LAS GRANDES SOLUCIONES (II): TOMANDO MEDIDAS

TOMANDO MEDIDAS1

 

 

 

 

 

 

 

Reconozco que produce cierto desasosiego, llamémosle pudor, escribir una sola línea sobre el asunto de la corrupción política. Ha sido tal el número y el caudal de los ríos de tinta vertidos al respecto que, para empezar, uno está seguro de no escribir nada que no se haya leído ya en múltiples ocasiones. ¿Es, entonces, ocioso insistir? Tal vez, pero yo comprometí en un post anterior mi palabra de hacerlo y la palabra dada, es la palabra dada.

En medio del ruido que atruena el actual debate político sobre este asunto algunos, sobre todo jóvenes, podrían pensar que, como constantemente se repite, esto de “la corrupción” es una lacra directamente derivada de la transición de 1978 que alegremente damos por amortizada. Sería más razonable reconocer que es la naturaleza, la humana condición, la que nos hace proclives a este tipo de conductas. Donde hay poder, sea político o de otra naturaleza, donde hay capacidad para influir sobre la vida de los demás, sean pocos o muchos, desde la propia pareja hasta la República Popular China, siempre habrá abusos.

Empeñarse en considerar que existen unas personas especialmente corruptas debido a su pertenencia a un grupo social, profesional o político mientras que otras, cuyas vidas discurren alejadas de esos medios, son decentes por naturaleza constituye una afirmación injusta y demagógica pero, por encima de todo, un error de análisis.

Si partimos de semejantes premisas, nunca encontraremos vías de solución. Si quien proclama estas simplezas lo hace por apasionada ceguera o por simple estupidez, cabría alguna esperanza de que algún hecho, algún razonamiento, penetrase un buen día en su cabeza e hiciera un poquito de luz. Si, como suele ser habitual, la ceguera es voluntaria porque encaja como un guante con los intereses propios… mal remedio tendrá la cosa.

En otras palabras, que la falta de ocasión para la inmoralidad no nos hace mejores. Mejor será quien pudiendo robar, no roba; el que, pudiendo abusar, no lo hace. De quien no tiene la oportunidad de poner a prueba su honradez, nada se sabe. Aunque raro será que a lo largo de la vida no hayamos tenido múltiples ocasiones de comportarnos de una manera decente o de una manera indecente. Que la solución a semejante dilema llegue a los periódicos o quede en la intimidad de nuestra conciencia resulta, a estos efectos, poco relevante.

¿Entonces?… ¿Mal de muchos?

No, evidentemente, aunque no resolveremos nada insistiendo en la paranoia antipolítica en que todas las democracias, desde las clásicas grecolatinas hasta la nuestra de hoy, han caído alguna vez con consecuencias devastadoras. Se puede comprender muy bien la rabia que arrastra a un proletariado desgraciadamente inculto, empobrecido y desesperado hacia este tipo de posiciones que tanto auge están ganando en España y en Europa. Pero más cuesta admitir que intelectuales y polítólogos se pongan a la cabeza de la ordalía, porque ellos sí saben y pueden aquilatar su discurso. A ellos corresponderá algún día explicar por qué lo hicieron.

Si al que sufre se le señala un chivo expiatorio y una solución fácil, la venganza estará servida. A cambio, analizar los hechos con inteligencia, justicia, temple y buena voluntad requiere mucho esfuerzo y no produce réditos cuando se pretende navegar en contra de la corriente. Cuando impera la secta, el matiz es la traición.

Propongo, pues, no caer en la paranoia, pero tampoco abandonar una sana desconfianza, un razonable estado de alerta, porque todo lo humano es corrompible.

Ahora bien, no perdamos de vista que cuando hablamos de “corrupción política”, el problema está en la corrupción, no en la política.

Cuando lo público (lo político) pierde, pierden indefectiblemente los pobres. El Estado Democrático de Derecho, mejor o peor gestionado, es el poder de quienes no tienen otro poder. Si la educación pública empeora, empeora la educación de los pobres. Si la salud pública empeora, empeora la salud de los pobres. Si el poder representativo pierde sustancia, los poderes extrajurídicos (antaño llamados “facticos” y hogaño “mercados”) ganan. Conviene tenerlo en cuenta.

Si en las instituciones políticas hay gente inmoral, delincuente y despreciable, busquemos la manera de llevar a las instituciones a personas inteligentes y dignas. ¡Dignifiquemos la política! no colaboremos a su descrédito, a la mayor gloria de financieros y especuladores.

