COSAS QUE TE OCURREN DESPUÉS DE MUERTO

  

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Una cosa es que, al parecer, no nos demos cuenta y otra muy distinta es que tras la muerte dejen de ocurrirnos cosas. Sórdidas en general, aunque algunos afortunados experimentan vivencias (mejor decir “moriencias”) ciertamente interesantes.

Comencemos por éstas. En el delicioso cementerio parisino de Père Lachaise está enterrado el pobre Víctor Noir, cuya efigie besa apasionadamente la señorita de la fotografía que ilustra este post.

Este combativo periodista trabajaba en La Marsellaise, medio de ferviente ideología republicana como su propio nombre indica, dirigido por Henri Rochefort.

El caso es que en diciembre de 1869, en una de las acostumbradas trifulcas entre periódicos de la época, salió a relucir (más bien pingando) el mismísimo Napoleón Bonaparte. Un aristócrata de la familia, Pierre Bonaparte, severamente ofendido, desafió a Rochefort.

Víctor Noir y otro colega se presentaron en casa del príncipe Bonaparte a fin de cumplimentar los trámites del duelo (que si las armas, que si la hora, que si los pasos, etc… Ese tipo de cosas). Todos iban armados y parece que la conversación no discurrió por los estrictos cauces de la bofetada simbólica con los guantes y demás liturgias. No está claro quién desenfundó primero, pero sí que Bonaparte disparó y Noir, murió.

Más de 100.000 personas acompañaron al periodista republicano en su último viaje. Por lo demás, el periódico fue incautado y Rochefort enviado a prisión durante seis meses. Pierre Bonaparte, como es natural, se fue de rositas.

Tiempo después, en 1889, tras el establecimiento de la Tercera República Francesa, el cuerpo de Víctor Noir fue trasladado al cementerio del Père Lachaise y para realzar su tumba se encargó una estatua al escultor Jules Dalou. Este Dalou, por cierto, fue un auténtico “comunista”, o “comunero” pues cuando, en marzo de 1871, la Comuna de París estableció un gobierno insurrecto, Dalou fue designado subdirector interino del Louvre.

 

El caso es que la estatua del periodista asesinado, de bronce y a tamaño natural, fuera por una desmesurada idealización del héroe caído (pues posar no pudo, ya que llevaba bastantes años muerto) o fuese por simple licencia artística, tiene una notable protuberancia en los pantalones, lo que ha hecho que se convierta en uno de los monumentos más populares, especialmente para las mujeres que visitan el famoso cementerio.

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La creencia dice que colocar una flor en el sombrero hacia arriba tras besar la estatua en los labios y rozar su área genital proporciona una feliz vida sexual.

 

 

 

 

 

Pero, en fin, al resto de los mortales nos ocurren cosas menos significativas… por decirlo de algún modo.

 Una de ellas es la determinación del destino de nuestros bienes.

 

Lo normal, incluso diríamos lo lógico, dada la inutilidad que el patrimonio acumulado tiene post mortem, excepto para quienes crean que las misas cantadas (y de pago) en sufragio de su alma pecadora pueden resultarles útiles a la hora de rendir cuentas, es que los vivos más próximos al difunto se repartan, de mejor o peor manera, sus bienes.

 

En ese delicado trance en el que confluyen los desgarrados sentimientos humanos ligados a la reciente pérdida y los intereses personales, más humanos todavía, ligados a la inminente ganancia, el conflicto es casi inevitable y por ello han sido objeto del derecho desde la más remota antigüedad. Por citar, citaremos al rey babilonio Hammurabi que, en el siglo XVIII antes de Cristo, ya recogía en su famoso Código leyes en materia hereditaria.

 

 

hammurabiEl derecho, pues, interviene encauzando la libertad individual y amoldando las acciones de las personas a los límites de lo que el sistema político considera adecuado en cada momento. Ese “sistema político” con capacidad de arbitrar en los conflictos inherentes a la condición humana puede ser, lo ha sido a lo largo de la historia, sumamente variado. Desde la opinión de los ancianos, o de los sacerdotes, pasando por la decisión personal de un solo individuo investido del poder normativo: un Rey, un Emperador… o un Generalísimo, por poner un ejemplo. En una democracia moderna el proceso por el que la sociedad convierte sus ideales y sus principios en normas de obligado cumplimiento pasa por el debate público y la decisión del poder representativo.

Por eso es natural que las normas jurídicas que regulan los diferentes aspectos de la vida social sufran de manera cotidiana procesos de revisión y adaptación. Cambian, por ejemplo, los límites de la edad para contraer matrimonio (exactamente hoy) o incluso la regulación del mismo, apareciendo novedades como el divorcio (aprobado en España en 1932, durante la II República) o el reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo, de 2005.

En lo referente a las herencias, que es algo de lo que nos ocurre después de muertos, la evolución de la realidad social parece haberse congelado a los ojos del legislador. En efecto, la libertad individual, consagrada como “Valor Superior” de todo el ordenamiento jurídico, según proclama el propio artículo 1.1 de la Constitución Española, se manifiesta en el derecho reconocido en el artículo 33.1, “Se reconoce el derecho a la propiedad privada y a la herencia”, es decir, a poseer y disponer de un patrimonio propio, tanto durante la vida como tras la muerte, o por su causa. Podemos dejar nuestros bienes en herencia y podemos recibirlos por la misma razón.

