LA PARADOJA DEL EMBRAGUE

Imaginemos, por un momento, las “tripas” de los aparatos que utilizamos. Pensemos en cómo somos capaces de usarlos, incluso con soltura, como hacen los chavales con la electrónica, sin tener ni la más repajolera idea de sus fundamentos, ni de las dificultades que tuvieron que afrontar quienes los diseñaron. Dificultades técnicas que, en algunos casos, adquieren dimensiones de reto filosófico. De hecho, muchas veces desafían al sentido común. Utilizando una lógica elemental, no deberían funcionar… ¡Pero lo hacen!Imagen

Nuestro propio automóvil, por ejemplo, es una máquina maravillosa y compleja. Pensemos en algo tan cotidiano como el embrague del coche. Su funcionamiento constituye una magnífica paradoja. Una pieza, el volante del árbol motor, gira a miles de revoluciones por minuto. Transmitir, a nuestra voluntad, esa rotación a las diferentes ruedas de la caja de cambios y éstas a la transmisión del vehículo, es toda una proeza técnica. ¿Cómo engancha (embraga) una pieza que gira a toda velocidad con otra que está parada, sin saltar por los aires? ¿Cómo superamos esa aparente contradicción? Pues bien, entre otros métodos, lo habitual es la utilización de unos discos compuestos por materiales lo suficientemente elásticos y al mismo tiempo resistentes, como para soportar esa fricción sin quemarse, pero asumiendo, de todas maneras, un terrible desgaste. Es un sacrificio necesario en aras de una solución razonable para un problema que, en principio, hubiera podido plantearse como imposible.

¿No sucede algo similar cuando deben actuar juntas personas, grupos o instituciones que obedecen a lógicas distintas, a objetivos dispares y a intereses con frecuencia contrapuestos?

¿Qué sería del funcionamiento de esta compleja sociedad política si todos nos encastillásemos en nuestra propia lógica y fuéramos, por tanto, perfectamente coherentes? La coherencia, incluso el sectarismo más contumaz, tienen, no entiendo por qué, buena prensa entre nosotros. Valoramos ese carácter ferruginoso que, lejos de parecernos obtuso, se nos antoja ético y despreciamos las artes de la diplomacia, la cortesía y el desapasionamiento como síntomas de doblez y de inmoralidad… ¡Manca finezza!

Nos comportamos como “El buen soldado Svejk”, el personaje de la novela del checo Jaroslav Hasek, quien se alista al ejército imperial austrohúgaro donde su perfecta obediencia de las órdenes recibidas le lleva a provocar toda suerte de desastres sin que, en principio, se le pueda reprochar nada. Él cumple estrictamente lo que le mandan. Finalmente, arrestado por alta traición e ingresado en un manicomio, nadie es capaz de determinar si se trata de un conspirador o de un solemne idiota. A su modo, salvando las distancias, algo así es lo que alegó Eichmann en su famoso juicio de Jerusalén… él solo “cumplía órdenes”.

El recientemente fallecido, Mijaíl Kaláshnikov recordaba en una entrevista que buena parte del éxito de su fusil (el famosísimo AK-47 Kaláshnikov) conocido por su seguridad en las más adversas condiciones climáticas, pues no se encasquillaba ni siquiera en los mayores barrizales, consistía precisamente en la tolerancia de su diseño para las holguras. No ser una máquina perfecta la convirtió en “la máquina (de matar) perfecta”.

Ahora, cuando emerge con inusitada fuerza esta ola de indignación contra la denominada “clase política” y cuando tanto se insiste por parte de algunos en el argumento de que todo lo público debe despolitizarse en favor de una presuntamente más eficaz tecnocracia y ahora que la lógica de la política democrática se bate en retirada frente a la de unos mercados financieros que imponen sus intereses como ortodoxia científica y política y que lo hacen, para mi asombro, a lomos de una opinión pública confundida y aterrorizada, me pregunto: Dónde estarán, qué estarán haciendo y cómo lo estarán viviendo esos miles…¡Miles! de buenos políticos y de buenos funcionarios que, frente a la incomprensión de tanto puritano y de tanto demagogo, siguen asumiendo, con suficiente elasticidad mental, con un generoso compromiso y un razonable grado de reflexión y de conocimiento técnico de lo que se traen entre manos, la abrasiva tarea de cohonestar, de “embragar”, la política y la gestión administrativa.

