EL NUEVO CAMPO

¡Qué buena idea la de nuestro alcalde de pedir o exigir “que nadie se forre” con el nuevo San Mamés…! ”Si alguien se forra, es de fusilarle al amanecer”. No está mal la advertencia, aún cuando pueda resultar algo excesiva la condena.

Yo no quiero discutir sobre lo que Azkuna tiene toda la razón, la reclamación de una “transparencia máxima” en lo tocante a ese proyecto. Mas bien todo lo contrario, insistir y apoyar sus tesis.

Lo que a mi modo de ver justifica un comentario es ese puntito de aprovechamiento, no diré que demagógico pero sí oportunista, de un estado generalizado de opinión en torno a los negocios del ladrillo que nos pone en bandeja al chivo expiatorio. En este caso el chivo son esas gentes a las que arrojar del templo a latigazos pues pretenden ¡nada menos! que ganar dinero… les mueven “intereses económicos”.

“Forrarse”, en efecto, ganar dinero, incluso ganar mucho, construyendo edificios, sean viviendas de protección oficial o catedrales del fútbol, no resulta en principio condenable. Menos aún con pena de fusilamiento. Colaborar, movido por el legítimo afán de lucro, en el desarrollo de los proyectos públicos es una actividad en principio positiva para la sociedad. Positiva siempre que se lleve a cabo de manera honesta, competente y eficiente, como lo hacía el carnicero de Adam Smith.

Dejando aparte, por tanto, lo relativo a los componentes técnicos o artísticos del asunto, que las obras y contratos públicos no se conviertan en un mercado persa digno de Alí Babá es, sí, una obligación moral de todos los intervinientes (políticos, funcionarios y contratistas) pero es, por encima de todo, una exigencia política y legal de los propios responsables políticos e institucionales que son los que están sujetos, antes que a ningún otro criterio (patriótico o futbolístico, por ejemplo) a los principios de legalidad, equidad, eficacia, proscripción de la arbitrariedad y transparencia.

Si “alguien se forra…” Si alguien se forra indebidamente, podríamos añadir, será, sobre todo, porque “alguien” (otro alguien) no ha cumplido, por negligencia o dolo, con su obligación de gastar el dinero público de modo transparente, económico y eficaz y en tal caso, justo será que este segundo “alguien” acompañe al alba al forrado frente al piquete de fusileros. ¿No?

Por lo menos esto ocurriría, o debería ocurrir, si de lo que estamos hablando es de dinero público, lo cual conduce a una segunda reflexión… ¿Cómo puede ser que en los medios de comunicación sea tan fácil encontrar datos y mas datos, infografía incluida, sobre el tan traído y llevado proyecto del nuevo San Mamés sin que asomen (y sin que nadie, al parecer, los demande) datos concretos respecto de cuánto va a costar la sustitución del campo actual por el nuevo estadio (compra del suelo, porque las administraciones pueden regalarlo, pero no porque sea gratis, construcción del nuevo, demolición del viejo, etc.) y sobre quién lo va a pagar.

Si se tratara del dinero de los socios del club poco habría que decir, salvo recordar la necesidad de que el proyecto tuviese el adecuado encaje urbanístico. Allá el colectivo social atlético con su campo, su dinero, con quien se lo construye y con quien se forra o se deja de forrar en su caso.

Pero, si por casualidad se tratara de dinero de nuestras instituciones (es decir, de todos los bilbaínos o vizcaínos) algo más cabría discutir, digo yo.

Sería necesario, por ejemplo, conocer el montante presupuestario total del proyecto. Sería necesario discutir si ése es un dinero que “debe” gastarse en un nuevo campo de fútbol o, tal vez, en alguna otra cosa, son tantas las necesidades. Se podría plantear, llegado el caso, la distinta participación de unos u otros, públicos y privados, en el proyecto, los plazos, los requisitos, etc. En fin, lo que con tanta razón señala el Alcalde: “máxima transparencia”.

El primer campo de fútbol de San Mamés, inaugurado el 21 de agosto de 1913 y diseñado por el arquitecto Manuel María Smith (que no es poco) costó unas cincuenta mil pesetas de la época de las cuales cuarenta mil setecientas fueron recaudadas por suscripción popular abierta al efecto. Si consideramos que el aforo máximo era de unas exiguas (para hoy en día) 3.500 plazas habremos de concluir que los aficionados de entonces demostraron un verdadero amor (amor contante y sonante) por los colores de nuestro Athletic.

Hoy, pienso yo, no debería ser menos. No creo que solo deban ser nuestras autoridades municipales y, sobre todo, forales, quienes tengan ocasión de proclamar y demostrar su fervor atlético.

Construir el nuevo campo debe ser cosa de todos… ¡los socios!.

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