MIEDO A LOS BUENOS

Tengo miedo al gobierno de los buenos. Si además son de izquierdas, más. De inspirar a la derecha ya se encargará, como siempre, Wall Street.

No es que considere que debamos ser gobernados por malas personas. Lo que quiero expresar es el pavor que siento respecto de los que han tenido la suerte de recibir alguna revelación sobre el bien común y se aprestan con entusiasmo a hacérnoslo realidad.

Estos buenos son los poseedores de alguna verdad (patriótica, política, cultural, social, etc.). Incluso algunos, caracterizados por el colorido de sus ropas ceremoniales y por ponerse cosas en la cabeza, dicen poseer la Verdad con mayúscula. ¡Vaya usté a saber!

Inicialmente, procuran iluminar nuestras vidas a la luz de sus convicciones. Si, desagradecidos, no abrazamos el bien que se nos ofrece, se consideran legitimados para aplicarnos alguna dosis de coerción social, económica, política o, en último término, violenta.

No crea el lector que estoy hablando de los viejos y salvajes tiempos de la Inquisición ni en los menos remotos de la dictadura de Franco. La tentación totalitaria es endémica en las cercanías del poder y debemos estar siempre prevenidos, sobre todo frente a las nuevas formas de beatería totalitaria, aparentemente modernas, populares o progresistas.
Es comprensible (y seguramente, saludable) mirar con cierta desconfianza a la policía uniformada pero… ¿Cómo nos prevenimos frente a la multitud de “policías de lo correcto” que van proliferando para nuestro bien?

Nos dicen lo que es bueno y lo que es malo, lo que debemos desear y lo que no. Insisten tanto que, si no logran convencernos, terminamos por sentirnos culpables. Pensamos que algo falla en nuestras vidas y procuramos disimularlo fingiendo adhesión y colaborando a extender el discurso correcto.

Es posible, por ejemplo, que nos informen de que no hablamos nuestra “lengua materna” (a mí me lo han dicho absolutamente en serio) y que, por tanto, debemos estudiarla por nuestro propio bien, so pena de ser discriminados (positivamente discriminados, puesto que la intención no puede ser más loable) o, incluso, multados.

El extravío viene de una aplicación desatinada de ciertos principios socialdemócratas. En virtud del primero, los derechos civiles y políticos son letra muerta si no van acompañados de la correspondiente acción del poder para garantizar su efectividad (Estado Social, años 40).

El segundo error del que la izquierda debe arrepentirse es la alegre extensión de los derechos de las personas (vivas, reales) al universo de lo colectivo… los “pueblos” y de éste, al de las puras entelequias… “las lenguas”, las “religiones” (Descolonización, años 60).

Y el tercer desatino bienintencionado, íntimamente relacionado con los anteriores, es el que afirma que una sociedad inclusiva debe, no solo respetar, sino buscar acomodo a las minorías (étnicas, sociales, etc.) de forma que puedan alcanzar su pleno desarrollo incontaminado (Multiculturalismo, años 90).

Nada que objetar si no fuera porque la aplicación acrítica de los tres principios conduce, como todos los sueños de la razón, a monstruosidades tales como que la sociedad tenga que discriminar a favor de cualquier paranoia, siendo una de las más curiosas la de que los hablantes de una determinada lengua minoritaria ( una vez declarada como “propia” de quien la habla y de quien no, he ahí lo paranoico del asunto) tienen derecho a usarla allá donde lo deseen y consecuentemente, para que semejante derecho sea efectivo, los hipotéticos interlocutores pechan con el deber de aprenderla y usarla, lo que solo prospera si es impuesto coactivamente por el poder político.

Mediante esta alquimia totalitaria, lo “necesario” (algo que determina cada uno para sí) se transmuta en lo “obligatorio” (necesario, solo en la medida en que se quiera eludir el castigo) que no es lo mismo.

Y quien habla de una lengua declarada propia por decisión política, habla de tantas y tantas correcciones políticas de cuya vigilancia se encargan entusiastas organizaciones e instituciones poco o nada controladas pero financiadas, eso sí, con dinero público que nos observan desde sus observatorios y desde sus púlpitos nos dicen lo que debemos pensar, decir y hacer. Sea en lo relativo al lenguaje, la historia, la educación, la cultura, la comida, la bebida, los vicios, las expresiones religiosas, los espectáculos públicos, etc.… hasta la ropa, por no hablar del sexo.

El caso es que, según la vieja lucha de clases ha salido por la puerta de la arena política, para bien o para mal, han sido estas paranoias singularistas las que han venido a enseñorearse del debate. Mientras, como era de imaginar, el poder financiero se troncha de risa.

2 respuestas a MIEDO A LOS BUENOS

  1. Silvia dice:

    Tienes toda la razón Rafa, es como si todo el mundo debiera pertenercer a un grupo, como si el individualismo estuviera castigado (perdón, no bien visto), ¿la lengua materna?, mi lengua materna es el castellano. Y ahora el wolof ¿qué te parece?, eso me hace pertenecer a un pequeño entorno. Además lo he elegido yo, nadie lo ha hecho por mi.

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