CORTAR POR LO SANO

eunuco en el harem

 

 

 

 

 

 

Según se desprende de los análisis realizados por el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid dados a conocer en los últimos meses, las personas que en España se dedican a la política son, entre otras características, unos perfectos zoquetes.

 

En efecto, la contrastada imbecilidad de estos individuos, espoleada por una tendencia irrefrenable a la vagancia, les habría incapacitado para ganarse honradamente su sustento extramuros de los edificios públicos y como el hambre agudiza el ingenio, por escaso que éste sea, hasta los más tontos consiguen fabricarse un relojito de madera en forma de sillón, prebenda o “mamandurria”, como anticipaba hace lustros el visionario Jaime Capmany y como afirmamos hoy en día todas las buenas personas.

Aunque pueda parecer contradictorio (los referidos politólogos continúan estudiando la cuestión) esa caterva de tuercebotas ha demostrado, sin embargo, una extraordinaria capacidad para el enriquecimiento ilícito poniendo de manifiesto, en algunos casos, unas dotes de organización, una capacidad estratégica, una imaginación y una osadía poco común. Curiosidades de la naturaleza humana que la ciencia complutense nos desvelará a no tardar demasiado.

Como se hace imprescindible poner coto a semejante estado de cosas, es sabido que desde diversos ámbitos intelectuales y políticos se vienen realizando propuestas y sugerencias en gran número. Algún partido de amplia representación, en un alarde de antropofagia digno de encomio, plantea nada menos que “sacar a los políticos” de los órganos dependientes del propio parlamento. De manera que no quisiera yo dejar en el tintero ni modesta proposición.

Comencemos por reconocer que en esto, como en todo, han existido en la historia civilizaciones que nos han mostrado el camino. Así, el Sultanato Otomano, por poner un ejemplo próximo, solucionó el problema del control del harem (y de la administración) mediante el expeditivo, pero eficaz, sistema de la castración de los llamados a ser sus servidores. ¡Santo remedio!

Una buena castración disipa las dudas y desasosiegos respecto del comportamiento lúbrico del funcionario sin necesidad de enredarnos en disquisiciones éticas ni legales. Por otra parte, excluida la cuestión problemática, el sistema garantizaba a estos servidores públicos una vida razonablemente cómoda.

Los esclavos eran habitualmente castrados por egipcios cristianos o judíos pues el Islam, siempre tan piadoso, prohibía dicha práctica. Los principales eunucos eran los “Sandali”, adolescentes negros cuyos genitales completos eran eliminados mediante un corte limpio de cuchilla, cauterizándose la herida con aceite hirviendo. Puede parecer un trance algo desagradable pero, a cambio, algunos solían sobrevivir y alcanzar elevadas posiciones administrativas. El Eunuco Principal era el tercer oficial del imperio, después del Sultán y del Gran Visir.
Yo propongo, sin embargo, una solución más acorde con los tiempos actuales.

Podemos comenzar por la pacíficamente consensuada limitación de mandatos, es decir, la cercenación ( y perdóneseme el término) directa del principio de libertad política establecido en nuestra obsoleta Constitución (Art. 23.2) puesto que, como es sabido, el mero paso del tiempo acarrea la corrupción de las patatas y de los cargos públicos. Si quieren aprovecharse, que se espabilen desde el principio.

Añadamos a esta medida la saludable incompatibilidad de, por lo menos, cinco años para trabajar en cualquier empresa del sector con el que el político haya podido tener relación. Brillante formulación mediante la que hemos de conseguir que quien acceda a alguna magistratura pública procure hacerlo en áreas lo suficientemente alejadas de sus conocimientos o experiencias como para evitar la existencia de “ideas preconcebidas” (incluso de ideas de cualquier tipo). En el caso de departamentos relacionados con la economía, o la industria en general, es de suponer que la mencionada incompatibilidad se extienda a la totalidad de las empresas lo que, sin duda, ayudará a despertar vocaciones religiosas o artísticas latentes que de otro modo no llegarían a manifestarse.

Naturalmente, el cese de la actividad política, además de acarrear la incompatibilidad con el trabajo, no podrá (ni puede hoy) considerarse como una situación legal de desempleo, algo que supondría aceptar la política como un trabajo… ¡incluso pretenderán algunos que lo tengamos por un trabajo decente! En absoluto. El “muerto de hambre” expulsado de palacio al término de su mandato ha de palmarla efectivamente de inanición, demostrando de ese modo la limpieza de su ejecutoria pública.

Solamente los ricos por su casa, rentistas y funcionarios podrán acceder al ejercicio de cualquier magistratura representativa, puesto que serán los únicos que puedan salir indemnes de ella con lo que, de paso, nos evitaremos la presencia política del populacho.

