EL CUENTO (ilustrado) CHINO DE LA PRODUCTIVIDAD


   

Desde el inicio de la crisis la mayor parte de los expertos, políticos, profesores, empresarios y demás opinantes optaron por culpabializar de la situación de la economía mundial, precisamente a sus víctimas, a los trabajadores. Desde entonces se viene utilizando machaconamente el término “Productividad”. Más bien, se habla de su ausencia o escasez. Nadie se toma la molestia de explicar lo que se quiere decir cuando se habla de ello porque, aparentemente, el contenido semántico y lógico de ese término es sencillo. Todos tenemos en la cabeza una idea cabal de lo que significa que algo sea, más o menos, “productivo”, ahí comienza la trampa.

En efecto, la productividad puede ser definida como la relación entre los recursos utilizados y la producción obtenida.

cria cerdos

Si decimos, por ejemplo, que la crianza de cerdos es “más productiva” que la de vacas (lo que, dicho sea de paso, desconozco) estaremos queriendo decir que a un coste dado, por ejemplo de pienso, el cerdo engordará más kilos. O, dicho de otra manera, que el “input” (pienso) necesario para obtener un determinado “output” (carne) es menor en la crianza de cerdos que en la de vacas.

cria vacas

Como se aprecia fácilmente, se trata de un valor relativo, de la resultante de una balanza: Podemos producir más invirtiendo lo mismo, o producir lo mismo, invirtiendo menos. Así como todas sus infinitas variantes.

Estaremos también de acuerdo en que, más que repetir como un mantra la cantilena de “la productividad” como si se tratara de algo concreto, tangible y definido, deberíamos hablar  de productividad en relación con cada uno de los factores que intervienen en el proceso económico.

Así, podríamos referirnos, por ejemplo, a una productividad energética (la de cada kilovatio consumido) o financiera, en relación al rendimiento de nuestros recursos ajenos, de la productividad de determinadas inversiones o consumos, etc.

i+d

Y desde luego, por descontado, podemos hablar de la productividad del factor trabajo. Por ser más exactos, de la productividad de la fuerza de trabajo que las empresas utilizan para la obtención de sus resultados.

Sin embargo, cuando los portavoces del empresariado se refieren al “factor humano” de lo que hablan, exclusivamente, es del salario.

Cuando reclaman: “una mayor eficiencia en la relación salarios-productividad” quieren decir, en román paladino,

pagar menos sueldos por unidad de producto vendida”.

 

También ocurre que, de entre la multitud de factores que inciden sobre la ratio de productividad de los trabajadores, el salario es, lisa y llanamente, el más fácil de medir (PAT: “productividad aparente del trabajo”).

Semejante falacia consiste en “suponer” (y luego aparentar que no se trata de una suposición, sino de que las cosas son realmente así) que el resto de los factores (capital, tecnología, formación, etc.) permanecen constantes. Vamos: que no intervienen, que no afectan, que no existen. Que todo depende, sola y exclusivamente, del sueldo de los trabajadores… ¡Muy científico!

¿Es ésta la única, o siquiera la mejor, medida de la productividad de la fuerza de trabajo?… En absoluto. Lo que sí es, es la única que no exige nada de nada al capital.

En otras palabras, es como si quisiéramos que la economía (el cerdo) engordase… ¡poniéndole a dieta!

En mi familia, cuando alguien argumenta de ese modo solemos recordar que:

higado bacalao

¡Bacalao grande y que pese poco, no hay!

Sabemos positivamente que, de entre todas las formas de ganar productividad imaginables, la de hacerlo empobreciendo a los trabajadores (que son asimismo, los consumidores) es la menos eficiente y la menos sostenible a medio plazo. Este planteamiento no es sino una manifestación de la lucha de claseshacer pagar los costes de la crisis a los más pobres e indefensos.

Quienes nos cuentan este cuento, saben perfectamente que la productividad que vamos a llamar “positiva” (producir más con los mismos recursos- humanos- en este caso) crece en la medida en que al trabajo de las personas se aplica capital, inversión, en todas sus variantes.

En efecto, un alfarero prehistórico, con sus solas manos y mucha paciencia hacía una, o dos, vasijas al día.

vasija

Una vez inventado el torno, ese mismo alfarero era capaz de hacer, empleando el mismo esfuerzo, decenas de vasijas.

alfarero

Con el paso de los siglos y la evolución de la tecnología, el torno se mecanizó y la productividad de nuestro viejo alfarero se multiplicó aún más. Es fácil de comprender.

Hay otro aspecto en el que podríamos operar sobre la persona trabajadora para aumentar su productividad: La formación.

Como es evidente, un trabajador bien formado “sacará chispas” de sus horas de trabajo y colaborará más eficazmente en el incremento de la producción y de las ventas. Al fin y al cabo, el conocimiento es también capital: Capital humano… del que se adquiere a través del sistema educativo.

educacion

¿Hasta dónde llegará la productividad de nuestro alfarero, si puede diseñar sus nuevas vasijas con un ordenador y fabricarlas con maquinaria de control numérico?

