LOS PROFESIONALES

los profesionales

Hace escasas fechas, Pedro Sánchez, Secretario General del PSOE, fue entrevistado en el programa “Viajando con Chester” de la cadena “Cuatro TV”.

El entrevistador, el mordaz Risto Mejide, pidió a su invitado que le convenciera de no ser “lo mismo envuelto de otra manera”.

Suelen ser habilidosas, y letales, este tipo de preguntas en las que se da por sobreentendido el contenido, de forma que el interpelado tenga que imaginar en décimas de segundo el verdadero mensaje interrogatorio y responderlo con firmeza y puesto que en realidad se trata de un programa de entretenimiento, no de reflexión ni debate político, responder de manera que satisfaga las expectativas de la audiencia y consiga un impacto positivo en la opinión pública.

La primera cuestión, claro está, sería saber qué quiere decir eso de “lo mismo”. Cuando se interroga de ese modo a un político, máxime a un político, digamos, recién llegado, el término “lo mismo” tiene un subliminal, pero evidente, carácter peyorativo. Haciendo un silogismo inverso, si el que llega reniega de ser “lo mismo”( lo mismo que los que están ahí, o los que estaban antes) es porque tales “mismos” son, o representan, algo indefinido e inexplicado pero, a todas luces, indeseable.

Así, Pedro Sánchez afirmó contundentemente su alteridad afirmando:   No soy un político profesional. Si me apuras soy un profesional metido a política”.

Como es de suponer semejante respuesta, llena también de sobreentendidos, no fue suficiente para frenar la afilada lengua del señor Mejide que, de inmediato, recordó al entrevistado su extensa participación en cargos institucionales y orgánicos, lo que fue reconocido por el Secretario General del PSOE.

Hasta aquí la anécdota. A partir de ella, la reflexión.

 

¿Quién es, o deja de ser, “un profesional” de algo, sea de la política o de la ortodoncia?

Convendremos que, en relación con una actividad cualquiera, profesional será la persona que la ejerce a cambio de una remuneración y por perfilar un poco más la definición, quien lo hace de manera habitual, constituyendo, por tanto, dicha actividad, el medio con el que se gana la vida.

Así ocurrirá siempre, con independencia del juicio moral que podamos proyectar sobre determinadas variantes de la actividad humana. Un sicario, por ejemplo, será un asesino… pero un asesino “profesional”. Del mismo modo, nadie se escandalizará si afirmamos que el Papa Francisco, por poner un ejemplo, es un católico profesional; Joaquín Sabina es un músico profesional, o Cristiano Ronaldo, un futbolista profesional. Sin embargo, no es un profesional el que los domingos va a misa, canta en un karaoke o juega una pachanga con los colegas.

Cosa distinta, pero es un matiz que conviene aclarar, es que la palabra profesional  ha adquirido un significado encomiástico (quinta acepción del DRAE) como “persona que ejerce su profesión con relevante capacidad y aplicación”, es decir, como sinónimo de buen profesional,  como alguien que actúa con profesionalidad. En este sentido, por ejemplo, podríamos decir que el señor Francesco Schettino, Capitán del crucero Costa Concordia, hundido el 13 de Enero de 2012, por muy Capitán que fuera, no se comportó como un verdadero profesional. Es decir que, como ocurre con todo en esta vida,  profesional se puede ser bueno, o malo.

Así, la dicotomía planteada por Pedro Sánchez (político profesional vs. profesional metido en política) resulta poética, pero falsa.

En efecto, si  a lo que el señor Sánchez viene dedicando la mayor parte de su tiempo y de su esfuerzo consiste en el ejercicio de determinados cometidos orgánicos en un partido político y, conjunta o alternativamente, ciertas magistraturas institucionales, la actividad a la que se dedica es la política. Y si a cambio de esa dedicación obtiene una remuneración, entonces es un político profesional… ¡Se ponga como se ponga!