Así, propongo un método sencillo, eficaz y más moderno que los sacrificios humanos de los mayas o los enterramientos forzosos de los administradores en la tumba de los reyes difuntos de Mesopotamia o Egipto. Que se instaure un tribunal (que bien podría ser el de la Inquisición) que se haga cargo de la rigurosa auditoría y escrutinio de los bienes de los ex-políticos mientras su titular es enviado a una “Colonia de Reeducación”, pongamos por caso en las viejas minas de Almadén, donde los presuntos corruptos disfrutarán a cargo del Estado esos cinco años de incompatibilidad laboral en un régimen de sana austeridad y severa preparación para su reinserción social.

Ya imagino el hermoso rótulo en el dintel: “El trabajo libera”.

5 respuestas a CORTAR POR LO SANO

  1. Dafne dice:

    Muy bien expuesto. Agudo y brillante.

  2. En estos momentos prima el exceso, la voluntad de revolución (¿de boquilla?). La abundancia de sujetos letales para los intereses públicos en situación de causar daño genera, como reacción natural, una plétora de ofendidos y perjudicados -directa o indirectamente- que claman por una venganza ajustada al daño (según su propio criterio, ¡el del pueblo!).
    La «reacción» tiende siempre a ser más violenta que la «acción», de manera inevitable, y por ello no me cuesta encontrar explicación a los excesos que tan bien refieres en tu artículo. Si la ofensa es grande la respuesta solo puede ser devastadora y, en esas situaciones, la dinámica del «yo pierdo y tú pierdes» se hace predominante. Las personas tendemos a la suma cero ante los conflictos y este no podía ser diferente.
    En mi opinión, la solución de la mala situación que padecemos necesita más construcción que destrucción, y la dinámica adecuada es más evolutiva que revolucionaria. De todas maneras, no perderé más tiempo con esta idea; tengo la sensación de que la decisión ya está tomada y va a resultar más útil prepararse para lo que se avecina que elucubrar sobre la posibilidad de que los electores se comporten de manera racional.

  3. Estimado Francisco Javier,

    Dices: “Si la ofensa es grande la respuesta solo puede ser devastadora”…

    Veamos.

    Lo primero sería analizar si estamos ante una acción (una ofensa) es decir, si podemos identificar un ofensor, un ofendido (incluso colectivo) y unos hechos coherentemente unificables. Es decir, una ofensa.

    Yo no lo veo así. Aquí pasan muchas cosas. De entre ellas, muchas malas. La simplificación nos facilita una respuesta, pero no el acierto en la respuesta.

    Lo segundo es determinar si el que responde a esa hipotética ofensa es, realmente, el ofendido. También se da el caso de la existencia de reclamantes que protestan… “muy por encima de sus justificaciones” (lo mismo que hay personas que, por el contrario, por unas u otras razones se dejan pisotear) Pero tengamos claro que no siempre el cachorro que más chilla es el que tiene más hambre.

    Y lo tercero, que la respuesta “suela ser devastadora” (introduzco yo ese verbo “soler”) no quiere decir, como escribes, que “sólo pueda ser devastadora”. Tampoco sé exactamente qué quieres decir con eso de “devastadora”.

    Estoy convencido de que ante toda ofensa cabe una respuesta firme pero inteligente, justa, eficaz, educada, perseverante, digna y mesurada.

    No estamos condenados a la demagogia. No es inevitable.

    Más aún, tenemos el deber moral de tratar de evitarla. Sobre todo la demagogia de “los nuestros” (sean quienes sean los “nuestros” de cada quisque) dado que la demagogia de “los otros” ya la detectamos con la finura de un entomólogo y la combatimos como un Hércules.

    • Apreciado Rafael:
      Estamos ante una ofensa a los intereses de los ciudadanos y al sentido común (algunas declaraciones de dirigentes políticos son grotescas). Se puede analizar el «macroproblema», subdividirlo en «subproblemas» y estos a su vez en «microproblemas» y se pueden templar gaitas en aras a la evitación de supuestos males mayores, pero estamos -desde mi manera de verlo- ante un agravio a los ciudadanos por parte de algunos dirigentes políticos que tienen, o han tenido, gran capacidad de decisión. Algunos responsables de la convivencia pública (eso es política) y del bienestar de la población (ese debe ser el objetivo de la política) se han comportado como canallas ¡y ni siquiera lo comprenden! Ofenden y deben pagar por ello.
      El término «soler», efectivamente, es el adecuado al mensaje que quería transmitir (con poco éxito), pero no lo utilicé porque pretendía resaltar el carácter indiscriminado e irracional (emocional) de la respuesta de los humanos a la agresión. Efectivamente no tiene necesariamente que ser así, y es indeseable que así suceda, pero por las peculiaridades del sistema de razonamiento-respuesta de los humanos (a nivel intuitivo) tiende a ser así.
      Ante toda ofensa, por muy grave que sea, cabe ciertamente una respuesta equilibrada, productiva y ponderada, pero -como decía en mi reflexión- en estos momentos impera el exceso y, desgraciadamente, ese tipo de respuesta sagaz, certera, ilustrada y reflexionada no es la más frecuente cuando procede de una masa social que ha apostado por la intolerancia.

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