LA FIESTA

LA FIESTA
28.08.2009

La fiesta es un rito social con el que marcamos ciertos acontecimientos que se suponen felices e importantes, ahora bien, lo que haya de considerarse feliz o significativo varía enormemente en cada entorno cultural. Sin embargo, algo fisiológico debe haber en la necesidad de festejar para que todos los seres humanos y según van demostrando los etólogos, los primates superiores, dediquen una buena parte de su vida a la celebración colectiva de rituales festivos.

La fiesta, para serlo, requiere una participación plural, libre e igualitaria. Puede haber conmemoraciones disfrutadas en una íntima y placentera soledad. Basta un recuerdo que nos llegue al corazón, unas viejas fotos, un vinilo girando en el presuntamente obsoleto tocadiscos y tal vez, una botella de tinto reserva guardada para la ocasión. Será un momento feliz pero no será una fiesta.

Puede también participarse en una gran variedad de eventos sociales, culturales, políticos, religiosos, etc. donde los asistentes adoptan un rol preponderantemente pasivo (mirar, aplaudir, rezar…). Estos ceremoniales pueden resultar grandiosos, sumamente estéticos o llegar a galvanizar sentimientos profundos en los espectadores, pero tales celebraciones tampoco deberían considerarse fiestas en sentido estricto. Incluso la llamada ‘fiesta’ por antonomasia, la tauromaquia, hace mucho que no es sino una representación. Por horroroso que resulte, hay más de verdadera fiesta en algo tan bárbaro, pero colectivo, como el Toro de la Vega de Tordesillas que en el ordenado sacrificio de seis toros ejecutado por profesionales con arreglo a cánones rigurosos.

Más grande o más pequeña, mejor o peor organizada, lo que da carta de naturaleza a la fiesta es la confusión entre platea y escenario, la participación libre, común, mutua e igualitaria. La fiesta, empleando un término de moda, es ‘viral’. Como rito, implica un patrón, un patrón determinado pero alternativo y en todo caso leve, llevadero, fácil de asumir. En el espacio festivo las normas cotidianas ceden su áspera vigencia en favor de las emanadas de otros dioses y otros reyes, como Baco o Momo.

La fiesta, como el sueño, posibilita el descanso, en este caso el descanso social, respecto de las reglas que rigen nuestra vida diaria. Sucede al trabajo, a la cosecha, a la matanza, conmemora el fin de las guerras y el nacimiento de los niños. Permite a las gentes reencontrarse tras el trabajo individual y enfocar su existencia hacia objetos lejanos del sudor de su frente. La fiesta, celebración de la vida, nos hace olvidar por un momento nuestra condición mortal. La fiesta, germen del calendario, puntea los trabajos y los días, separa las tareas, invoca protecciones y agradecimientos y proclama la vieja solidaridad grupal con sus rituales de comida, bebida, música y sexo compartidos.

Este comportamiento, natural e inevitable, no ha podido ser eliminado ni siquiera por los más férreos regímenes políticos o religiosos, de suerte que la relajación de las leyes, normas y pudores inherente a la fiesta ha posibilitado en todo tiempo la crítica del poder establecido y la burla (tiranicidio ritualizado) de sus representantes. Incluso las más inteligentes dictaduras han sabido siempre hacer la vista gorda hasta la resacosa ‘mañana de Carnaval’, como el General Tapioca de “Tintín y los pícaros”.
En un escenario político de opresión, por tanto, la politización de las fiestas constituye una lógica expansión de las tensiones acumuladas que se manifiesta al calor de la tolerancia consustancial al ‘estado de fiesta’. En la España de la transición se politizaron las fiestas y después se politizó todo lo demás y así, tras el triunfo de la democracia, a todo ceremonial político le dábamos categoría de fiesta. Fiesta fue la amnistía y fiestas fueron las campañas electorales, los mítines, las votaciones, las largas noches de recuento electoral y hasta las mismas leyes. Fiesta fue la Constitución y fiestas los Estatutos y como tales se conmemoran desde entonces. Bien reciente tengo en la memoria el espontáneo fiestón que presencié en el barrio de Chueca de Madrid con ocasión de la aprobación de la ley que autorizaba el matrimonio homosexual.

Es lógico por tanto que también en Euskadi las fiestas pasaran una fase de politización. Así las vivimos y así participamos en ellas, conscientes de que aquella alegría era un grito frente a la dictadura moribunda. Pasó, sin embargo, el tiempo y la rebeldía triunfante dio lugar a un Estado de Derecho indudablemente más eficaz y justo pero menos épico y tal vez más aburrido.

Cada uno de nosotros acumula sus propias experiencias personales y cada cual puede sentir al recordar su pasado una multiplicidad de sensaciones, desde el alivio por las pesadillas superadas hasta la nostalgia por aquellos momentos en los que fuimos felices o simplemente nos sentíamos más dueños de nuestro destino de lo que somos hoy en día. Es normal.

