SORDIDA OFFICIA

verdugos

 “… ¿Y qué, si te llaman hideputa? Piensa que, si eres honrado, importa poco el oficio que tengas, sino la voluntad que pones en desempeñarlo bien. Y por todos los diablos del mundo, que miraré de ser el mejor verdugo de la ciudad…”

“El resplandor de las hogueras” Pedro Sanz Lallana

 

La humanidad, tal vez desde el momento en que dejamos de ser una horda de simios cazadores y recolectores, inició un proceso caracterizado por la especialización laboral de cada individuo y el intercambio posterior de sus frutos. Recordemos a Caín, agricultor y a su hermano Abel, ganadero (Génesis 4, 3-13).

Este indudable avance que, con sus más y sus menos, supuso sin duda un salto de gigante para la evolución de nuestra especie, es dable imaginar que no tardaría mucho en ser seguido de otro salto en la especialización del “homo faber”, la aparición de aristocracias caracterizadas precisamente, no por trabajar, sino por poseer. Poseer la tierra, que era el factor exclusivo de capital.

Así, podemos rastrear la distinción entre dedicaciones prestigiosas y trabajos infamantes desde la antigüedad clásica. Nada menos que el gran Aristóteles afirmaba sin empacho cosas como que… “el servicio físico a las necesidades de la vida proviene de los esclavos y de los animales domesticados. Por eso ha sido intención de la naturaleza modelar cuerpos diferentes para el hombre libre y para el esclavo”… Él notaría la diferencia, es de suponer.

Resulta curioso ese desprecio que la sociedad extiende sobre aquello que más necesita, mientras ensalza lo superfluo. Aún en castellano nos referimos elípticamente al acto de la defecación como “hacer las necesidades”… Como si dormir, comer, beber, respirar y comunicarnos no dejasen de constituir necesidades igualmente perentorias.

El caso es que la cultura occidental fue elaborando paulatinamente una distribución estamental cada vez más rígida, estereotipada y puntillosamente clasificada. Como es sabido encontramos, de arriba abajo, primeramente a la Nobleza, desde   el monarca hasta el más mísero hidalgo. Esta categoría social estaba frecuentemente compuesta de familias de origen profesional militar y grandes propietarios de mayorazgos. Por otra parte estaba el Clero,  cuya elevada función de intermediación con la divinidad, celibato y voto mendicante le apartaba de las tareas productivas. Dicho sea todo ello en términos muy generales, pues tampoco podemos olvidar la razonable regla benedictina del “ora et labora”. Finalmente estaba  el llamado Pueblo Llano, compuesto de pobres, pero humanos al fin, que hacían lo posible a su vez por jerarquizarse entre ellos en razas, religiones… o por el trabajo mediante el que se procuraban el sustento.

En efecto, siendo la tierra y su posesión, grande o pequeña, el sustrato sobre el que se constituía la sociedad entera, es imaginable que los simples asalariados, o los dedicados a labores artesanas forzosamente itinerantes, es decir, quienes no tuvieran otro bien que su fuerza de trabajo, obtenían escaso beneficio pero abundante descrédito e infamia. Eran los llamados “oficios mecánicos”, “viles”o “infamantes”, dentro de los cuales a su vez, los había malos… ¡y peores!

Aquellas gentes incultas y amedrentadas identificaban el mal con todo lo que les fuera desconocido, ajeno. Lo nuevo representaba la incertidumbre pavorosa. La opresión, si era cotidiana, ofrecía un cierto confort y seguridad.

De este modo, la nómina de trabajos infamantes fue desarrollándose en relación a sus aspectos simbólicos o a sus connotaciones sociales. Así, los trabajos relacionados con la muerte representaban el culmen del oprobio: Verdugos, sepultureros… pero también carniceros, matarifes y toreros. Gentes, al fin, que herían, cortaban y mataban, aunque fuese con toda su inocencia, como demostró Berlanga.

