NUESTROS PEQUEÑOS CAFRES

NUESTROS PEQUEÑOS CAFRES

El último episodio de gamberrismo juvenil es bien conocido por los lectores vascos. Se trata de un grupo de jóvenes airados de los que, por alguna razón que se me escapa, la prensa destaca unánimemente su origen vasco y que se lió a golpes la pasada noche del 20 de Junio, a eso de las 4 de la mañana, con el mobiliario y los enseres de los apartamentos en los que pasaban unos días de descanso, Viaje de Estudios en la benévola concepción que se aplica al término, tras haber culminado el bachillerato en un colegio católico vizcaíno.

No se informa respecto del aprovechamiento estrictamente académico de los nuevos bachilleres aunque puede afirmarse sin gran riesgo que sus profesores, tanto da en un centro como en otro desgraciadamente, han cosechado un lamentable fracaso en ese componente curricular que podríamos denominar “Educación Cívica”. Mala suerte.

Lo más llamativo del caso no es, con todo, la enésima comprobación del “hooliganismo” rampante de muchos de nuestros jóvenes que estrenan su libertad, no confundiéndola con el “libertinaje” aquél de nuestros tiempos, tan relacionado con el desprecio por las fosilizadas normas morales y religiosas de la época, sino con el olímpico desprecio por los demás, por el prójimo… y no digamos, por el “común”, por los bienes de todos, los “bienes republicanos” que ellos identifican (otro fracaso rotundo del sistema educativo que comienza en la familia y termina en la Universidad) como los bienes de “nadie”.

Lo más llamativo para una servidora es la machacona insistencia en el origen…“vascos”, algo que obliga de modo sutil a enfocar el asunto desde otras perspectivas.

No por casualidad, los más ortodoxos medios de comunicación han empleado esta vez el mismo eufemismo que había consolidado la práctica de los medios próximos al mundillo etarra para referirse, por ejemplo, a los detenidos por actos de terrorismo callejero o similar… “jóvenes vascos”, obviando que siendo los detenidos en tal o cual operación policial, efectivamente jóvenes y efectivamente vascos, si resultaban reos de la Justicia no era por semejante razón sino por otras bien distintas relacionadas con sus propios actos.

Prácticamente todas las noticias publicadas sobre el caso exhalan un perfume subliminal exculpatorio.

Llama la atención, para comenzar, la manifiesta falta de conciencia de delito. Da la impresión de que para los “jóvenes vascos” el destrozo de bienes ajenos representa un comportamiento que se aleja del sórdido ámbito del Código Penal (normativa para pobres y marginales, como todo el mundo sabe) para entrar en el más glamuroso mundo de la movilización social, de la “lucha”, sea política, sindical, estudiantil, etc.

No es, por tanto, un fenómeno anormal, extraño, sino un comportamiento indeseado pero interpretable como expresión, expresión física, de los terribles conflictos que, al parecer, sufren los jóvenes vascos. Es rebeldía juvenil y rebelión patriótico-social. En Euskadi, los rebeldes siempre tienen causa.

Los jóvenes vascos, cuando rompen cosas, estén, o no, borrachos perdidos (clamorosa evidencia sobre la que los medios pasan de puntillas) no son gamberros al uso como los que matan vaquillas a puñetazos o gallinas a patadas, no. Los jóvenes vascos, como herederos inconscientes (y desconocedores) del Mayo parisino del 68, cuando rompen cosas ejercitan alguna clase de activismo social. Tienen… ¡ésa es la cuestión! , un motivo, una causa, una reivindicación autorreferencial. “Si no fuera por ello, no lo harían, siendo, como son, buena gente, jóvenes y vascos”.

En este caso, nuestros jóvenes decidieron (decidieron, sí. Así lo afirman ellos mismos sin asomo de pudor ni arrepentimiento) dar una lección a una empresa inmobiliaria que, por lo visto, no había cumplido satisfactoriamente sus obligaciones contractuales.

¡Que se sepa como somos. Sí señor! De nosotros no se ríe nadie… ¡Que se vayan enterando de cómo las gastamos los burguesitos vascos!

Ahora bien, cuando lo simplemente llamativo alcanza un nivel estupefaciente es cuando comprobamos que el sistema de reestablecimiento del orden jurídico se derrite como una amama txotxolona ante las chirenadas de sus nietos mozalbetes.

Por lo visto, el artículo 263 del Código Penal, el que castiga con pena de multa de seis a veinticuatro meses a quien causare daños en propiedad ajena por valor superior a los cuatrocientos euros, no rige para estos pobres y reivindicativos chicos.

Tal vez, atendidas las circunstancias personales y sociales de los chicos, las pocas ganas de lío que manifiesta la inmobiliaria afectada y sobre todo, ese tan reiterado origen vasco así como la descarada vindicación de los autores confesos del hecho, mossos, fiscales, jueces y demás responsables han entendido que este delito perseguible de oficio, es decir obligatorio para todo funcionario público, en relación al resto de los mortales sujetos al derecho penal español, bien podía excepcionarse en este caso… ¡Pelillos a la mar!

¿Qué hubiera ocurrido de haber sido los autores de tales fechorías unos jóvenes magrebíes salidos de un centro de acogida o, sencillamente, unos turistas ingleses?

Por otro lado… ¿Alguien se ha parado a pensar en que la formación de estos jóvenes acaba de sufrir una quiebra que habrán de lamentar a medio plazo? En este caso, toda la sociedad se ha confabulado para hacer a estos chicos un poco más “ninis”: Ni respeto, ni responsabilidad.

Resulta de este modo que unos hechos graves, cometidos con plena voluntad y dolo, quedan sin consecuencias… Eso es lo que la sociedad acaba de decirles como corolario de su bachillerato. ¿Por qué les hacemos semejante daño?… ¿Por qué les engañamos así?

Publicado en El Mundo el 24/06/2010

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