¿Podemos?… Pues, relativamente.

En efecto, como ocurre con tanta frecuencia, una vez declarados los grandes principios, comienza el laberinto de las excepciones, los peros y los matices. Esto tampoco debería resultar demasiado llamativo pues la realidad social sobre la que el derecho opera es, a su vez, compleja. Ahora bien… ¿Obedecen las limitaciones a la libertad impuestas por el derecho en materia hereditaria a la realidad social actual, o se trata de una reliquia jurídica sostenida desde planteamientos aplastantemente reaccionarios?

Si el motivo, único razonable, que puede sustentar una limitación a la libertad de los individuos en relación con la disposición testamentaria de sus bienes es la prevención frente a una hipotética insolidaridad intergeneracional caprichosa, la solución otorgada por el derecho vigente no puede ser más absurda y más arcaica. Otra cosa es que el debate no consiga hacerse un hueco en la arena política ni casi en el ambiente jurídico. El muerto no tiene quien le defienda.

El derecho español, al instituir herederos forzosos para las dos terceras partes de la herencia (legítimas) hurta al causante la posibilidad de ejercer por sí mismo ese postrer acto de solidaridad, presidido por el afecto. ¿Qué puede hacer pensar al legislador que “es mejor no fiarse”?… ¿Qué padres no querrán, en condiciones normales, traspasar su patrimonio a unos hijos a quienes, para ese momento, ya habrán entregado mucho más de lo que jamás recibirán?

Y si las condiciones no son “normales”… ¿No parece más razonable que, como mínimo, sea el juez el que indague en cada caso dónde están la razón y la justicia?… Pues no era otra cosa lo que proponía, hace tantísimos siglos, el viejo Hammurabi en su Ley 167: “… Si uno se propuso desheredar su hijo y dijo a los jueces: “desheredo a mi hijo” los jueces discernirán lo que hay detrás de eso (sus razones). Si el hijo no es responsable de una falta grave susceptible de quitar la filiación hereditaria, el padre no podrá desheredar al hijo”.

¿Cómo es posible que la regulación hereditaria siga, contra toda lógica social, postergando a la pareja de la persona difunta a favor de los meros consanguíneos, al margen de toda convivencia efectiva?

¿Alguien se ha tomado la molestia de leer las surrealistas causas de desheredación, es decir, en sentido contrario, de las causas que, pese a su existencia, siguen obligando al testador a dejar sus bienes al heredero forzoso?

En el caso de los hijos, por poner un ejemplo, sería necesario “haber negado, sin motivo legítimo, los alimentos al padre o ascendiente que le deshereda” o “haberle maltratado de obra o injuriado gravemente de palabra”. La falta de relación afectiva con el progenitor o el abandono sentimental no son causa de desheredación, aunque sí lo sea (S. del Tribunal Supremo de 3 de Junio de 2014) el maltrato psicológico consistente en “insultos y menosprecios reiterados y sobre todo, de un maltrato psíquico que supuso un auténtico abandono familiar“… ¡Menos mal!

Otra de las cosas que comienzan a sucedernos tras expirar nuestro último aliento es que, en el caso de habernos casado y de haber tenido hijos, dejamos viudos/as y huérfanos/as. En principio esto sería, tan sólo, un dato estadístico. Lo que ocurre es que nuevamente el derecho, el sistema político, interviene y produce efectos que pretenden modificar, por alguna razón política, la mera realidad social.

En efecto, hace muchísimos años, la estructura familiar típica constaba de un padre asalariado, una madre ama de casa y unos hijos pequeños. La esperanza de vida era harto menor y la muerte del esposo y padre sumía a la familia en una situación económica desesperada. Así, los sistemas de previsión social, desde los más arcaicos y elementales hasta el desarrollo de la Seguridad Social pública en el pasado siglo, fueron estableciendo prestaciones de viudedad y orfandad pues ambos hechos, la supervivencia al cónyuge o al progenitor eran, casi indefectiblemente, origen de una gran necesidad y puerta abierta a la más sórdida miseria.

¿Es esto así, hoy en día?

¿Es el hecho mismo de la muerte del cónyuge, o del padre o madre, una causa suficiente para obtener una prestación pública?

Parece razonablemente sostenible que no. Insisto, estoy refiriéndome al mero hecho de la supervivencia (viudez u orfandad) con independencia de que pueda resultar que, en efecto, la previa dependencia económica respecto de la persona difunta acredite la existencia de una necesidad real, en cuyo caso la prestación estaría plenamente justificada. Porque la causa de la prestación estará en esa situación de necesidad. No puede ser un pago para alivio del duelo, ¿no?.

¿Habrá cobrado su pensión el viudo de la Duquesa de Alba, por poner un ejemplo?… ¿Y el señor Amancio Ortega, hombre más rico de España, la causada por la muerte de su ex esposa, Rosalía Mera?

Ya vemos, pues, que para el mundo del derecho, en el “más allá” ocurren muchas cosas… Algunas podríamos considerarlas como fenómenos un tanto “paranormales”.

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