DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS

El amor es algo que no puede exigirse.  Si necesitase demostrar esta afirmación no tendría suficiente espacio en toda la enciclopedia Espasa, de forma que lo plantearé como un axioma y solicitaré al comprensivo lector que lo asuma como tal.

El amor se siente, pertenece al mundo de lo emocional y de lo biológico. Cuando determinadas sustancias intervienen resistir sus impulsos es tarea imposible (o casi). El amor actúa sobre nuestro ser emocional, racional y social.

Que estos efectos pueden ser disimulados resulta algo constatado por la experiencia. En el amor se puede engañar, sobre todo por parte del que no ama. Admitámoslo también sin mucha controversia, por favor, como segundo axioma.

Añadamos a ese estado intenso y arrebatado, otro en el que una feliz convivencia proporciona el placer de la mutua compañía y el deseo de dar y recibir el mayor bien humanamente posible. Ya no estaríamos loca, sino conscientemente, enamorados.

Admitamos, entonces, una tercera afirmación axiomática. La de que la convivencia puede llegar a ser agradable y mutuamente beneficiosa aún con diferentes grados de pasión. Sin embargo, no se puede convivir sin una mínima simpatía o, incluso, con una sentida animadversión personal. Desaparece lo que los legisladores romanos denominaban “affectio maritalis”, una locución latina que alude a la voluntad cotidiana de afecto y auxilio mutuo entre los cónyuges que, si cesaba, justificaba el divorcio.

Sobre la existencia de razones de una u otra naturaleza capaces de provocar la pérdida de esa “affectio” es mejor no discutir. Cada uno tiene las suyas. ¿Lo admitiríamos como cuarto axioma?

Hay una hermosa y dura canción de Víctor Manuel que llegó a ser número uno en 1980 que cuenta la historia de una ruptura y quien canta rememora los años de convivencia: “¿Quién puso más? ¿Quién puso más, que incline la balanza? ¿Quién puso más calor, ternura, comprensión?”

Estos cuatro axiomas sobre el amor, vienen a cuento del discurso del “desapego” (es decir, del “desamor”) que tanto se oye en relación con el proceso político que se está viviendo en Cataluña.

Tal vez deberíamos plantear un quinto axioma liberal: el de que un discurso político nacionalista es algo perfectamente lícito y que las personas nacionalistas (sea lo que sea lo que cada una de ellas entienda como nación) son perfectamente respetables, aunque podamos considerar sus ideas como erróneas, nefastas o directamente dañinas. No deberemos ningún respeto a las ideas, pero deberemos todo a las personas.

En el caso que nos ocupa, encontramos nacionalistas catalanes, nacionalistas españoles y gentes que no son una cosa, ni la otra. En efecto,  no es verdad que todo el mundo sea nacionalista, como no es verdad que todo el mundo tenga alguna religión. Aunque es bien cierto que la tendencia totalitaria de todo pensamiento nacionalista termina por identificar con su particular visión a la ciudadanía toda. No se concibe otro modo de ser ciudadano que ser, a su modo, patriota. Así, el nacionalista español ni siquiera siente que lo es. Se autoidentifica, sencillamente como “español”. Evidentemente, en su fuero interno, como un “buen español”. Pero otro tanto le ocurre al que, desde trincheras subestatales, no concibe al vasco-vasco si no es en clave nacionalista. E igual le sucede al catalán, o al noruego. Tanto da.

Desde una posición, estrictamente cosmopolita y liberal, el deseo de verse liberado de toda esfera de poder político cuyo origen se sitúe más allá de sus fronteras y especialmente, de lo que pueda provenir de la “nación vecina, odiada y opresora” será poco razonable, pero no merece otro tratamiento que el de un adecuado cauce de expresión democrática.

No necesita justificaciones. Y menos aún, justificaciones ofensivas o falaces. No es necesario. Tendrá sus causas, evidentemente nada ocurre sin motivo, pero el análisis de esas causas ha de ser materia del trabajo, en todo caso, de sociólogos e historiadores. Desde el punto de vista de una política seria no queda sino administrar el conflicto de la manera más democrática posible.