En vez de esto, la opción, la única de la que se habla, es la productividad “negativa”: producir lo mismo, o más, pero bajando los sueldos a los trabajadores. No estoy hablando de un planteamiento teórico, no. Según el observatorio económico del BBVA, España ha recuperado productividad y competitividad más rápido que el resto de economías de la zona euro en los últimos tiempos.

productiv

Fuente: BBVA Research a partir de Eurostat. Índice = 100 para primer trimestre 2008.

Vemos, pues, que en España la productividad por empleado ha aumentado el 11,1% desde comienzos de 2008, el mayor crecimiento entre los países de la zona euro.

Además, según esta misma fuente, la jornada laboral en España se ha ampliado un 2,6% desde el comienzo de la crisis (mientras cae en el conjunto de la OCDE) y la productividad por hora trabajada ha aumentado un 8,3% (el segundo mayor crecimiento en la zona euro).

Así que, en los últimos años, desgraciadamente, los trabajadores españoles han ganado productividad a pasos agigantados. ¿Cómo?… ¡empobreciéndose, naturalmente! ¿Han aumentado factores como la inversión en educación (capital humano) o en tecnología, I+D, etc.?… ¡En absoluto!

costes lab

Fuente: BBVA Research a partir de Eurostat, para primer trimestre 2008-último trimestre 2011.

Lo que ha ocurrido es que el crecimiento de los salarios ha sido inferior al de la productividad desde 2009. Los salarios han permanecido prácticamente constantes (+0,1%) desde finales de ese año, mientras que el crecimiento medio en otros países de la zona euro es del 3,7%.

Como podemos comprobar, la mayor caída salarial se registró en Irlanda, seguida por España. El resto de los países de la zona euro y Reino Unido han aumentado sus costes laborales dentro de este periodo.

Así que, manteniéndose más o menos constantes los salarios nominales en España (de momento) es fácil comprender de dónde vienen esos crecimientos de la productividad sin inversión:

De la destrucción de empleo y del aumento oculto de las horas de trabajo. Mal pagadas (cuando lo son) y fiscalmente opacas.

cola paro

Dicho en otros términos, que todo el excedente producido por estos aumentos de la productividad, poco o mucho, se lo están llevando los capitalistas. Ni más, ni menos.

De la productividad, a la laboriosidad

Hasta aquí, esta reflexión podría discurrir por terrenos relativamente racionales. Lo que personalmente me subleva es la manera en que una mezcla a partes iguales de demagogia interesada, incultura y falta de orgullo, permite que, en el discurso público, el concepto de “productividad” se deslice semánticamente hacia el de “laboriosidad”.

Así, sin aclarar mucho las cosas, se deja caer (y se deja creer… y se cree) que el problema consiste en que los trabajadores españoles son, en sí, “poco productivos”, dicho sea como sinónimo de “poco laboriosos”

Este hallazgo falaz es formidablemente corrosivo.

siesta

Para comenzar, indulta al capitalismo español de su acomodaticia falta de iniciativa y de su carácter “terrateniente” y amortizador.

¡Que inventen ellos… y que inviertan (por ejemplo, en I+D) ellos también! (o el Estado).

Los chavales, que estudien lo justo… y enseguida, a ganar pasta en el andamio, o poniendo copas. Que no aprendan más idiomas que los de cada patria ancestral, lo importante es “la identidad”. Que no tengan Erasmus, becas ni demás mandangas (salvo los cachorros de las clases pudientes, “of course”). En definitiva, que no mejore tampoco nuestro capital humano.

Al fin y al cabo, en esta sociedad de cultura tan escasa y tan católica, resulta facilísimo (al parecer, incluso hoy en día) extender la idea de la culpa colectiva.

Una idea, por cierto, que generalizando la culpa, desdibuja la responsabilidad de cada quisque. Ideal para las tertulias radiofónicas y para los comentarios de barra del bar.

“Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”, nos dice quien cobra tres o cuatro sueldos “en negro” sin que se le caiga la cara de vergüenza.

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También somos vulnerables, debido al complejo pueblerino, ante las memeces con que nos fustigan de vez en cuando algunos tabloides mercenarios anglosajones…

“El problema es que en España nos echamos la siesta, o que estamos por la calle hasta las tantas…o el ajo”. ¡Qué más da!

Nos encanta, al parecer, la sensación masoquista de que somos una escoria social digna de la Ley de Vagos y Maleantes.

No sé si merece la pena insistir demasiado en ello: ¡Es falso!… Y lo es de una falsedad tan burda que cualquiera que haya viajado lo más mínimo, por razones de trabajo, conoce de primera mano lo que se currela, incluyendo cafelito, aperitivo, tapa y siesta en un Madrid a cuarenta grados y en todo el complejo de oficinas de la Unión Europea de Bruselas a veinte, por poner un ejemplo.

berlemon

Los trabajadores españoles no son, da coraje tener que explicarlo, ni más vagos, ni más tontos, como dejan creer los valedores de ese reajuste de salarios a “su productividad”.

 

¡Inviertan, arriesguen en sus empresas y formen a los jóvenes!… A todos, a través de un sistema educativo de calidad y universal.

Paguen, para que ello sea posible, sus impuestos.

 ¡Verán lo que es productividad!

¡Y menos cuentos!

 

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