LA LEGALIZACIÓN DE SORTU

En este asunto los demócratas nos miramos de reojo unos a otros con tanto miedo que somos capaces de perder la ocasión de machacar políticamente a ETA cuando casi lo hemos logrado policialmente.

Se trata de que las contradicciones estén en el bando etarra, no en el nuestro.

Si todos hubiéramos recibido lo de Sortu con un discurso, no digo triunfalista, pero sí positivo y realista, señalando que la aparición de Sortu significa lo que en realidad significa, la rendición de la vieja estrategia de ETA y la izquierda abertzale (Oldartzen) frente a la democracia española creo que habrían ocurrido varias cosas.

La primera, que se podrían presentar a las elecciones… Como sin duda terminará ocurriendo, posiblemente para estas mismas municipales. Y si por enrevesados vericuetos jurídicos se consigue que no lo puedan hacer, lo que dudo muchísimo, lo que no tiene vuelta de hoja es que se podrán presentar a las siguientes.

Porque si unos ciudadanos, ejemplares o indeseables pero con sus derechos civiles intactos, presentan ante la administración electoral las candidaturas de un partido cuyos estatutos son irreprochables o de unas listas formadas por agrupación de electores, que tanto da, no hay ni habrá manera legal de impedir su derecho al sufragio pasivo.

Esto no obsta para el rechazo más radical a ETA y a sus postulados políticos. Se trata de los derechos civiles, no de absolver sus fechorías ni de indagar sobre sus intenciones. Ni olvido ni perdón para los asesinos pero el pluralismo político donde lo pusieron los constituyentes, en el punto primero del artículo primero de la Constitución Española.

Irán al contencioso electoral y después donde haga falta y si los jueces españoles, precisamente por su proximidad a la pomada, no les dan la razón, que creo que se la darán, lo hará el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo porque Batasuna es una persona jurídica ilegal pero la gente no puede estar prohibida y los estatutos de Sortu, cosa que nadie discute, son impecables. La teoría del levantamiento del velo requiere que la presunción antiformalista que el juez pone de manifiesto se sustente en una incontestable actividad probatoria. De otra forma, no vale y a la democracia española no le conviene recrearse en la suerte y acabar saliendo trasquilada.

Lo segundo que podría ocurrir es que nos encontráramos con que lo que pudo en su momento venderse a la opinión pública como una victoria, se tendría que comprar como una derrota. En semejante escenario, los enemigos de la democracia española, mediante astutas triquiñuelas, habrían conseguido que «esos europeos que nunca nos han entendido» nos hicieran tragar con la Izquierda Abertzale.

¡Qué bobo y qué antiguo! … «Si ellos tiene ONU, nosotros tenemos dos» y similares consuelos. ¿A quién se le ha ocurrido la idea de calentar a la opinión pública a sabiendas de que luego vendrá la frustración y con ella un poco más, si cabe, de desafección ciudadana respecto de la democracia realmente existente?

Pienso que una de las razones que abonan el discurso negativo es que algunos no conciben que, aunque la victoria sobre el terrorismo sea la victoria de todos, puedan ser Zapatero y Rubalcaba (de ahí la pavorosa irresponsabilidad del escándalo fingido del Faisán) quienes aparentemente se lleven los laureles del triunfo.

Esto es tan evidente que no merece la pena insistir. La mayor mezquindad se enseñorea del debate político para nuestra desgracia. Todo ha de estar mal, incluso lo que esté bien, para que el odio al gobernante produzca el cambio.

Sin embargo, sabemos que gracias a la fructífera labor policial el mundo de ETA (presos, comandos, gentes dispersas, etc.) está mal comunicado entre sí, máxime para la adopción de decisiones estratégicas. ¡Disfrutemos, pues, alimentando sus paranoias y no las nuestras!

Corramos la especie de que Arnaldo, Rufi, o quien sea, mantiene oscuras conversaciones con el Ministerio de Interior… Que ha pedido un puesto en el Gobierno, una pensión para su abuela, un estanco o una plaza de funcionario.
Mejor aún, traigamos a De Juana y saquémosle en procesión como ejemplo de arrepentido, como hizo aquel tipo listísimo llamado Carlos Sentís con Tarradellas. Aunque no se arrepienta de nada, eso es lo de menos. Que lo tengan que explicar ellos, no nosotros. Y que tengan que convencer a los suyos, a los presos, de que no andan por ahí trapicheando… tal vez no les crean.

Si proclamamos que los estatutos de Sortu suponen la rendición incondicional a cambio de nada (¿acaso no es así?) ellos mismos serán quienes tengan que apresurarse a intentar desmentirlo o a explicar a su gente, si pueden, qué es lo que esperan y de quién.

Hay que conseguir que se desesperen, se desmoralicen y se vuelvan todavía más paranoicos si cabe. Esto pasa siempre… A Mario Onaindía le ocurrió con sus antiguos compañeros (lo cuenta en sus memorias).

Y es que estos movimientos, frente a lo que pueda parecer, siempre parten de la propia nomenclatura, de alguno que cree que va a poder controlar el proceso y mantenerse en el machito cambiando lampedusianamente las apariencias. Los procesos políticos, sin embargo, una vez puestos en marcha son juguetes del azar, de las circunstancias presentes y de las correlaciones de fuerzas.

Los de la izquierda abertzale no son tontos, pero tampoco son más listos que Torcuato Álvarez de Miranda, el de la trampa saducea, que desde luego, no condenó el franquismo ni seguramente creía en la democracia pero que hizo «lo que el Rey le había pedido». Y como él, tantísimos otros… Menos los ultraortodoxos de derecha o izquierda que se quedaron al margen de la denostada Reforma, a quienes los domingos se les puede ver ahora vendiendo pegatinas en la Plaza de Tirso de Molina, lamiéndose sus viejas heridas.

Los socialdemócratas solemos caer en la trampa de la dureza, en la necesidad de hacer demostraciones que contradigan nuestra presunta falta de testículos, mientras que la derecha cuando llega al poder puede permitirse el lujo de ser dialogante sin perder un ápice de su imagen feroz. Es más, la sociedad suele respirar aliviada.

María Teresa Fernández García, EL MUNDO, 10/3/2011

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