeza de carácter, etc. No cabe duda de que, en esto, los partidos políticos operan como elemento moderador. En los partidos sucede algo parecido a lo que pasa con el óvulo femenino, que puede atraer a millones de espermatozoides pero que, desde el momento en el que uno de ellos alcanza su objetivo y penetra en él, rechaza a todos los demás. Otro ejemplo, más agrio, es el del nido del cuco. Como es sabido, el polluelo del cuco, nada más salir del huevo, se encarga de eliminar a sus hermanos de camada, garantizando de tan cruel manera la supervivencia de su especie. En los partidos, quien alcanza el liderazgo interno tiene, como primer y permanente objetivo, la neutralización de todo adversario, real o potencial, presente o futuro.

Esta manifestación de darwinismo competitivo no debe ser ocasión para falsos escándalos. La naturaleza humana se manifiesta también en nuestro comportamiento en el seno de las organizaciones y produce efectos que tal vez puedan herir nuestra sensibilidad, pero que no podemos abordar sin reconocer lo inevitable de su condición. El sistema no puede obviar estas características y luego escandalizarse con hipocresía. Lo que debemos hacer, como ponemos presas en los ríos, es articular instituciones donde la naturaleza humana se vea forzada a discurrir por procedimientos mejores, más transparentes, por ejemplo. O que favorezcan la expresión de las minorías, etc.

¿Acaso no hemos visto surgir (y a menudo, declinar) a políticos minoritarios que cabalgan a lomos de su solo desparpajo? El renegado, el bandolero, el “verso suelto”, el que no sigue la corriente, el que se sale de lo trillado, ejerce un cierto atractivo electoral.

Este atributo sirve, indudablemente, para acceder al poder dentro de las organizaciones y sirve, llegado el caso, para presentarse ante el electorado enfatizando precisamente su rebeldía puesto que con frecuencia estos arrebatos de osadía política son consecuencia de la defenestración del interesado en la organización de origen.
Dado que el sistema electoral español impone listas cerradas y bloqueadas, raras veces encontraremos candidatos con este perfil sino, más bien, lo que se denomina “funcionario de partido”. El elector tendrá que votar lo que se le ofrece, le guste o no. Incluso cuando no conozca a nadie. Es un modelo… ¿Sigue siendo válido?

Hay un último aspecto que me parece destacable en cuanto a su capacidad para conformar el atractivo electoral de los candidatos: la superioridad moral.
Añadiré, sin esperar a más circunloquios, que me parece un elemento que se utiliza muy frecuentemente de manera espuria  y que es peligroso en toda ocasión.
Aclaremos que la virtud, la virtud moral, es un atributo específicamente humano e inmensamente valioso… ¡Qué duda cabe!  Pero de lo que hablamos ahora no es de la moral, sino de la “superioridad moral” percibida por el electorado y de su consecuente empleo como atributo de marketing electoral.

Para que la superioridad moral sea percibida en el mercado electoral, evidentemente primero ha tenido que ser exhibida como tal y para eso hace falta tener muy poco, pero que muy poco, pudor. Sin embargo, esto no ocurre rara vez. Al contrario, el discurso de la superioridad moral, sólo o en compañía de otras “superioridades”, es moneda común del debate político actual.
No es extraño que así ocurra puesto que una de las cuestiones más problemáticas de la política española de hoy es todo lo que tiene que ver con la corrupción (me limito a indicarlo porque el análisis del asunto de la corrupción daría por sí mismo para muchas páginas). Es lógico, entonces, que quienes aspiren a abrirse un hueco en el sistema proclamen, a beneficio de la duda puesto que nadie les ha visto, de momento, gobernar, su mayor austeridad, su honradez, su generosidad, su desprendimiento, su altura de miras, etc. y sobre todo , su incorruptibilidad.

Poco habremos aprendido del ser humano si, con independencia del legítimo derecho que les asiste a competir en el mercado político, cayesen los electores en la falacia de pensar que la moral, fuera de la conciencia de cada uno, se puede atribuir a colectivos, a siglas, a naciones o a movimientos políticos determinados. Ni se puede predicar la honradez de colectivos, ni se puede predicar colectivamente su ausencia. Tal vez tendría que haber escrito “no se debe” en vez de “no se puede” pues, de hecho, se hace constantemente. Pero se hace mal.

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¡Mucho ojo con la superioridad moral!, algo de lo que la izquierda tiene mucho de lo que arrepentirse.

Tal vez el más famoso político moralizante sea Maximilien Robespierre, uno de los promotores de la ejecución de Luis XVI y de la implantación de la República Francesa.

Este hombre íntegro, virtuoso y austero, cuando llegó al poder impuso una sangrienta represión contra sus antiguos correligionarios, unos por ser más de izquierdas, otros por ser excesivamente moderados y desde luego, contra toda clase de contrarrevolucionarios, monárquicos, aristócratas, clérigos, federalistas, capitalistas, especuladores, rebeldes, traidores y desafectos (hasta 42.000 penas de muerte en un año).

Su gobierno pasó a la historia con el nombre de “El Terror”.

De otros bienintencionados moralistas y promotores de la felicidad de sus pueblos, mejor ni hablamos.

En definitiva, que posiblemente desde Atapuerca, la horda humana acepta el liderazgo de quien demuestra ante la tribu poseer ciertos atributos percibidos por el grupo como interesantes a la hora de garantizar la supervivencia del colectivo. Y no se trata (como no se trataba entonces) de un juicio basado en razonamientos y “programas” sino de una intuición que nace de percepciones muy subjetivas. Instintivamente buscamos el gobierno de los mejores, la “aristocracia” en el sentido que del término daban los griegos clásicos. Ahora bien, el procedimiento democrático nos enseña que esos “mejores” ante cuya virtud nos sometemos pacíficamente, hemos de elegirnos nosotros mismos y será nuestro voto el que los haga “aristós”, o deje de hacerlos. ¿Sabremos acertar?… ¿Tendremos verdaderas oportunidades para ello?

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