usurero

No estaban bien vistos, por necesarios que fuesen, cirujanos, barberos ni peluqueros. Posiblemente por el contacto con la sangre y el cuerpo humano (tabú). Pero tampoco lo estaban aquellos artesanos cuya asistencia implicase, como decía, una cierta itinerancia, un desarraigo, tales como caldereros, peltreros, cereros,esquiladores, pregoneros, cocheros, muleros, aguadores ni vendedores de alimentos, es decir, gentes de feria. Así como, supongo que por pura desconfianza comercial,pasteleros, taberneros, mesoneros,  curtidores, escribanos y usureros ( estos, si se hacían ricos, pasaban a ser “mercaderes”, lo que ya era otro nivel, e incluso podía abrirles la puerta de la nobleza) y por razones que me resultan inconcebibles, también estaban mal vistos los maestros, sastres y zapateros (¿nuevamente el tabú corporal?) y desde luego, las estrellas del oprobio en esos siglos: cómicos, músicos, danzantes y prostitutas.

 

comicos

 

 

Que semejante forma de pensar no era exclusiva de esta desgraciada piel de toro, es innegable. Que, por unas u otras razones a las que no es ajeno el discurso católico, como expuso Max Weber,  en España esta sociedad estamental se fosilizó hasta bien avanzada la Ilustración, también es un hecho poco discutible.

Tenemos que llegar nada menos que al reinado de Carlos III para encontrarnos con la Real Cédula de 18 de marzo de 1783 en la que se levantó la consideración legal de envilecedores de los oficios mecánicos, incompatibles hasta entonces con la hidalguía y con los cargos públicos.

Resulta muy interesante leer algo de su contenido:

“… Declaro que no sólo el oficio de curtidor, sino también los demás artes y oficios del herrero, sastre, zapatero, carpintero y otros a este modo, son honestos y honrados; que el uso de ellos no envilece la familia ni la persona del que lo ejerce; ni la inhabilita para obtener los empleos municipales de la república en que están avecindados los artesanos y menestrales que los ejercitan; y que tampoco han de perjudicar las artes y oficios para el goce y prerrogativas de la hidalguía, a los que la tuvieren legítimamente… “

De forma que no es sino a las puertas del siglo XIX cuando desaparece la infamia legal, que no social, de los “oficios mecánicos”. Como digo, otros servicios personales todavía fueron objeto de una proscrita consideración durante muchos años.

Pensará el paciente lector que al día de hoy estos cuentos son historietas más o menos entretenidas, pero definitivamente pretéritas y que hace tiempo que todo “trabajador honrado”, es honorable y digno. Permítaseme discrepar.

Voy  a referirme a tres ocupaciones. Las tres, en principio, necesarias. O, dicho de otra manera, las tres demandadas por esta sociedad que, con la misma hipocresía que en el medievo, trata a quienes las ejercen como verdaderos apestados.

Digo que podemos considerar como un “oficio vil”, o “infamante” a aquella dedicación personal que el sistema jurídico no cubre con la consideración mínima correspondiente a una prestación laboral cualquiera. Si no se considera acreedora a dicha protección jurídica, hemos forzosamente de pensar que es porque no la merece, porque no se trata de un verdadero trabajo, sino de una dedicación, al parecer, ociosa, viciosa, odiosa o inhumana.

Así, en efecto, nadie podría pretender la consideración laboral de determinadas actividades delictivas. Digo “determinadas” con toda intención pues a todos nos consta la existencia de actividades plenamente delictivas de muy estimable consideración jurídica y social pero, pongamos por caso,  que hablamos del oficio de “estafador”, “sicario”, “butronero” o “carterista”. No pueden, en efecto, quedar bajo el amparo de la tuitiva legislación social, no son trabajos decentes. En consecuencia, no ha de ampararles nada de lo dictado en desarrollo del Artículo 35.1 de la Constitución Española que afirma: “Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo”. cocretamente, no podrían entrar en el objeto del Estatuto de los Trabajadores cuyo Art. 1.1 define su ámbito como el de “los trabajadores que voluntariamente presten sus servicios retribuidos por cuenta ajena y dentro del ámbito de organización y dirección de otra persona, física o jurídica, denominada empleador o empresario”.

