LA FUNCIONARIA MARI JAIA

 

“El PSE censura que Bilbao se haya convertido en un “botellódromo” para los jóvenes”.

PartImos del eterno dilema sobre qué asuntos deben integrar la agenda política y qué asuntos deben dejarse al libre albedrío de las personas o, como gusta decir a los neoliberales, de la “Sociedad Civil”.

El primer indicador para decidir que el sistema político se encargue de algo es que sobre ese tema exista un conflicto político significativo. Que unos quieran más, otros menos y otros algo distinto de lo que hay y que la sociedad dejada a su albur no sea capaz de producir por sí misma un equilibrio general y pacífico.

La panoplia de recursos que “lo público” puede desarrollar para ello resulta ciertamente amplia.

Partiendo de un extremo negativo, los poderes públicos pueden prohibir determinadas conductas llegando, incluso, a imponer diversas penas al infractor, como ha ocurrido recientemente con el caso de la antigua novia del líder norcoreano Kim Jong Un, ejecutada junto con buena parte del elenco artístico de su grupo musical por “difundir pornografía” (sea lo que sea lo que los mandatarios de Corea del Norte consideran pornografía). En el extremo opuesto, el polo positivo por así decir, nos encontraríamos con aquellos casos en los que el poder obliga a los ciudadanos a dar, o a hacer, algo. Así se ha decidido y  si la decisión es democrática, no queda otra que aguantarse.

Normalmente todo poder (desde la Troika comunitaria hasta el concejal de tráfico) procura evitar ese oprobioso término de “obligatorio” e intenta convencernos de que se trata de algo “necesario”… pero “obligatorio” y “necesario” sólo significan lo mismo para los tontos.

Las élites que nos gobiernan, sean las económicas, las políticas, las lingüístico-culturales, las administrativas, las académicas, etc. tratan siempre de que asumamos (por nuestro propio bien o por el bien de alguna deidad superior como, por ejemplo, “el Pueblo Vasco” o patrañas similares) sacrificios o imposiciones absurdas que el sentido común rechazaría, pero que deben ser asumidos como amarga e imprescindible medicina para la cura de males imaginarios, o como los dolores del alumbramiento de futuros  momentos de feliz esplendor… o como justa reparación que han de pagar los presentes por hipotéticos daños sufridos por alguien en tiempos remotos, según sea el relato, más o menos fantasioso, que se convierte en dogma.

Y entre un extremo y el otro, entre lo prohibido y lo obligatorio, vivimos en esta “sopa social”, en este “caldo político”, en el que el poder, donde no puede prohibir, por lo menos dificulta lo que considera contrario a su modelo social o ideológico, al tiempo que favorece y subvenciona todo aquello que, a su mismo parecer democrático, resulta digno de apoyo y encomio.

El problema deriva de que la multiplicidad de las conductas particulares ha alcanzado tal dispersión y la intervención de los poderes públicos tan camaleónicos avatares que, a estas alturas, cuando alguien nos dificulta o nos favorece, nos empuja o nos frena, ya no podemos saber si estamos ante una intervención pública, privada, mediopensionista, financiera, empresarial, social, religiosa, etc. Ni siquiera sabemos, con una mínima certeza, si el Estado está a favor o en contra de algo (véase el asunto de las renovables, por ejemplo).

Pero, en fin, pasando de las musas al teatro… ¿Por qué el PSE realiza estas críticas respecto de la Aste Nagusia de 2013?… ¿De qué clase de guindo nos hemos caído?

¿Qué es, realmente, eso que se llama “Aste Nagusia” además de un botellón colectivo, generalizado y permanente (por lo menos, durante una semana) para jóvenes y no tan jóvenes?

Se podría comprender semejante crítica si viniera  del Sr. Obispo o, por lo menos del párroco de San Antón, en la medida en que lamentaran la desaparición de la devoción al dogma de la Asunción de la Virgen (y no de Marijaia, como podría suponer cualquier bachiller bilbaíno) algo que resulta, en principio, el motivo de la festividad.

¿Qué se celebra en las fiestas de Bilbao?… Partiré de confesar que a mí me parecen un perfecto horror en el que se trata, en efecto, de consumir determinadas sustancias, unas líquidas, otras sólidas y otras de consistencia indeterminada, en las peores condiciones posibles desde el punto de vista hostelero (congelados infames, colas eternas y vasos de plástico) económico (sablazos inmisericordes) y hasta desde el higiénico- sanitario. Eso sí, se trata de hacerlo todos a la vez, causa y efecto de los males reseñados. Al parecer, ese comportamiento lanar resulta divertido y emocionante para muchos, así que no seré yo el que critique los hábitos de mis paisanos y me limitaré a un discreto mutis por el foro durante esa semanita. Pero la cuestión sigue ahí… ¿Qué demonios se celebra? 

“Alcohol sin control, sobre todo para los jóvenes”,  se ha denunciado.  Habrá que suponer que el énfasis de tal aseveración está en lo pernicioso del alcohol para los jóvenes, con control, o sin él. Pero lo que esto demuestra es que, dejada en libertad, a la gente (joven y menos joven, insisto) lo que le gusta es beber. Como cantaba Ramoncín, está “loca por privar”.  A la gente le importa un bledo el motivo oficial de la celebración. La gente quiere, de ser ello posible, “pillar” y si no, que es lo habitual, por lo menos, cocerse.

 La pregunta, la pregunta a mi juicio clave y que ya adelanto es: ¿Debe esto financiarse y organizarse con cargo al erario público?

 El PSE dice que la Aste Nagusia de 2013 ha sido “calcada” a la del año anterior y en consecuencia,  ha demandado al equipo de Gobierno del PNV “novedades” para próximas ediciones.  ¿Y bien? … ¿De verdad creemos que corresponde a la agenda política encargarse de nuestras distracciones festivas?

Bien es verdad que existe una larga tradición que entronca con el “panem et circenses” de los romanos pero… ¿No va siendo hora de que, desde la socialdemocracia,  reelaboremos una agenda en la que lo público acometa aquellas áreas en las que está comprometida la libertad, la justicia, la igualdad, el pluralismo, el crecimiento económico, la generación de empleo, el bienestar de los que menos tienen, etc. Es decir, justo lo que se está cayendo de la lista de responsabilidades públicas y abandonemos a su suerte (que no tiene porqué ser mala) el desmadejamiento cerebral de la gente, sea a través de televisiones públicas, de “políticas etno-culturales” o de festejos ancestrales, como todo lo que tiene que ver con los toros, desde el de la Vega de Tordesillas, hasta los de Vista Alegre?

¿Cómo puede ser que estemos negando … ¡negando! la atención sanitaria a capas cada vez más amplias de la población, por ejemplo, mientras exigimos de la Administración que nos ofrezca más y mejores diversiones?

Es como para pensar.

 

 

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