Si se tratara de una afrenta irresuelta desde la Guerra de Sucesión o, incluso, antes. Si fuese un resabio del franquismo o un cúmulo de errores del zapaterismo tardío, da igual. Que todos, catalanes y no catalanes, nos hayamos dejado llevar de envidias y victimismos mutuos cultivando amorosamente esta selva de estúpidos topicazos colectivos resulta, al día de hoy, poco relevante.

Los catalanes son ciudadanos con todos sus derechos políticos y si manifiestan de manera consistente y suficiente una voluntad secesionista, es completamente inútil pensar que unas leyes de papel, aunque sea la mismísima Constitución, puedan oponerse a esa fuerza, a la negra fuerza del desamor. La convivencia forzada es un infierno indeseable para todos.

¿Qué quién puso más?… ¿Cataluña es insolidaria, o es víctima de un expolio de siglos? ¿Que, al final, será una catástrofe social y económica?… ¿Y qué más da todo eso ahora? El debate tenía que haberse planteado, en su caso, con claridad y en el seno de la propia Cataluña donde, sin embargo, la corriente catalanista (concepto por definir) lo inundó todo y con un extraño unanimismo por cierto, mientras se creía que era posible cabalgar el tigre, obtener ventajas por la mañana y encerrarlo de nuevo en su jaula al atardecer. Ahora es tarde. El ejercicio de señalar la paja en el ojo ajeno ciegos a la viga propia no acercará nunca a las personas. Recordemos el axioma primero: “El amor no puede exigirse”.

El conflicto político no se plantea por tanto, aunque lo pueda parecer, entre España y Cataluña, sino entre los propios catalanes. A España, a la España democrática, no le queda más papel que el de asegurar la libertad de expresión de los que, hoy todavía, son sus ciudadanos, aunque sea sorbiéndose las lágrimas. Cataluña debe hablar y debe hablar con claridad y cuanto antes. Si la voluntad razonablemente mayoritaria de los catalanes fuera la secesión, tal proceso debería organizarse de la manera más civilizada y racional y menos desgarradora. La convivencia solo puede sustentarse en un relativo afecto político lacaniano. La “conllevancia” orteguiana, sin voluntad, solidaridad política ni deseo de comunidad es un objetivo indeseable por el que no merece la pena luchar.

6 respuestas a DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS

  1. Marisa dice:

    Ni quiero ni puedo quitarle razón en su ditirambo de la capacidad de comprender otros sentires que pueden no hacernos felices.
    No obstante, le ruego me permita hacer tambien mía la frase que Alejandro Dumas tuvo a bien colocar sobre su escudo de armas: “Quiero a quien me quiere”.
    Y aún me ayuda a expresar mejor mis sentimientos Amado Nervo: “Quiero a quien me quiere y olvido a quien me olvida”…caauno es caauno….(ésto último lo ha dicho desde Unamuno, don Miguel, a Llorente, el de mi pueblo, así que ya es sabiduría popular….)

  2. J.A. Calvo dice:

    La historia es la anticonseja de todos los nacionalismos. La que evidencia los resultados de las decisiones que en su momento se tomaron. La que define quién ganó en una guerra, y quién la perdió. O la postura que resultó triunfante, ante otras que quedaron en minoría; por estar peor estructuradas éstas, por ser defendidas sin los aciertos que sí confluyeron en las que alcanzaron la mayoría…Y por el argumento más irrebatible de todos los que los demócratas entendemos y aceptamos: tuvieron menos apoyos, y menos votos que los vencedores.

    A partir de esa premisa, el mensaje de los Tartarínes de turno – de los que quieren reescribir con líneas torcidas lo acontecido, y de los que creen encontrar una posición de superioridad en haber nacido en un valle sombrío frente a los que lo hicieron en el siguiente, que además de más horas de sol, tenía más cerca el arroyo, la escuela y el lugar de reunión para acordar la solución de los conflictos menores entre vecinos – decae.

