NACIONALISMO Y LIBERTAD PÚBLICA

No soy nacionalista. El nacionalismo, cualquier nacionalismo, me parece un pensamiento empobrecedor. Soy un socialdemócrata encuadrado en la tradición política del socialismo español de Indalecio Prieto … “socialista a fuer de liberal”.

No creo, pues, en “La Nación”, sea ésta lo que sea. El concepto de nación siempre ha servido para llevar el agua del poder político, cultural, socioeconómico, etc. al particular molino de los intereses de cada cual, revistiéndolo de ropajes simbólicos y emocionales hasta enturbiar las mentes y enloquecer a las masas como para firmar las páginas mas abominables de la historia entre cánticos a la patria y sones de bandas militares. Lágrimas emocionadas de orgullo colectivo que son preludio siempre de sangre, sudor y lágrimas… ajenas.

Soy, entonces, ciudadano vasco, español y europeo (que son los ámbitos políticos que me definen) pero no soy nacionalista vasco, ni español, ni europeo. Los nacionalistas vascos defienden que esto es imposible, que eres nacionalista vasco o eres nacionalista español. Sin embargo, creo que dentro del espectro político no nacionalista, además de dos tendencias claramente diferenciadas, la Izquierda y la Derecha, existen también diferencias entre un planteamiento efectivamente nacionalista español y otro de tipo republicano, consistentemente antinacionalista, mas situado en la zona “centro-izquierda” que en el “centro-derecha” vasco.

Desde esta posición liberal, demócrata radical, si se quiere, es necesario desarrollar un discurso alternativo al de la “construcción nacional” separatista sin caer en la “construcción” de otro tipo de nación incluyente.

“La sociedad vasca (y cualquier otra sociedad civilizada y libre) tiene derecho a decidir su futuro”. ¡Faltaría más!… ¿Quién va a decidir si no? Lo falaz es no reconocer que la sociedad vasca vive un presente que no es otra cosa que el futuro libremente decidido en octubre de 1979 cuando el electorado vasco refrendó con un 90% de sufragios positivos el Estatuto de Autonomía del País Vasco, precisamente como expresión de su autogobierno. ¿Que esta posición es revisable?… ¡Naturalmente! pero no como consecuencia de una demanda histórica eterna e injustamente insatisfecha, sino como una pretensión política más.

No creo, pues, en la existencia de “un Pueblo” con derecho a decidir. No hay mas sujeto político que las personas, de modo que el discurso nacionalista “personifica” y atribuye a un sujeto imaginario, a un producto poético (en el mejor de los casos) derechos políticos que sólo pueden corresponder a seres humanos realmente existentes. Con el nacimiento comienzan y con la muerte se extinguen los derechos de las personas. No cargamos con saldos a pagar ni con cuentas a cobrar “en virtud de la historia”. La historia, con suerte, puede ser cauce de conocimiento, pero no puede ser fuente de derecho alguno frente a nuestros contemporáneos.

No obstante, desmontar los argumentos historicistas abertzales puede ser un sano ejercicio intelectual pero no resuelve los problemas políticos que ponen de manifiesto. Dicho de otro modo, es irrelevante el hecho de que las pretensiones de un sector del electorado tengan un fundamento racional o irracional, históricamente cierto o falso o puedan aparecer ante mis ojos como éticamente aceptables, solidarias o egoístas, etc. En un régimen democrático todos los postulados políticos (con la excepción evidente de aquéllos que supongan un ataque al reservorio infranqueable de la dignidad humana) tienen que poderse exponer al cuerpo electoral buscando su adhesión y, en consecuencia, la posibilidad de materializarse si el sufragio público les resultara favorable.

Así, el planteamiento político independentista vasco respecto de España (que no comparto) debe tener la posibilidad de someterse al sufragio de los electores como cualquier otro, dentro de los conocidos límites sustantivo y procesal. El sustantivo, como he mencionado, es que no puede pretenderse nada que perjudique la dignidad de las personas y el procesal no es otro que el ajuste de dicha pretensión a las reglas del Estado de Derecho.