Por remachar la idea, si no está clara todavía, tampoco ha de amparar a semejantes dedicaciones infames lo dispuesto en el Artículo 41 de nuestra Carta Magna cuando prescribe: “Los poderes públicos mantendrán un régimen público de Seguridad Social para todos los ciudadanos, que garantice la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo…” ¡Faltaría más!

El asunto es que, si pasamos de las musas al teatro, observamos que hay entre nosotros oficios que, por más que resulten necesarios y por más que no podamos atisbar en ellos una condición delictiva, ni simplemente dañina,  permanecen ayunos de esa elemental consideración legal, política y social. En otras palabras, que somos tan injustamente crueles en el siglo XXI como lo eran nuestros antepasados.

 

servicio domestico

 

Comencemos por el llamado “Servicio doméstico” o, por mejor decir, “trabajadores (sobre todo trabajadoras) del hogar”.

España se niega… ¡Se niega, señores!… A ratificar el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo –OIT– sobre la equiparación del trabajo doméstico.

El convenio, que fue firmado en 2011 y ha sido ratificado por 17 países, pondría las bases para conseguir que el empleo doméstico sea un trabajo decente, valorado por su importancia y en igualdad de derechos que el resto, sin embargo, según declaraciones parlamentarias del partido que nos gobierna, “no es que sea imposible” (su ratificación) pero “hay muchas dificultades”.

Modestamente, quiero plantear una sencilla solución. Bastaría con que los salarios del personal al servicio del hogar familiar desgravasen en la Declaración de la Renta de sus empleadores, como desgrava cualquier otro gasto necesario para la obtención de la misma, para que de manera inmediata aflorase todo el empleo sumergido en el sector, se regularizase la situación de estas personas y se aliviase la carga económica de las clases medias (entendiendo por tales a las familias de trabajadores que se ven precisadas de contratar un servicio doméstico si pretenden, lo que ya es mucho decir, trabajar a su vez fuera de casa).

Resulta sencillamente escandaloso el inmenso vademécum de disparatadas exenciones y triquiñuelas fiscales (legales) que benefician absurdamente a las más elevadas fortunas, mientras el sistema legislativo mira en este asunto para otro lado, o carga injustamente el esfuerzo sobre las propias familias trabajadoras.

No sé por qué lo hace la derecha, aunque entiendo que les importe un bledo. Lo que no puedo explicarme es por qué no lo plantea la izquierda.

 

 

prostitutasPasemos a una segunda dedicación cuya desconsideración laboral resulta aún más sangrante pues se acompaña de un cúmulo de imaginativas medidas represoras, dignas de la Santa Inquisición. Me estoy refiriendo a la prostitución, el llamado “oficio más viejo del mundo”. Veteranía que, al parecer, no le ha servido para alcanzar entre nosotros un marco legal mínimamente civilizado. Peor aún, lo ha perdido, pues lo tuvo.

Asistimos al apogeo de una nueva beatería aún más repugnante que la pacata beatería religiosa de “cerrado y sacristía” que criticaba Antonio Machado. Ocurre que poderosos grupos de opinión, en este caso del sector feminista, han conseguido imponer como “political correctness”  un discurso entre victimista y moralizante que se da de narices con la realidad, pero… ¿para qué demonios necesitamos la realidad?

El axioma viene a proclamar que ninguna mujer (de los hombres prostitutos no se hace ni mención) presta sus servicios sexuales a cambio de una remuneración económica por su libre decisión.

Que este postulado es falso lo demuestran las propias putas en cuanto se les permite expresar su opinión. Da igual. El discurso cerrado es que todas ellas son víctimas de una trata forzosa, de manera que su trabajo no puede ser considerado como tal, sino como una manifestación odiosa y si ello fuera posible, ilegal.

El problema es que, por lo menos en las democracias, el legislador no suele incurrir en tales extremos de fanatismo moralizante salvo muy de vez en cuando (por ejemplo, durante la famosa “Ley Seca” de 1920 a1923 en los EEUU) de manera que para entorpecer el libre ejercicio de la prostitución, nuestros buenos gobernantes han de acudir a estrafalarias normativas represoras materializadas en diversas sanciones  a profesionales y a clientes, condenando a ambos a la mayor sordidez de un intercambio ya de por sí emocionalmente pobre. Da igual. Para las buenas personas, todas las putas son víctimas a las que hay que hacer la vida imposible. Por su bien, claro está. Entre otras cosas hay que dejarlas fuera de cualquier posibilidad de cotizar para tener el día de mañana una pensión o un desempleo, como cualquier otro trabajador.

