La niña generala

Este año, esta primavera, están coincidiendo bastantes fenómenos como para augurar cataclismos, como hacían aterrorizados nuestros antepasados cuando llegaba el cometa.

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Así, por ejemplo, con todo lo que ha llovido desde el 9 de mayo de 1950, cuando el Ministro francés de Asuntos Exteriores, Robert Schuman, presentó el plan que desembocaría en la creaci
ón de las primeras comunidades europeas, fuimos a unas elecciones al Parlamento Europeo con la pobre, pero no por ello menos valiosa, promesa de que… ¡por fin!… habría de ser el Parlamento quien designara al Presidente de la Comisión Europea. Pues, como podemos ver, ¡Ni eso!

 

Pocos días después, Juan Carlos Primero de Borbón, Rey de España, nos sorprende con su repentina abdicación lo que, dado cómo está de calentita el ágora, ha hecho aflorar con inusitado vigor el eterno asunto de la legitimidad política de una monarquía heredera, por lo menos cronológicamente, por no meternos ahora en más berenjenales, de la dictadura de los vencedores de la Guerra Civil. Recordemos, la verdad no tiene que ofender, que D. Juan Carlos de Borbón fue proclamado Rey de España el 22 de noviembre de 1975, tras la muerte de Francisco Franco y de acuerdo con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947.

Digamos también en honor a la verdad que, a partir de tan defectuoso origen, la Constitución aprobada muy mayoritariamente por los españoles en Referéndum el 6 de Diciembre de 1978, otorgó a la institución monárquica toda la legitimidad democrática necesaria.

El tercer evento que ha venido a coincidir en el tiempo ha sido la celebración, este domingo pasado, del Día de las Fuerzas Armadas.
Nuestros gobernantes, ávidos por aprovechar la conjunción zodiacal, han decidido, como suele decirse, “tirar la casa por la ventana” y poner fin a la política de austeridad, celebrando la ocasión “a bombo y platillo”. No es para menos. Se trata, por un lado, de ofrecer al anciano monarca saliente la ocasión de despedirse de sus tropas con un poco más de pompa y circunstancia.

Se trata también, por otro lado, de situar en el imaginario colectivo al sucesor. Como se imprimirán (digo yo) a toda prisa, sellos y monedas para que la población entienda por medio del eterno lenguaje no verbal, que las cosas son como son y no hay más vueltas que darle. Ya lo hacían los Césares con sus denarios y hasta el mismo Jesucristo lo admitió (Marcos 12, 16-17).

A mí, particularmente, lo que me asombra es que en medio de tanta fanfarria militar y cuando se está hablando desde todos los ámbitos de reformas constitucionales para esto, para aquello y para lo de más allá, no nos replanteemos la anacrónica previsión constitucional (Art. 62.h) que atribuye al Rey nada menos que “el mando supremo de las Fuerzas Armadas”.
No sólo, como digo
, se desaprovecha la ocasión para devolver esta función al Poder Representativo del Pueblo Español, que es el único titular razonable de semejante potestad en una democracia civilizada sino que se hacen las más frívolas chanzas al respecto.

Recordemos lo afirmado por el mismísimo Ministro de Defensa, señor Morenés, según el cual, la Infanta Leonorrecibirá su formación militar” para que “en su día, cuando Dios quiera, sea jefa suprema de las Fuerzas Armadas como Capitán General de las mismas”, cuestión que motiva, a su parecer, “mucha ilusión” aunque, como no todo puede ser perfecto, ha explicado que aún “hay discusiones sobre si el término será capitana o capitán”.

Si se tratara, como ocurre en otras monarquías de nuestro entorno que no cito para no herir susceptibilidades ajenas, de dinastías reinantes de papel couché sostenidas como parte de la industria turística de sus respectivos países y todo quedase en que el Jefe del Estado (fuese jefe, o fuese jefa) pudiera lucir las tintineantes insignias que dan vistosidad a los uniformes militares de alto rango, pues tampoco pasaría gran cosa.

