TRES CUENTOS RUSOS

Peter Palchinsky fue un brillante ingeniero ruso nacido en 1875, es decir, durante la época zarista que vivió en su juventud los efervescentes años de la Revolución Soviética. En 1901, recién licenciado, fue enviado a la cuenca minera del Don para realizar un estudio sobre el funcionamiento de las minas. Elaboró un meticuloso informe añadiendo, de propia iniciativa, la descripción del penoso modo de vida de los mineros, sus infames alojamientos y la influencia de tales condiciones en su productividad, lo que ya comenzó a causarle problemas con las autoridades.

Simpatizante del Partido de los Socialistas Revolucionarios, para 1906 ya había conseguido ser desterrado a Siberia. Tiempo después pudo escapar y trabajó durante unos años por varios países de Europa, adquiriendo un gran prestigio. De vuelta a Rusia en 1913, colaboró con el Gobierno provisional de Kerenski y tras la Revolución de Octubre será de nuevo encarcelado, saliendo de prisión merced a la intervención directa del propio Lenin.

El caso es que los revolucionarios soviéticos, preocupados por el inmenso diferencial de desarrollo económico al que se enfrentaban, planteaban como alternativa a las formas de producción medievales propias del Imperio de los Zares, la introducción del sistema taylorista y los métodos industriales americanos con el fin de aumentar la productividad del trabajo, mientras Palchinsky, a pesar de sus modernas ideas, ponía el acento en los efectos negativos que podrían tener estos cambios para los trabajadores.

Según Palchinsky (quien, a su vez, reactualiza el lema de Protágoras)
“El mundo es para los seres humanos”. Su concepción industrial se basaba precisamente en evitar la alienación de la plusvalía generada por el trabajador haciendo que los mismos, formados, sanos y adecuadamente remunerados incrementasen extraordinariamente la productividad del capital empleado y al estilo americano, fordista, constituyeran la base de la propia demanda, adecuando la oferta de bienes y servicios a las verdaderas necesidades de las personas.

Con semejantes planteamientos era evidente que el enfrentamiento con Stalin y sus surrealistas y paranoicos planteamientos sobre la voluntad todopoderosa de los bolcheviques en el desarrollo de planes megalómanos de dudosa utilidad no tardaría en llegar. Efectivamente, tras una vida de persecuciones, fue ejecutado, clandestinamente, en 1929.

Las purgas estalinistas tenían el efecto de amoldar, por lo menos temporalmente, la realidad a los deseos del autócrata (como el personaje de dibujos animados que, mientras no se da cuenta, continúa corriendo por el aire cuando ya se le ha terminado el suelo). No fueron muchos los ingenieros que, como Palchinsky, se enfrentaron a la sinrazón soviética. Lo común fue concentrarse cada uno en sus estrictas tareas técnicas, como un relojero.

En esta apoteosis del servilismo paranoico triunfó otro personaje no menos interesante, Trofim Denísovich Lysenko, nacido el 29 de Setiembre de 1898 y fallecido el 20 de noviembre de 1976.
En 1927, a la edad de 29 años, mientras trabajaba en una estación experimental en Azerbaiyán, fue señalado por el diario soviético Pravda (“verdad”) por haber descubierto, al parecer, un método para abonar la tierra sin utilizar fertilizantes y otras virguerías parecidas a las que denominó, en su conjunto, “Vernalización”.
A partir de ese momento, Lysenko conoció un éxito fabuloso pese a que la tozuda realidad tiraba por tierra, nunca mejor dicho, sus fantasiosas teorías. En el fondo poco importaba la realidad porque, falsas o verdaderas, las tesis de Lysenko coincidían como un guante con la brillante imagen del triunfo de la voluntad del campesinado soviético.
Así pues, Lysenko acabó dirigiendo la Academia de Ciencias Agrícolas de la Unión Soviética desde donde trabajó con tesón en el empeño de evitar la propagación de ideas divergentes (a las suyas) entre los científicos soviéticos, lo que llevó a cabo expulsando, encarcelando y causando la muerte a cientos de sus propios compañeros.
Tras la muerte de Stalin en 1953, poco a poco se fue imponiendo algo de sentido común hasta que finalmente, en 1964, el gran físico Andréi Sajarov puso las cosas en su sitio señalándole como:
“responsable del vergonzoso atraso de la biología y genética soviéticas en particular por la difusión de visiones pseudocientíficas, por el aventurerismo, por la degradación del aprendizaje y por la difamación, despido, arresto y aún la muerte de muchos científicos genuinos”
Algo tarde. No solo para los científicos represaliados sino para los millones de campesinos hambrientos a los que durante años se impusieron los delirantes métodos de Lysenko diseñados, una vez más, no para satisfacer las necesidades reales de los seres humanos, sino para rellenar faraónicas estadísticas falseadas.

La tercera mirada sobre el daño que la falta de consideración del ser humano exactamente como es y el empeño, tan bienintencionado y tan propio de quienes quieren hacernos más felices (o más ricos o más productivos, tanto da) a nuestro pesar, no se dirige exactamente a Rusia, sino a uno de los que fueron territorios satélites durante los años del Telón de Acero. Me refiero a Bulgaria, concretamente a la ciudad de Gábrovo, donde se encuentra algo tan genuinamente totalitario como la denominada (oficialmente denominada… ¡Hay que echarle!) “Casa del Humor y la Sátira”, una construcción de principios de los años 70 de cuyas paredes cuelgan mortecinas las fotos en blanco y negro del día en que se inauguró con una multitud de gabrovianos sonrientes que llenan la plaza frente a la cual, vestidos con una impostada informalidad presuntamente graciosa, los burócratas locales saludan a Todor Zhivkov, el dictador comunista del momento.

La tal casa-museo dispone de diez salas, tres de las cuales albergan exposiciones permanentes. La primera descubre las raíces del humor de Gábrovo y las otras representan la idea de los lugareños sobre el Paraíso y el Pecado. Vamos, un Lepe oficial que, aún hoy en día, sigue publicitándose en la página oficial de turismo del país balcánico como sigue:
“Si Ud entra en una tienda de electrodomésticos en Gábrovo, verá montones de refrigeradores, de las mejores marcas y precios. Pero los habitantes de Gábrovo no los compran. Porque no están seguros si, al quedar cerrada la puerta del refrigerador, la bombilla adentro se va a apagar o no, o sea si no va a seguir consumiendo electricidad”.

¡Tronchante!

A los funcionarios del Partido les tuvo que parecer, sin duda, que aquello era una excelente oportunidad para demostrar que el humor, sucedáneo de la alegría, podía prosperar, como la industria o la agricultura, en un país sin necesidad de libertad. Como le dijo Lenin a De los Ríos: ¿Libertad… para qué?

Así acaban estos cuentos.

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