Desde un punto de vista de filosofía política, entre un referéndum en el que se consulte a la ciudadanía su parecer sobre una hipotética secesión de Euskadi respecto de España porque un Parlamento representativo lo ha debatido y una mayoría suficiente, cumpliendo escrupulosamente los trámites legales, así lo plantea y el ejercicio del “Derecho de Autodeterminación” (que no se tiene) de un “Pueblo” (que no existe) en “virtud de una historia” (que no legitima) hay una diferencia fundamental.

Sin embargo, un planteamiento mas “realista”, menos “filosófico”, podría llevarnos a pensar que se trata, sencillamente, de una cesión al chantaje terrorista. Éste es el punto más peliagudo. La presencia del terrorismo contamina extraordinariamente toda la vida política vasca.

En efecto, nos encontramos con que ETA, abandera la cuestión del “reconocimiento del Derecho de Autodeterminación del Pueblo Vasco”, algo que comparte con el resto de fuerzas políticas nacionalistas. Tal pretensión, cuyas consecuencias prácticas no deberían resultar excesivamente difíciles de manejar entre demócratas, aparece, entonces, teñida de sangre ¿Qué hacer? ¿Cómo combatir políticamente el terrorismo, sin anatemizar semejante cuestión?

El terrorismo (además de suponer una amenaza directa para muchos) falsea la irrenunciable igualdad política de todos los ciudadanos, con independencia de que muchos de ellos sean (o se sientan) inmunes ante la extorsión. Cuando una organización terrorista decide “apoyar” las pretensiones políticas de alguno de los grupos en liza destroza las posibilidades de alcanzar una solución democrática para cualquier conflicto político.

A partir de ese momento entra en la agenda política un objetivo que en otras circunstancias no aparecería: “La Paz”. Los distintos postulados políticos son, a priori, igualmente legítimos pero aquellos apadrinados por los terroristas pasan a ser, además, los únicos capaces de “traer la paz”, con lo que su conveniencia se centuplica. Paradójicamente, su atractivo crece y se agranda tanto más en la medida en que la acción terrorista resulte más insoportable, más dañina y más cruel.

Siendo esto así, como desgraciadamente ocurre, y por mucho que ello duela a los nacionalistas vascos de buena voluntad, no queda mas remedio que reconocer que las posiciones políticas abertzales no estarán “jugando limpio” mientras no consigan liberarse del oprobioso patronazgo de la organización terrorista ETA.

Ésto es, evidentemente, más fácil de decir que de hacer. Sin embargo, el reconocimiento expreso y sincero de tamaña injusticia, la empatía con las víctimas del terrorismo, la ruptura solemne de tantos y tantos lazos y complicidades tácticas, la contundente sanción social y política de los violentos, la verdadera y pública ruptura con el mundo de ETA como los auténticos cánceres del cuerpo político que realmente son, por parte del nacionalismo democrático serían la demostración de la voluntad de competir políticamente en condiciones de igualdad sin prevalerse del apoyo criminal de ETA.

¿Ha sido, es o será ésta la actitud del nacionalismo democrático? ¿Tienen la suficiente fe los partidos nacionalistas en el atractivo de sus planteamientos como para situarse nítida y definitivamente del lado de los demócratas (no nacionalistas o incluso ¿por qué no? nacionalistas españoles) antes que jugar con ambigüedad por la linde “equidistante” o caer impúdicamente en el pacto con los terroristas como sucedió en Lizarra, algo que hasta la fecha no ha sido aún rechazado?

La labor policial o judicial puede arrebatar a ETA militantes, recursos o capacidad operativa. La deslegitimación y la desmoralización, presupuestos ineludibles de su derrota, son algo que solo puede llegar de la generosidad, la valentía y la grandeza del nacionalismo democrático. Algo que, intuyo, no iría en perjuicio de sus posiciones electorales,… mas bien al contrario.

28/09/2005

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