EL NOMBRE DE LA ESTACIÓN

169.- El Alcalde republicano Ernesto Ercoreca Ercoreca con Ispizua, Indalecio Prieto, Ricardo Bastida entre otros

 

 

 

 

 

Don Inda tuvo en vida una poco frecuente capacidad para sacar de sus casillas a sus adversarios políticos, buena parte de los cuales militaban en su mismo partido, el PSOE, y no digamos nada del nacionalismo vasco que siempre combatió, no por falta de un inmenso amor a Bilbao, Vizcaya o el País Vasco como quisieran algunos hacer creer, sino por el carácter reaccionario de la doctrina de Sabino Arana.

Parece que tantos años después de su muerte, acaecida en el exilio mexicano el 12 de febrero de 1962 mientras escribía su postrer artículo referido ¡Cómo no! a su Bilbao y titulado “El hierro y sus excelencias”, sigue provocando tan airadas como incomprensibles reacciones.

No puedo pretender comprimir hasta los escuetos límites de un artículo periodístico las justificaciones y avales para que nuestra Villa homenajeara a un personaje tan ilustre. Si es caso, voy a intentar señalar alguna anécdota en relación a las preocupaciones bilbaínas de Indalecio Prieto y a la curiosa conformación de esa especie de Panteón que es el callejero, envilecido entre nosotros por los mismos venenos que emponzoñan toda nuestra vida comunitaria: la fractura política y social, el sectarismo mas irracional, etc.

Comencemos por la Villa. Que la decisión de nombrar (o revocar) calles con los nombres, apellidos, y en algunos casos con el oficio en el que destacara el homenajeado es una decisión política, no cabe ninguna duda. Que, como tal, viene afectada de todas las desgraciadas características que ensucian la política vasca habrá pocos, muy pocos, ciudadanos que desconozcan. Ahora bien, no me parece demasiado aventurado afirmar que esta tendencia sectaria alcanza en Bilbao caracteres monumentales.

Así ocurre, por ejemplo, con las guerras y sus consecuencias. Todas son una tragedia brutal, pero pocas ciudades habrá que retiren… ¡retiren! (No es que no nombren, sino que retiren) del callejero a sus defensores o libertadores (Espartero) y sin embargo mantengan los de sus sitiadores o invasores (como Zumalacárregui, que bombardeaba Bilbao desde Begoña o el General Avril que mandaba las tropas francesas que invadieron Vizcaya) por poner un par de ejemplos ¿Qué pudo hacer el jurista liberal y Alcalde de la Villa, Gregorio Balparda, salvo morir asesinado en 1936, para “caerse” del callejero en el que (por evidentes razones temporales) fue introducido durante el franquismo?

Sería interesante que alguien prosiguiera y actualizara la obra de Manuel Basas comentando el callejero bilbaino. Si, además, alguno más lo leyera, podríamos comprobar hasta qué punto se practica, en esto como en tantas cosas, la ley del embudo por la que todo aquello (dignísimo por otra parte) que tenga que ver con el ideal de sociedad o cultura vasca nacionalista “pasa” por la parte ancha, mientras que el tubo angosto queda para “lo español”.

Así pues, aún teniendo que exhibir méritos sin cuento para alcanzar ese pequeño santoral local que representa el callejero, creo que Indalecio Prieto sería acreedor indiscutible de un puesto de honor.

¿Cuáles podrían ser los méritos a considerar? Supongo que, básicamente, acreditar fehacientemente el amor, la entrega, la beneficencia para con la ciudad y sus habitantes de un modo heroico o especialmente brillante en los campos de la ciencia, las artes, las letras, etc. En fin, éso que con tanta ansiedad buscamos: “poner Bilbao en el mapa”… que cuando se hable de tal personaje las gentes digan con admiración: ése, ese músico, o ese poeta, o ese jurisconsulto… o ese futbolista… ése es de Bilbao y al mismo tiempo, que nosotros, los bilbaínos, luzcamos en la pechera de nuestro traje de gala colectivo el nombre del personaje con orgullo y así, de tan simbólico modo, nos hagamos de alguna manera partícipes de sus méritos.

En el caso de Prieto la polémica desatada es tanto mas irritante cuanto que resulta menos fundamentada en la razón y más en el miserable sectarismo político que nos carcome la convivencia.