Sin embargo, dicho todo esto, el problema, como el dinosaurio de Monterosso, sigue ahí. ¿Qué hacemos?

Las conductas que englobamos bajo el término excesivamente genérico de “corrupción” son aquéllas en las que personas con capacidad de decidir en el seno de organizaciones financiadas con dinero público adoptan decisiones orientadas al favorecimiento de intereses particulares.
Estos intereses pueden ser propios o ajenos; privados o políticos. Las conductas pueden ser favorecedoras o perjudiciales para terceros Lo que no son nunca es parte del “Interés General” y lo que son siempre es costosas para el erario. Lo que siempre encontraremos es la tríada: decisor (corrupto); inductor (corruptor) y acción política o administrativa (procedimientos).

Aunque el discurso actual, de tintes moralizantes, por no decir directamente demagógicos, carga la suerte sobre la figura del decisor corrupto y sobre la variedad y el grado de sanciones que se le deberían aplicar, así como de la multitud de penalidades accesorias que, se supone, ejercerán una función preventiva, sería mucho más eficaz, aunque menos televisivo, intentar taponar las tres hemorragias de nuestro sistema democrático, no solo la más llamativa.

En otras palabras, extender el control a los responsables públicos de las decisiones (políticos y funcionarios) pero también a la pléyade de empresas que bullen alrededor del dinero público como polillas en un farol y a los procedimientos que ponen en contacto al poder político con el sector privado, desde los contratos a las subvenciones, pasando por la promoción industrial, el fomento, el urbanismo y demás decisiones presupuestarias y/o estratégicas.

Lo que no me parece de gran utilidad, aunque sea comprensible en un ambiente cultural como el nuestro, que todavía enfoca las vivencias privadas y colectivas mediante el cristal tintado de la religión y de la culpa, es ese empeño en plantear el debate como una cuestión fundamentalmente relacionada con la ética y más específicamente, con la ética de la función política. Este enfoque es demasiado grandilocuente y apasionado. Demasiado radical y poco práctico. Demasiado parcial, subjetivo y manipulable.

Porque, seamos sinceros, cuando analizamos el comportamiento de los políticos tendemos a valorar positivamente el comportamiento de aquéllos que nos resultan más afines y a valorar con cicatería el de nuestros contrarios. Como es bien sabido, señalamos con aspavientos la paja en el ojo ajeno, sin sentir la viga en el propio. Al final, el “Y tú más” es tan pavorosamente eficaz que la gente termina por creer que, en efecto, todos tienen razón. Los “hunos” y los otros.

Por otra parte, política y ética, como componentes de la vida colectiva, tienen relación… pero no son lo mismo. Recurramos brevemente a Weber para recordar que, desde el punto de vista de la acción política, es la ética de la responsabilidad sobre el resultado de sus acciones la que ha de primar frente a la ética de las convicciones propias del agente público.

Así, aunque podamos convenir, de la mano de Kant, con la idea de la existencia de un “suelo ético” universal, lo cierto es que lo que la sociedad espera de cada político, por encima de todo, es el éxito efectivo de los postulados que representa. Si, además, es una persona decente… mejor que mejor.

De un político nacionalista, por ejemplo, se valorará lo que consiga en favor de las pretensiones soberanistas que alientan su discurso. Si el político fuese, digamos, neoliberal, será su timbre de gloria que consiga reducir el sector público y bajar los impuestos… y así sucesivamente.

Si los intereses del electorado están bien satisfechos, la ciudadanía será benévola en cuanto al juicio ético que el comportamiento de sus representantes haya de merecer… ¿Hace falta insistir o poner ejemplos?

Ahora bien… ¿En qué sector del espectro político están más imbricados los discursos ético y político? Pues en la Socialdemocracia, efectivamente. Al fin y al cabo, la Socialdemocracia no ofrece otra cosa que la actualización de los eternos postulados revolucionarios (esos que algunos de nuestros líderes europeos consideran “ideas obsoletas”): Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Por eso la corrupción, además de ser causa de los múltiples daños que todos percibimos, a la Socialdemocracia la deja vacía de discurso político. Una cáscara seca, como hacen las arañas con sus presas. La falta de juego limpio y el quebranto del erario destrozan la igualdad, así como la libertad personal y económica y drenan los recursos necesarios para cualquier política de solidaridad.

Para los socialdemócratas, máxime cuando tampoco sabemos o podemos satisfacer los ideales y los intereses de nuestro electorado, el afloramiento de casos (demasiados) de corrupción política significa la desafección más lacerante.