    Lo aburrido es retornar a la polémica cada tanto, y dedicar el esfuerzo, los recursos y el talento a una polémica éstéril. Lo reprobable es hacerlo coincidir con una etapa de presunta debilidad del oponente, y querer sacar rendimiento de la coyuntura. Lo inaceptable es que sea a costa de los que están en una situación comprometida por las circunstancias, y contemplar que los capitales que aliviarían sus cuitas se destinan al absurdo de inventar victorias y glorias inexistentes.

    Indigna que a todos los ciudadanos de una comunidad los incluyan en un mentiroso esfuerzo de hacer creer que hay unanimidad sobre un asunto que solo interesa a quienes, si sale mal la aventura, retornarán a sus despachos, al abrigo de recesiones, quiebras y falta de fondos, para seguir viviendo de las canonjías que les brinda el sistema que ponen en solfa de forma agria.

    Y, tanto o más importante, debe hacer reaccionar en primera línea a los que no comparten ni el fondo ni la forma de ese baldío movimiento. Es hora de quitarse la modorra, el miedo, o la complacencia, de levantar la voz, de salir y decir bien alto que no se acepta, que no se está en esa corriente insolidaria y mentirosa.

    Que se respetan otras maneras de interpretar los acontecimientos, pero que no se coincide con ellas, y que será el criterio de todos el que haya de tenerse en cuenta para pensar en cambios. Que si les sale mal a los nacionalistas, su derrota tendrá un coste. Menos dinero de las arcas públicas, menos privilegios excepcionales, menos preferencias para fomentar el asentamiento industrial…

    A la calle, a ocupar los espacios que la civilidad nos otorga a todos. Por la defensa de lo común, y la renuncia a lo específico. Por una apuesta a favor de los otros, de nuestros iguales. Asumiendo que la colaboración nos hace más fuertes y mejores a todos.

    • Podría decir que dos cosas me han motivado toda mi vida: la universalidad de la clase trabajadora, lo que implica un correspondiente internacionalismo proletario, una superación de las fronteras todas y la convicción del inmenso valor de la política como herramienta.
      Parece ser que en los tiempos que me ha tocado vivir no estoy teniendo mucho éxito. Los nacionalismos (y otros fanatismos varios, religiosos, identitarios, etc.) parece que triunfan. Por otra parte, la política nunca estuvo más generalizadamente despreciada. De ambas cosas sacan ganancia los poderosos. Ambas me duelen. sobre ambas tengo un juicio moral muy negativo. Dicho todo eso, sentado que creo que Cataluña (si se puede hablar en términos colectivos) está enloqueciendo, creo que la respuesta sólo puede ser la democracia. Si lo que nos jugásemos, como puede ocurrir, por ejemplo, en ciertos países enfermos de islamismo radical, fuese la supervivencia misma de la civilización, tal vez me lo pensaría. Si lo que nos jugamos, como es el caso, es tan solo un posible desastre económico que la realidad tozuda resolverá más temprano que tarde, creo que no se puede hacer otra cosa que contemplar el error ajeno con tristeza y resignación. Si nos quieren, que se queden. Si no nos quieren, que se vayan. No hay más. Allá ellos.
      También hay una canción al respecto. Es de María Dolores Pradera
      “…Si encuentras un amor que te comprenda
      Y sientas que te quiera más que nadie
      Entonces yo daré la media vuelta
      Y me iré con el sol
      Cuando muera la tarde…”

      O esta otra:

      “…Porque estás que te vas y te vas y te vas
      y te vas y te vas y te vas y no te has ido
      y yo estoy esperando tu amor
      esperando tu amor, esperando tu amor
      o esperando tu olvido.”

      En fin… las cosas del querer.

  3. Isabel Fresneda dice:

    Isabel Fresneda
    Excelente artículo. Me ha gustado mucho. La opinión es totalmente imparcial y nada tiene que ver con el aprecido que te tengo.

  4. Conchi Ramos dice:

    Una buena reflexión, me ha gustado mucho el artículo.

  5. Gaztea Ruiz dice:

    No tienen fin, ni principio,
    no tienen cómo, ni porqué.

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