La frase “un profesional metido en política solamente puede aludir, aunque sea de forma elíptica, a un profesional “de otra cosa” que, eventualmente, está participando en la política.

Hay ejemplos que lo ilustran perfectamente. El escritor, luego Premio Nobel de literatura, Camilo José Cela fue Senador por designación real durante la legislatura constituyente. A todas luces, el señor Cela era un literato profesional “metido en política”. Algo parecido podría predicarse, por ejemplo, del cantautor aragonés Jose Antonio Labordeta o, más frívolamente si se quiere, de la artista porno Ilona Staller, más conocida como Cicciolina, reputada profesional con más de cuarenta películas en su dilatada carrera, que ha desarrollado después una no desdeñable actividad política, aún en vigor, en la República Italiana.

El caso es que la anécdota que da pie a estas reflexiones con lo que tiene que ver es con la demagogia y con nuestra respuesta frente a ese tipo de mensajes. Que la política, la política como actividad y las personas que se dedican a ella, están muy mal consideradas por la opinión pública es harto evidente.

Que al desprecio de la democracia realmente existente cooperan, con inusitado encomio, tanto los defectos y corrupciones del propio sistema, como las interesadas e influyentes tribunas de los poderes económicos (o “fácticos”, como se decía en otros tiempos)  creo que es algo en lo que podemos estar de acuerdo.

Ahora bien, que en este estado de opinión, en vez de combatir la demagogia antipolítica,  compremos su discurso para nadar a favor de la corriente con el estúpido, pero eficaz, maniqueísmo del “ellos”, que son malos, frente al “nosotros”, que somos buenos, es una estrategia tan penosa y fracasada como la del boxeador sonado que se abraza a su adversario para dificultar la inevitable paliza, sin esperanza ninguna de ganar el combate.

La cuestión de si la actividad política puede (y debe) ser objeto de un trabajo profesional es vieja como la democracia de masas, por no remontarnos a Protágoras de Abdera (santo patrono de este blog).

Desde luego, no hará falta demasiado análisis para concluir que, si no hay políticos profesionales (en las cinco acepciones del término… profesionales de verdad) la política será (volverá a ser) el campo de juego exclusivo de los ricos, de los caciques, quienes actuarán personalmente, por puro diletantismo, o colocarán en ella a sus peones.

Las clases trabajadoras serán expulsadas del sistema político. Solamente los estamentos cuyo sustento está asegurado, ayer en la Iglesia, el Ejército o la Aristocracia y hoy en las empresas o el funcionariado, podrá acceder a la gestión del común. El pueblo llano volverá a ser, como lo era en la antigua Grecia, un pueblo de “idiotas”, de personas que solo se ocupan de sus cosas.

No haríamos nada de más en releer a Max Weber, quien en 1919 dictó a los estudiantes de Múnich su famosa conferencia (fácilmente localizable en internet en múltiples fuentes abiertas) sobre la política como vocación y como profesión.

Una profesión que, como todas, se puede ejercer con dignidad, o sin ella. Pero que, como pocas, implica una enorme vocación de servicio a nuestros ideales y a nuestros semejantes.

Una profesión que, digan lo que digan muchos, se puede ejercer sin avergonzarse de ello. Bien al contrario, con orgullo y decencia.

Una respuesta a LOS PROFESIONALES

  1. Juan Luque dice:

    Perfecto el análisis. Enhorabuena. Seguimos diciéndole a los ciudadanos lo que quieren oir y los ciudadanos se lo siguen creyendo (Rajoy ganó las elecciones omitiendo decir lo que los ciudadanos no querían oir y dejando creer con lo que decía y lo que callaba que haría lo que la gente esperaba que hiciera. Luego ha hecho lo que un conservador hace cuando gobierna y echarle las culpas al gobierno anterior. Y va a ganar las próximas, gracias a la ley electoral, pues enfrente tiene un montón de minorías convencidas de que van a sacar un resultado inmejorable (están en lo cierto, satisfará sus vanidades y será inmejorable para que Rajoy continúe).

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