RECETAS DE BATRACIO

Desconozco la autoría del aforismo según el cual todo político debe estar dispuesto a desayunar un sapo cada mañana. Es posible que el momento elegido para servirlo tenga que ver con la lectura de los periódicos o la escucha de esos noticieros radiofónicos donde suministran reptil desde primera hora. De todos modos, cuando las cosas van mal, el sapo no es solamente colación de políticos.

Cuando iban viento en popa todos disfrutamos de los placeres especulativos. Todos. Los grandes especuladores y también las buenas gentes que compraban pisos sobre plano para vender meses más tarde recibiendo fabulosas plusvalías o los desaprensivos que se entrampaban hasta las cejas para financiar coches gigantescos, viajes exóticos, fiestas de comunión o sellos de improbables rentabilidades mientras a nuestras espaldas (¿o no tanto?) los verdaderamente poderosos engullían con la avariciosa técnica del Lazarillo de Tormes.

Como la política ha optado hace tiempo por la más rampante mediocridad y por la más rastrera demagogia, en esos años felices los gestores del sistema político pugnaban por “ponerse la medalla” del bienestar inherente a las altas tasas de crecimiento económico a ciencia y conciencia de que su actividad no tenía gran influencia en ello. Es comprensible su estupor cuando ahora les echan en cara las cifras del paro. Los gobiernos, en especial los gobiernos sedicentemente socialdemócratas, son los inocentes “niños de los azotes” que reciben el castigo inmerecido en el que desahoga su rabia el electorado. Todos lo sabemos pero… si no se puede echar la culpa al Gobierno… ¿A quién podemos castigar?

No nos merecemos menos. Los tiempos de abundancia anestesiaron la capacidad crítica de la socialdemocracia. De la socialdemocracia, sí, pero también de la prensa, de la universidad, del sindicalismo de izquierdas… Las fuentes de opinión económica, desde el mundo académico hasta los grandes centros de decisión institucionales se adhirieron con casi total unanimidad a esa paraciencia llamada Economía Ortodoxa cuyos postulados no son otra cosa que ideología neoconservadora adobada en abstrusas matemáticas de tanta fiabilidad y parecido origen como las tesis creacionistas.

Declaramos el fin de los ciclos económicos y dimos tres vueltas al candado del sepulcro de Keynes. Abandonamos el discurso de la igualdad y de la política transformadora. No había nada que transformar. Si acaso, en coherencia con el esplendor vigente, los cleavages políticos se trasladaron del siempre desagradable entorno de la lucha de clases a otros más imprecisos, vaporosos y amables.

Pero, en fin, la fiesta terminó. La burbuja reventó y la verdadera situación se puso de manifiesto. Nadie es del todo inocente, aunque tampoco sería justo repartir las culpas por igual. Curiosamente, cuando la izquierda ha abandonado la bandera de la igualdad, los poderes fácticos imponen a los poderes democráticos una gestión verdaderamente socialista de sus problemas. La izquierda, noqueada, asiste al espectáculo del vaciamiento de las arcas públicas para el sostenimiento de un sistema financiero que, ni siquiera entonces, ha sido capaz de abandonar sus pornográficas prácticas para aceptar, acto seguido, que el coste de la crisis sea sufragado mediante el sacrificio de los más pobres. Los financieros vuelven a sus bonus, las agencias de calificación tienen la osadía de relanzar su actividad de soporte especulativo y los gobernantes, huérfanos de toda idea política tras años de no necesitarla, quieren hacernos creer que este sapo que nos ofrecen no es una dieta repugnante, tal vez necesaria por razones terapéuticas, sino que quieren hacernos creer que no es sapo… ¡Que es faisán!

Por ejemplo quieren hacernos creer, sin más explicación, que es necesario y conveniente que el Estado financie a costa del contribuyente el saneamiento del desmadrado sistema financiero español. Nótese que no estoy hablando de la imprescindible garantía de los depósitos de los ciudadanos, sino de la innecesaria supervivencia de una pléyade de entidades zombis (hace mucho que murieron como verdaderas cajas de ahorros) que simplemente deberían haber sido adquiridas por el valor real de sus activos netos en un proceso natural de reorganización del mercado. Otra cosa es que para calcular ese valor real habría que auditarlas en serio, algo que produce vértigo de solo pensarlo. Rescate, por cierto, que es en todo caso inútil pues la purga se producirá inevitablemente y más pronto que tarde. ¿A alguien, además de a los directivos, le importa un rábano el nombre de la entidad en la que le ingresan la nómina y de cuyos cajeros la va sacando lonchas durante el mes?

Años de desmantelamiento de los mecanismos que garantizaban la primacía de la política, es decir, del Pueblo, en la definición de los intereses generales, de demagógico desprestigio de las instituciones y de los propios gestores políticos, de consolidación de un discurso económico neoconservador que ha impregnado incluso a los partidos de izquierda, de fomento de todo tipo de populismos identitarios e insolidarios, etc. han consolidado una cultura política nefasta pero la ciudadanía, incluso la clase trabajadora, podría aún cerrar filas tras un liderazgo político que plantee sacrificios repartidos con justicia y objetivos de avance social. Lo que no puede tolerar es que desde un gobierno socialdemócrata se le tome colectivamente por idiota.

El ciudadano necesita saber el margen real de autonomía del poder político frente al poder fáctico de los mercados financieros y sentirse partícipe de lo que dentro de ese margen se tenga que hacer. Si hay que comer sapo, se come. Pero se explica… ¡Y se reparte!

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