A fuer de ecuánimes, hemos de celebrar el destello de sentido común que ha puesto recientemente de manifiesto un juez de Barcelona que ha firmado una sentencia reconociendo derechos laborales a las prostitutas, en concreto al paro y a la Seguridad Social.

Merece la pena destacar que su Señoría (nunca mejor dicho) ha afeado al Estado (pues el “Estado Social y Democrático de Derecho” se oponía) por no legislar sobre esta profesión, “ya que no hace más que agravar enormemente la incuestionable lesión de la dignidad, la libertad y la igualdad que comporta toda relación de prostitución por cuenta ajena para la inmensa mayoría de las mujeres que la ejercen”.

No deja de tener su aquél el hecho de que entre estas dos profesiones infamantes comentadas, la prostitución y el servicio doméstico, puedan rastrearse evidentes similitudes. Desde el punto de vista estrictamente material, ambas tareas (el sexo y la atención al hogar) han constituido el núcleo del papel social tradicional asignado a la mujer casada. Ambos servicios, al prestase fuera del hogar y ser monetariamente remunerados denotan un cierto fracaso del sistema tradicional, es decir, normativo.

Ambos oficios no dejan de ser, por tanto, dos heterodoxias, aunque ambos llegaron a ser relativamente admitidos, a encontrar su lugar en los usos sociales, en la medida en que, cada uno a su manera, aliviaba la situación de las mujeres burguesas haciendo más llevadera la carga “de la casa” y la carga “del marido”.

El desarrollo de los anticonceptivos vino a eliminar esa utilidad socialmente aceptable de la prostitución y tengo mis dudas sobre si el de los modernos electrodomésticos no acarrea sutilmente una desvalorización similar en relación al trabajo doméstico.

Parecía que el envejecimiento de la población y la carga de dependencia consecuente iba a poder poner en un plano de igualdad laboral a ese subsector del servicio doméstico que gira en torno al cuidado de los ancianos y dependientes pero la crisis económica y la implantación de las llamadas “políticas de austeridad” de corte profundamente antisocial han dado al traste, de momento, con dicha experiencia.

Que ante la realidad de los miles y miles de personas que ejercen la prostitución en nuestro país con la misma libertad con la que el minero baja al pozo, el pescador se embarca o el barrendero toma la escoba, la derecha reaccionaria y fanática no tenga más respuesta que las surrealistas medidas de acoso policial, puede ser comprensible. Que una izquierda que se postula “socialista, a fuer de liberal” no diga nada o, peor aún, acepte el discurso represivo de un feminismo moralizante y autoritario, me deja estupefacto.

 

Queda, por fin, un tercer oficio infame. Hoy por hoy, el más vil de todos ellos. Un oficio propio de gentuza y sinvergüenzas… ¡No! No me refiero al noble gremio de los abogados, aunque cerca le anda. Me refiero al Cargo Público.

parlamentarios

 

Por volver a la Constitución Española, merece la pena destacar que el  Artículo 23 proclama el derecho fundamental de todos los ciudadanos a participar políticamente y a “acceder en condiciones de igualdad a las funciones y cargos públicos”.

Es sabido y comprobado históricamente, que semejante derecho no era sino una pura quimera en las primeras democracias, desde la ateniense, donde no participaban mujeres ni siervos, hasta las europeas del bien avanzado siglo XIX, o incluso el XX. Hasta que en los parlamentos y en los órganos de gobierno no pudieron sentarse los representantes de los trabajadores, la democracia no fue sino un juego de salón para ricos, o una extensión del patio de operaciones del mercado bursátil. Ni más, ni menos. Fue necesaria la irrupción de los partidos obreros, tras pagar un alto precio de sangre en la I Guerra Mundial por adquirir esos derechos políticos efectivos, para que pudiésemos hablar, con cierta propiedad, de democracia.

