EN LA HORA DE LA PAZ

El pasado 15 de Enero del 2012 debería ser considerado un día histórico. No creo que ocurra porque para ello los vascos tendríamos que demostrar una hondura moral y una sensibilidad para con el sufrimiento ajeno de las que, desgraciadamente, no hemos dado mayores muestras. El día 15 de Enero el Gobierno Vasco retiró el servicio de escolta a un importante número de cargos públicos. Poco importa ahora el dato exacto de las personas que ese día comenzaron a “pasearse a cuerpo” por las calles. Otras, sin duda, lo hicieron antes y otras ni siquiera entonces habrán podido saborear la libertad común recuperada. Lo importante es que ese día las cosas no se hicieron ya “de tapadillo”, sino anunciándose oficialmente en los medios de comunicación.

¡Qué curiosa resulta la pervivencia entre nosotros del oficio de escolta! Nos será difícil explicar a nuestros nietos la utilidad y la necesidad de semejante empleo. Parecerá mentira que hasta bien entrado el Siglo XXI no hayamos podido prescindir de tales servicios.

Un poema de mi compañero Gregorio San Juan enumeraba los viejos oficios, hoy mero recuerdo, del proletariado industrial vizcaino, decía: “…son torneros, ajustadores, taladradores, punzoneros, martilladores, fogoneros, mandrinadores, fresadores, maquinistas, remachadores, enganchadores…”

Hoy disponemos de nuevas tecnologías y aquellas duras ocupaciones se han perdido para siempre. Sin embargo, un servicio aparentemente tan innecesario entre seres civilizados como el de escolta, aquél que protege y acompaña a una persona amenazada, ha sobrevivido hasta el día de hoy para nuestra vergüenza. Cambian las máquinas, pero no Caín.

Curiosamente, pocos servicios habrá que, siendo más necesarios, sean menos valorados en la práctica. Quien lo recibe, jamás lo hubiera deseado, ni tampoco lo paga. Nada le cuesta…nada vale. Simplemente lo asume como la cruz que debe cargar a cambio de su ciudadanía. El precio, en forma de libertad perdida, que ha de asumir por lo que para todos los demás es gratis desde hace más de 30 años. Para los demás, para el resto de vascos, es como el tributo de la doncella. Hemos pagado en protección el precio de nuestra falta de coraje colectivo, el coste de haber mantenido vivo al dragón.

Quien lo presta, lo quiera o no, invade y coarta la intimidad de su cliente. Está ahí, permanente proclama para un entorno hipócrita de la condición de apestado social del amenazado, de molesta diana viviente que desasosiega a los demás, a las “buenas gentes de corazón de hielo” como dijo Maite Pagaza.

Servicio humano donde los haya, infinitamente más intenso, por extenso, que el propio sexo mercenario. Cada uno, cliente y escolta, acarreando sus virtudes y miserias, su olor y sus ideas, sus días buenos y malos, sus cambios de humor, hora tras hora. En la oficina y en la calle, en las fiestas familiares y en las puertas de los hospitales. Desde el amanecer laboral hasta el trasnoche etílico. Más aún, superando con creces la jornada del escoltado para descansar, a veces sólo unas pocas horas, en la triste soledad de una pensión.

Contacto íntimo que, fruto de la humana condición, ha provocado roces y empatías, odios y amores, confidencias y lecciones. Miles de historias, de secretos ocultos, de descubrimientos luminosos.

La paz, como la tecnología, ha de producir cambios sociales. ¡Bienvenidos sean! Cambios que indefectiblemente habrán de dejar una estela de beneficiarios y de perjudicados. Los beneficiarios de la paz, ¡Qué duda cabe! Somos todos. Los perjudicados, por lo menos en el corto plazo, son estos servidores de nuestra seguridad, afortunadamente innecesarios y cuyo destino, en los actuales momentos de angustiosa crisis económica, aparece más incierto.

Nada podemos, ni quisiéramos, hacer para evitar este verdadero, aunque tardío, avance de la civilización entre los vascos. Demasiadas banderías, demasiadas carlistadas, demasiada tiranía, demasiado terrorismo hemos sufrido. Pero nada sería más injusto que el que ahora, cuando nos toca despedir, ojalá que para siempre, a quienes han garantizado nuestra vida con el riesgo de la suya, no les brindemos el agradecimiento y el recuerdo más emocionado. Ertzainas, policías y guardias civiles pero, sobre todo, quisiera rendir tributo a los cientos de escoltas privados, verdaderos proletarios constructores de nuestra libertad. Oficio digno de incorporarse a los versos del poeta socialista “…pulidores, bobinadores, trefiladores, escariadores, laminadores…escoltas”

4 respuestas a EN LA HORA DE LA PAZ

  1. Chema dice:

    Se hace muy difícil agradecer éste que es el mejor premio que puede uno recibir, no tanto por público y escaso como por profundo y sentido, y que proviene de una mente tan abierta y un corazón inmenso. ¡Cuánta falta en esta sociedad nuestra de personas así…!

  2. Gracias, José María. Teresa y yo nos acordamos mucho de tí.

    Que todo te vaya bien.

    Un abrazo.

  3. Miren dice:

    Gracias por lo que le toca a mi familia laboral. Sabias palabras como siempre y muy oportunas.
    Besos

  4. Pablo dice:

    Toda una demostración de tomarse en serio, no solo la libertad, sino el sacrificio que supone cualquier empleo.

    Nunca, afortunadamente, podré entender lo que supone compartir tus alegrías y miserias, que todos tenemos, con una persona que nos han impuesto, como dices por nuestra falta de empatía colectiva.

    De bien nacido es ser agradecido.

    Muy buen articulo, lo comparto!!!

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