También es normal que algunas personas, incapaces de asumir los inevitables efectos del paso del tiempo, sea en su vida personal, en su imagen física o en su análisis político, pasen a engrosar la nómina de los nostálgicos que se resisten a reconocer y mucho menos a disfrutar el presente porque, según creen los pobres ingenuos, este presente ha traicionado las expectativas que pusieron entonces… ¡Como si no fuera siempre así!

El caso es que de la nostalgia emotiva a la paranoia va un trecho que en ocasiones se reduce hasta desaparecer. Cuando esto ocurre solemos decir que la actitud de tal o cual persona resulta patética. Patético es, por ejemplo, el discurso de los vejestorios líderes cubanos perorando por la revolución de un pueblo que se ve obligado a volver en el siglo XXI al arado romano con arrastre por bueyes y que terminará por tener que comerse los mismos bueyes.

Patético resulta, de igual modo, el empeño del movimiento radical abertzale en politizar las fiestas del País Vasco ante la indiferencia general… Patético y algo más.

En efecto, si partimos de la idea de fiesta como un momento de desinhibición y desreglamentación compartido, libre e igualitario, la imposición forzosa de una iconografía, una programación, unas designaciones, unos sonidos… específicamente partidistas aprovechando su influencia en el seno de las entidades organizadoras o patrocinadoras de las fiestas no deja de constituir un ejercicio político sectario, injusto y coactivo. Esto, por cierto, es predicable respecto de cualquier tipo de politización o imposición (discursos políticos, misas…). Nadie debe estar obligado a soportar la presencia de elementos partidistas en el entorno festivo. La fiesta es la anarquía igualitaria sin más límite que el sagrado respeto de los unos por los otros. Todo lo demás constituye una falta de educación y una coacción injusta.

El objetivo de ‘tener la fiesta en paz’ no puede pasar por el silencio de los coaccionados. En tal caso el refrán adecuado sería más bien el de ‘por la paz, un avemaría’.

La fiesta en paz, si hablamos de un entorno público, pasa por la proscripción, lisa y llana, de su politización. Otra cosa será una fiesta privada donde, si quieres, vas y si no quieres, no vas. Pero en las fiestas ‘de tu pueblo’ nadie tiene que soportar que le impongan un discurso político, aunque fuera el discurso más benéfico o más universal.

La actual politización de las fiestas populares por parte del entorno radical abertzale es patéticamente surrealista, es decir, no aspira a un apostolado efectivo para su causa sino que es absolutamente autorreferencial, es de ellos y para ellos. Solamente pretende imponer su presencia coactiva para sentir, a través de la ensimismada lectura de sus propios medios de comunicación, que sigue representando lo que en algún tiempo pasado quiso y tal vez pudo ser. Como la madrastra de Blancanieves, la autodenominada izquierda abertzale pregunta a su espejo si sigue siendo al cabo de los años la vanguardia del Pueblo Vasco y el pobre genio esclavizado en el espejo le responde cansino desde las páginas del ‘Gara’ que sí. ¡Sí, mi ama y señora…! ¿Cómo no lo va a ser con tantas y tantas manifestaciones, tanto fuego, tanta basura, tanta riqueza destruída, tantos años perdidos y tanto dolor causado?… ¿Cómo vamos a reconocer que todo esto no vale para nada… y que hace tiempo que lo sabemos?

Y así, de autobús en autobús, de manifestación en manifestación. Siempre la misma ‘troupe’ que envejece sin madurar como el alma de un Dorian Grey colectivo, sin poder escapar de la cárcel de ‘la cuadrilla de siempre’.
Ahora bien, cuando la politización de las fiestas que nos hacen padecer, además de coactiva, se concreta en hechos que constituyen delitos ejecutados prevaliéndose de una presencia multitudinaria de ciudadanos que, suponen, hará imposible el reestablecimiento del orden jurídico por parte de las fuerzas de seguridad, de lo que hablamos no es de una simple politización trasnochada, patética y coactiva sino de una verdadera ‘toma de rehenes’.

En efecto, los movimientos radicales abertzales llevan a cabo actos de enaltecimiento de la organización terrorista ETA, de sus acciones o de sus miembros en el entorno festivo, no porque sea una genuina manifestación popular (que no lo es y ellos lo saben perfectamente) y ni siquiera porque deseen imponer más o menos sutilmente sus pretensiones al conjunto de los ciudadanos allí congregados ( pues bien saben que la gente ‘pasa’ de ellos) sino, sobre todo, porque utilizan a las multitudes congregadas como ‘escudos humanos’ que les ofrezcan una falsa sensación de impunidad.

Pues, como se ha visto y se verá, hasta en esto se han equivocado.

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