Desde luego, más allá de aprender a “pasar revista”, no se me ocurren mayores contenidos para el currículum militar de una hipotética Reina Leonor pero, en fin.
Lo que pasa es que esta Constitución nuestra engendrada, como es bien conocido, en circunstancias políticas e históricas harto peculiares (por decirlo suavemente) incluye elementos tan extravagantes desde el punto de vista democrático como el artículo 8 que dice, en su apartado primero, que las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión “garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.
El asunto, el “matiz” (es decir, el “problema”) es que esta referencia resulta extraña tanto a nuestro derecho constitucional histórico, como al derecho constitucional comparado.

No sé si me explico. Estamos hablando del Título Preliminar de la Constitución. Estamos hablando de la mismísima definición fundamental del Estado Social y Democrático de Derecho. No estamos hablando de la Administración (civil, militar, etc.), sino de algo (el Ejército) que, si bien no podía estar llamado a “ser” un poder constitucional, resultaría inaceptable, sí quedaba barnizado con una apariencia de poder autónomo (pues tiene “funciones propias” que desarrollar).

La Constitución podía, precisamente porque se trataba de salir de una férrea dictadura militar, haber destacado el sometimiento de las fuerzas armadas al poder civil como hace, por ejemplo, el Art. 20 de la Constitución francesa de 1958 (Charles De Gaulle era militar y conocía el percal) pero aquí ese sometimiento habrá que deducirlo, por ejemplo, del Art. 97 que proclama, como no podía ser menos, que es el Gobierno quien dirige la defensa del Estado, pero lo cierto es que el Constituyente no se atrevió a más.
En Febrero de 1981, poco tiempo después de aprobada nuestra Carta Magna, unos militares intentaron un golpe de estado y lo hicieron, pretendidamente, a las órdenes de su Capitán General y cuentan las crónicas que fue más bien esa extravagante sumisión personal, uno de los principales factores que contribuyeron al fracaso de la intentona. Es decir, que la medicina que funcionó frente a los militares golpistas no fue, desgraciadamente, el Estado de Derecho, sino la sumisión fetichista de aquellos entorchados por la figura de su Capitán General que, vestido de esa guisa, les dirigió la palabra a través de la televisión conminándoles a dejarlo. Al Gobierno, a ese Gobierno que, según la Constitución, “dirige la Defensa del Estado” le tenían tan preso como al resto del Parlamento Español.

Así que… ¡pocas bromas!

La vigente Constitución atribuye, mal que nos pese, “misiones propias” a las fuerzas armadas y compruébenlo mis estimados lectores, si no me creen, en la propia página web del Congreso de los Diputados, en la pestaña dedicada a la Constitución y en la sinopsis del artículo que estamos comentando, el 8º, se afirma (textualmente):

“En el ámbito interno, esta defensa de la integridad territorial se concibe como el último recurso material para el impedimento de secesiones o fragmentaciones del territorio nacional. Y es que no podemos olvidar que el artículo 2 de la Constitución española expresa que ésta se basa-y con ella todo el sostén del Estado democrático-, “en la indisoluble unidad de la Nación española, Patria común e indivisible de todos los españoles (…)”

 

¡El que tenga oídos que oiga!

Y yo, si fuera Leonor, llegado el momento me iba de Erasmus.

 

3 respuestas a La niña generala

  1. Marisa dice:

    Te percibo asaz conciliador…..y me congratulo, porque total….ya está el Pablemos para nublarnos el entendimiento…y la razón. Solo le falta una Evita para ser la imagen discursiva de Perón, pero,¡ay!, creo que éste pájaro es “in-evitable”. (Perdón por el juego fácil de palabras). Gracias por tus elucubraciones….molan.

  2. Gaztea Ruiz dice:

    ¿Y qué hacemos con toda esta morralla legal que nos dejó el franquismo? Tenemos que seguir lidiando con ella, ir dejándola atrás poco a poco. Aunque nos desespere tanta lentitud…

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