Por eso es comprensible que el PSOE sienta de manera vivísima la necesidad de responder a este estado de cosas y de ofrecer a la sociedad española un discurso (y una praxis) política impregnada de esos valores que iluminaron, como todo el mundo sabe, la Revolución Francesa y son también los que inspiran el ordenamiento jurídico español a partir del Art. 1.1 de la Constitución Española de 1978 (la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político) como todo el mundo parece querer olvidar.

Ahora bien… ¿Vale la buena intención o podemos encontrarnos, una vez más, ante un caso de logorrea política?

Seguramente hay antecedentes de lo que comento pero, por lo menos, esta secuencia es cierta:

El pasado día tres de Noviembre el portavoz socialista, Antonio Hernando, anunciaba la inmediata aprobación por parte del PSOE de una batería de 30 medidas para la lucha contra la corrupción. No está mal… ¡30 medidas! El caso es que, reunida la Comisión Ejecutiva del PSOE en Valencia dos días después, el catálogo había ascendido a 40 medidas. Poco más tarde, el día siete, el Secretario General del PSOE en Castilla y León, Luis Tudanca, anunciaba la presentación de una proposición no de ley contra la corrupción compuesta de… ¡80 medidas!

Izquierda Unida, por su parte, presentó el mismo día 3 de noviembre su Proposición No de Ley desarrollando 45 propuestas del Plan Integral para la Regeneración Democrática y la Lucha contra la Corrupción.

UPyD, más modestamente, propuso en la Asamblea de Madrid un paquete con 32 medidas contra la corrupción institucionalizada. Son menos, pero no está mal. En todo caso el PP votó en contra, aunque resulte paradójico por cuanto el Consejo de Ministros había aprobado el conocido como Plan de Regeneración Democrática, que incluye 40 medidas para luchar contra la corrupción y avanzar en la transparencia de las administraciones públicas.

El partido catalán “Ciutadáns”, para no ser menos(o solo un poco) aprobó asimismo un documento titulado “Decálogo de Medidas para Restaurar la Confianza de los Ciudadanos en sus Políticos”. Sólo son 10 medidas, cierto es, pero el mismísimo Yavhé se conformó con esa cifra de mandamientos y no parece que le fuera mal.

Por añadir alguna aportación académica, que también las ha habido, señalemos que desde el IESE Bussines School, de la Universidad de Navarra, por ejemplo, se han publicado sus Siete Ideas para luchar contra la Corrupción en nuestra Sociedad. Merece la pena destacar el matiz de esa referencia a “la sociedad”, no limitada a la “clase política”.

En resumidas cuentas… ¿Se trata de proponer medidas “al peso”, o de poner en marcha, siquiera, alguna de ellas?

Por cierto… ¿Tenemos claro el efecto terapéutico de tales medidas, o hablamos por hablar?

¿Teníamos escondidos semejantes arsenales de ideas geniales contra la corrupción… para por si acaso algún día hicieran falta, o se nos acaban de ocurrir?

4 respuestas a LAS GRANDES SOLUCIONES (II): TOMANDO MEDIDAS

  1. Carlos Gorostiza dice:

    Como recitaban los geniales Les Luthiers en un cómico corrido mexicano, dos pretendientes al amor de la muchacha compiten entre ellos y al ver que uno le ofrece “un futuro venturoso” el otro se lanza y le promete “dos futuros venturosos”.

  2. ” Yo, una tormenta de amoooor”…
    “Yo, un impermeableeee”
    Impagables Luthiers.
    Maravillosa Lucrecia.

  3. Arantza Leturiondo dice:

    Interesantes y compartidas reflexiones Rafa. Lo he compartido en Facebook

  4. Juan Luque dice:

    La corrupción ha puesto en evidencia la “política del penalty”: Ningún aficcionado ha visto penalty en el área de su equipo. Algo así como “mis corruptos son inocentes hasta que no se demuestre lo contrario”. En tanto sirva como arma arrojadiza la corrupción será amplificada tanto como convenga y pondrá en evidencia que las instituciones continúan en España al servicio de los poderes fácticos y que la división de poderes es un cuento (¿los Pujol llevan toda la vida con “sus actividades”?; la infanta es defendida con celo por el Fiscal; Barcenas hacía y deshacía sólo;en Andalucía todos los Presidentes y cargos de varias Consejerías en una década son responsables Cataluña ha puesto al Fiscal General en jaque)

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