Mucho se ha hablado de la tarea de Indalecio Prieto como Ministro de Obras Públicas del gobierno republicano, pero poco de que antes, mucho antes, Indalecio fue concejal del Ayuntamiento de Bilbao y después Diputado de la Diputación de Vizcaya durante los años 1910 y 1911, honor que muchos años después también le cupo a quien ésto escribe.

Recuerdo dos anécdotas que de puro corteses parecen ser de hace cien años, cuando en realidad datan de finales de los ochenta. Una es el recuerdo de una visita en la que unos invitados extranjeros recorrían conmigo y con el entonces Secretario del Diputado General, el Palacio Foral. Este secretario, hombre culto y nacionalista, al llegar al salón de reuniones nos hizo notar un manchón en la pared y señalándolo dijo con reverencia: “es un tinterazo que tiró Don Inda a otro diputado… pero falló”.

La otra, también tiene como eje a Prieto, pero necesita cierta explicación.

El nombramiento como Ministro no supone para nadie un Pentecostés. Las ideas urbanísticas de Prieto no surgían de su inteligente cerebro por que sí. Lo cierto es que Prieto llevaba muchos años estudiando la cuestión del desarrollo urbano (requisito del desarrollo industrial y económico de Bilbao) junto con compañeros de tertulia y junto a técnicos de la altura de don Ricardo Bastida, hombre visionario, inteligentísimo, autor directo de lo mejor del ensanche bilbaíno (diseñado por él hasta el Abra) a quien la historia viene dando meticulosamente la razón, como a Indalecio (túneles de Archanda, Intermodal, urbanización unitaria de los márgenes de la ría, etc.).

En efecto, tantos y tantos proyectos planteados en aquellos años son fruto del genio combinado de aquellos dos grandes bilbaínos, Prieto y Bastida, colaboración en la que se cimentó una entrañable amistad.

Pues bien, corría el año (creo que 1985) cuando la Diputación Foral de Bizkaia, presidida por José Mª Makua, acometió aquél antiguo deseo de dotar a Bilbao de una infraestructura de conexión de los distintos modos de transporte y encargó un proyecto al prestigioso arquitecto británico James Stirling (Premio Pritzker 1981, entre otros muchos) proyecto que fue presentado con un gran despliegue de medios y entusiasmo político comprensible en una ciudad que, no olvidemos, había sido arrasada por las inundaciones de agosto de 1983. Era entonces Diputado de Obras Públicas el nacionalista José Luis Ramos Uranga, siendo yo mismo Portavoz del Grupo Socialista en las Juntas Generales de Bizkaia. Digo ésto para explicar como el Sr. Ramos Uranga tuvo la gentileza de exponerme detalladamente el proyecto y finalizados los argumentos mas racionales, terminó: “Rafael, si apoyáis esta obra, yo te aseguro que pondremos en la puerta un monumento a Indalecio Prieto”.

Huelga señalar que, al margen de esta cuestión, puramente anecdótica, el proyecto mereció el apoyo (creo que unánime) de todos los grupos y comenzó una larga andadura que intereses o cicaterías de unos o de otros (Ayuntamiento, Diputación, Renfe, Gobiernos… ¿Quién lo sabe?) hicieron languidecer años y años. Al parecer, todos estaban de acuerdo en que se hiciera la obra… ¡Con el dinero del otro!

Ahora que parece que, por fin, la necesidad de integrar nuestra red ferroviaria en las grandes líneas continentales va a movilizar los recursos necesarios, lo que quiero destacar no es tanto el reconocimiento a quien fuera su primer promotor entusiasta, sino esa otra forma de hacer política y de ver la política que imperaba entre nosotros no hace tantos años… No en el 16 sino en el 86.

No se piense que las discusiones son ahora más abundantes o enconadas que entonces… ¡todo lo contrario! Si se tiraba un tintero en tiempos de Prieto, en los nuestros se discutía a voz en grito una enmienda (de las miles que se ponían) al Presupuesto hasta las cuatro de la mañana y en una sala con tanto humo que nos hacía llorar. Entre medias, cenábamos juntos unos pinchos traídos del “Arríen”. ¿Qué está pasando? El actual odio sectario entre los partidos no es sino un mal remedo de pasión política. Es una falta de ideología que se suple (aparentemente) con grandes dosis de desprecio y de irracionalidad.

Muñeca rusa de la política, gesto hierático de odio al oponente donde todos (menos yo… menos los míos) son oponentes, enemigos,
entre los partidos y dentro de ellos. Dentro de la muñeca, nada. Otra muñeca vacía, preñada de si misma.

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