Políticos que, sin abdicar de sus ideales, se preocupan por la eficiencia, el acierto de su gestión y el mantenimiento, en las actuales horribles condiciones, de los servicios públicos a su cargo. Y a su lado, funcionarios plenamente capaces de “ver” mucho más allá de sus narices. De sentir y comprometerse con los objetivos de las instituciones a las que sirven con abnegación.

Funcionarios pues que, además de cumplir, colaboran. Políticos que, además de representar determinados intereses, impulsan el bien común. ¿Qué no los hay?… ¡Falso! Son legión, son miles y miles a lo largo y ancho de nuestro país. Gracias a ellos, humillados y ofendidos día a día por la demagogia rampante, funcionan, funcionan como pueden, pero funcionan, los servicios públicos que todavía no han conseguido destruir los demagogos al servicio de la privatización.

 

 

3 respuestas a LA PARADOJA DEL EMBRAGUE

  1. JOSÉ ANTONIO CALVO dice:

    Solo la inteligencia permite “embragar” las cuestiones colectivas, en las que el ingente número de opiniones distintas, y la multiplicidad de intereses individuales contradictorios, generan una fricción que, por sí sola, rompería la estructura social.

    Es el intelecto, fomentado por una educación rigurosa, protegido por la flexibilidad y el respeto a los demás, incentivado por los éxitos de vivir en comunidad y en paz, quien ayuda a aceptar que las soluciones consensuadas son en definitiva mejores que las individuales.

    Ello induce además a la humildad, esa virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Porque ese es el conocimiento más sólido: el que se deriva de rebajar nuestro orgullo, nuestra pretendida superioridad sobre los que comparten nuestros paisajes cotidianos…

    Saber que los otros tienen “maneras” que matizan nuestras creencias, que suavizan las aristas de nuestro egoísmo genético, y que nos permiten enriquecer las ideas propias, es un argumento suficiente para mirar por encima de lo que el día a día pone enfrente de nuestra mirada.

    Y desear poner nuestro granito de arena en el común.

    Bien es verdad que surgen momentos y estados de opinión que animan al desaliento en esa tarea. La pérdida del reconocimiento social de los que estamos en la cosa pública – ya sea como políticos, funcionarios, o cualesquiera otra fórmula – no favorece seguir en la brecha…

    Las críticas, injustas por momentos, van minando la entereza con la que se comenzó a trabajar, y ponen en duda el acierto de la decisión que nos condujo a optar por un territorio donde “lo privado” era secundario.

    Es ahí donde se debe dar lo mejor de uno mismo. Desde el rigor, desde la solidez de todo aquéllo que evoca Muñoz Molina en su obra “Todo lo que era sólido”, hay que seguir. Rechazar el desánimo…tirar “p´alante”, haciendo lo que se entiende como correcto. Aunque entrañe perder a corto plazo: respeto, salario, fama, …

    Un día, esa manera de proceder, inasequible a los vaivenes del sentir coyuntural, a los titulares de los medios de comunicación empachados en el cortoplacismo, al capricho de los “trending topic” , será reconocida y valorada…

    Alguien “cobrará” los réditos de haber actuado consecuentemente, con dignidad y aplomo. Con decencia. Que sean los mismos que hicieron lo que se debía hacer no tiene importancia; no se actuó como correspondía por ganar un puesto en el podio de la notoriedad.

    Lo hicimos porque estaba en nosotros. Lo hicimos por todos.

  2. Gaztea Ruiz dice:

    Buen artículo.
    Pero, ¿dónde está el límite entre la rigidez y la flexibilidad que debe compaginar el embrague? ¿Dónde deben apaciguarse los principios para dejar paso al pragmatismo?
    Supongo que That’s the question.

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