Pero para que los trabajadores puedan acceder a los cargos públicos en representación de los intereses que les son propios es imprescindible que el ejercicio de esos cargos públicos implique una adecuada remuneración, porque los trabajadores carecen de otros medios de vida que no sean aquellos a los que aplican su tiempo y energías.  

En esto, como en todo, habrá abusos que denunciar y corregir con la severidad necesaria, pero no por ello se altera el principio. Si queremos que nuestros representantes públicos trabajen decentemente… ¿Cómo es que su cometido no se considera, a todos los efectos, un trabajo decente?

Si el cargo público está inmerso en un océano de incompatibilidades y restricciones y por si fuera poco, ni siquiera tiene derecho al paro, ni posibilidad de cotizarlo… ¿No estamos convirtiéndolo en un marginado social proclive a sucumbir ante cualquier posibilidad de asegurarse el futuro?

Una regulación honesta, austera y digna del trabajo político tan necesario, por lo menos, como el de las putas,  debería haberse llevado a cabo hace muchísimos años.

A quien se financia ilegalmente o cobra sueldos extra en “sobres de color marrón” o a quien tiene los suficientes recursos económicos extramuros de las sedes de la representación política es comprensible que esto no le importe o, incluso, que se apunte a ese renacido discurso demagógico y antipolítico que postularon todos los fascismos del siglo XX. Pero… ¿a la izquierda democrática?

¿Cómo cabe tanta hipocresía?

Ni todas las putas son esclavas sexuales, víctimas de recónditas mafias, ni todos los políticos que viven de su salario son “casta corrupta”, como incomprensiblemente  aceptamos sin asomo de sentido crítico.

Por cierto, si verdaderamente se creyera la universalidad de la trata de blancas, resultaría evidente que las tibias medidas de represión de conducta que se ponen en marcha desde instancias municipales, por ejemplo, representarían un sarcasmo. Si se creyera algo de lo que se predica, sería de imperiosa necesidad la activación de todo el peso del aparato policial y judicial. ¿Cómo vamos a consentir el secuestro permanente y la tortura cotidiana de miles de personas?

Bien. Hasta aquí un breve recorrido por tres actuales “oficios infamantes”, seguro que hay más.

Es materia para construir un poco de discurso político y jurídico que dejo para quien pueda y quiera transformar esta sociedad.

Hay mundo, hay todavía fronteras de justicia y de libertad que expandir,  más allá de la ortodoxia macroeconómica.

5 respuestas a SORDIDA OFFICIA

  1. Juan Luque dice:

    Paradójicamente la humanidad se burla de la inteligencia humana mostrando el punto ciego que la limita: la hipocresía social. Cápaz de alcanzar los avances tecnológicos más complejos se muestra impotente para impartir la verdad haciendo de los ciudadanos personas con criterio. Las mentiras piadosas se convierten en dogmas impartidos por los políticos y comunicadores sociales (Iglesia, medios de comunicación, organizaciones sociales…) lastrando avances sociales que sólo la perspectiva histórica es capaz de desvelar como auténticas pruebas de la paradójica inteligencia humana.

  2. gonzalo vera-fajardo dice:

    RAFA me gustaría conocer tu opinión sobre el auge del fanatismo islámico y su focalización en exterminar cristianos. Gonzalo Vera-Fajardo

    • ¡Hombre, Gonzalo!

      La “focalización”, como dices en “exterminar cristianos” es lógica… dentro de su lógica demencial.

      Ellos son fanáticos religiosos. Los cristianos también lo fueron. Afortunadamente, aunque costó, poco a poco el occidente europeo y americano fue desprendiéndose del mandato “teocrático” para fundamentar la convivencia social en la legitimidad democrática y en el Estado de Derecho. Costó, como digo, mucha sangre, mucho sudor y muchas lágrimas, pero se hizo. Se hizo la Ilustración y en general, con titubeos de vez en cuando, no parece que vaya a tener marcha atrás.

      El mundo del islamismo radical (que no sé hasta qué punto “penetra” el Islam completo, disculpa mi ignorancia) desde luego no sólo no ha hecho esa “Ilustración” sino que cabalga, desbocado, en sentido contrario. Es pavoroso. Odian a los cristianos, sin duda, pero odian muchas cosas más (la cultura, la libertad, la humanidad, etc.) y se odian entre ellos de mala manera. Matan cristianos, sí, pero también judíos o musulmanes ajenos a su ortodoxia delirante.. o gente en general.

      Es un problema terrible para el mundo entero. Creo que empeorará. No puedo decir mucho más. No lo comprendo. Sólo sé que da miedo pensar en que nos veamos abocados a tener que amputar las libertades y tolerancias que, a trancas y barrancas, hacían este mundo soportable.

  3. Pedro Escalante Garay dice:

    Sobre el tema de que en España el trabajo que hoy denominamos honrado fue tenido por algo despreciable, quiero citar dos situaciones que por el lugar que ocupan en nuestra cultura debieran ser objeto de reflexión.
    La primera se refiere a una joya de nuestra literatura como son las “coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique. Cito los siguientes versos de esta influyente obra:
    “Pues la sangre de los godos// y el linaje y la nobleza//tan crecida//¡por cuantas vías y modos// se pierde su gran alteza// en esta vida¡//
    Unos, por poco valer,//¡por cuán bajos y abatidos// que los tienen¡// otros que,por no tener,//con oficios no debidos//se mantienen//”

    Aquí el poeta equipara la cobardía al trabajo como conductas que privan de la nobleza.

    El otro episodio le ocurrió a Velázquez, uno de nuestros más insignes pintores. A Veláquez no le fue fácil conseguir grabar en “Las meninas” la cruz de Santiago. Aunque el rey Felipe IV firmó el correspondiente documento en junio de 1658 fue necesario el dictamen del Consejo de Órdenes que revisó las pruebas que le permitían tal honor. Entre dichas pruebas estaba la que aseguraba (siendo posiblemente falso) que nunca tuvo que trabajar para comer. Pintaba solamente por gusto.

    Es una evidencia este comportamiento social que ahora pertenece a la historia.

    Sin embargo cabe reflexionar si este ambiente actual de generalizada corrupción, contraria a cualquier planteamiento económico racional, hunde sus raíces en la consideración que es de listos vivir sin trabajar y de pringados trabajar para vivir.
    Sin duda, una reflexión abierta nos debiera llevar a la conclusión que ganar dinero de forma honrada es propio de una sociedad sana y productiva.

  4. Pedro Escalante Garay dice:

    Me ha gustado el discurso de Goytisolo. Cuando afirma que de la ingeniería financiera se derivan grandes fraudes, alude a una práctica que sirviéndose de la matemática financiera es capaz de dar un sablazo de los grandes al honesto ciudadano que da por buenos los razonamientos del ladino y se deja fácilmente convencer por sus argumentos.
    Por no entrar en la materia, siempre tediosa, de las finanzas, relato un recuerdo de la niñez de Miguel Unamuno, cuando en Bilbao se hacía depositario mediante un retribución generosa de los “cromos” que servían a los niños de su ciudad para hacer las transacciones económicas. En poder del capital solo le faltaba invocar la ley y la fuerza. La ley -no escrita- era que cuando se jugaban los “cromos” el que perdía podía exigir la continuación de las apuestas. La fuerza un compañero de clase más fornido que el resto.
    Con estos tres elementos comprobó D. Miguel su inicial vocación de banquero, que posteriormente, a lo largo de su vida, trasformó en la de filósofo.
    Sin duda, la banca así concebida, muy parecida a la real, hunde sus prácticas en la edad media y estamos convencidos que no sobrevivirá a la actual postcrisis: o cambia el modus operandi o desaparece.
    La justicia exige funcionalidad real en las unidades que conforman nuestra economía: que tengan sentido los trabajos que se pagan,
    La banca mantiene unas prácticas basadas en el poder del dinero, que no van a poder resistir la transformación que las nuevas tecnologías introducen en el mundo de las comunicaciones.
    Esperemos que la nueva metamorfosis de la banca redunde en una justicia más honesta y real.

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