FALLOS DEL SISTEMA

Resulta difícil no indignarse ante la falta de escrúpulos intelectuales con los que se están manifestando distintas autoridades económicas.

Estupideces… ¡Que duda cabe! las decimos todos, pero en algunos casos, cuando lo hacen  los responsables de asuntos tan importantes para nuestra convivencia como la política monetaria o el control del sistema financiero, por ejemplo,  podríamos comenzar a pensar si de verdad son bobadas o se estará traspasando la raya de la prevaricación. Todos tienen derecho a ser idiotas (¿quién sabe si alguna clase de estupidez no forma parte del currículum?) pero no es admisible que tomen por idiotas a unos ciudadanos que además (esto es lo grave) hemos de padecer sus delirantes o deshonestas decisiones.

 

Vemos, por ejemplo, como tanto el Fondo Monetario Internacional como diversos bancos centrales y otras autoridades económicas tan representativas como ellas (es decir, nada de nada) una vez analizada concienzudamente la situación, en vez de reconocer con humildad que han fallado más que una escopeta de feria…”reclaman”…”exigen”…”demandan” inespecíficos (de momento) “planes”… ¡A los Gobiernos! (Jaime Caruana, FMI, 09/04/08).

 

A juicio del FMI, por ejemplo: se falló a la hora de medir los riesgos y de analizar el endeudamiento de bancos”, etc. Semejante explicación no es sino una pura falacia. Para comenzar por el uso torticero del modo impersonal. ¿Cómo que “se falló”?… ¡No, no!… Si quieren hablar de ello que se pregunten: ¿Quién falló?… ¿No habrán sido precisamente las autoridades encargadas del control del sistema financiero?

 

Y, en segundo lugar. Cuando algo sale mal, mejor dicho, cuando se descubre que algo se ha hecho mal, suele acudirse al socorrido recurso del “error”. Sin embargo, en el presente caso no ha “fallado” nada. Los responsables del control del sistema financiero norteamericano (y a su rebufo, todos los demás) han sido perfectamente conscientes y dolosamente responsables de los cambios de criterio jurídicos y contables que contra la más elemental prudencia han permitido el peloteo de hipotecas basura que se halla en el origen de la presente crisis.

 

Todos los supervisores, esos organismos supuestamente independientes y cuajados de sabiduría en los que las democracias occidentales han abdicado las políticas monetarias y financieras, han hecho la vista gorda durante años, incumpliendo clamorosamente sus obligaciones. Si lo han hecho por la cobardía de no enfrentarse al saber convencional de origen norteamericano o porque participaban de alguna manera de la fiesta, eso es harina de otro costal, pero lo que está claro es que no puede ahora culparse farisaicamente al propio ciudadano cuyas decisiones (adoptadas en el seno de unas condiciones regulatorias determinadas) han sido racionales y razonables.

 

Intentar adaptarse en la búsqueda de un lucro legítimo a las expectativas de los mercados no tiene nada de inmoral ni de absurdo. En un escenario de bajos tipos de interés y alza continuada del precio de los pisos, invertir en la adquisición de viviendas en propiedad con un coste similar al de los alquileres era, lisa y llanamente, la opción más conveniente. Decir a estas alturas (Charles Collyns, FMI, 10/04/08) que ha existido un boom inmobiliario insostenible” y que “los precios están entre un 15% y un 20% por encima de lo que se ajustaría a los niveles de oferta y demanda es una simpleza que sólo alcanzaría relevancia si formara parte de su carta de dimisión como Subdirector, nada menos, que del Departamento de Análisis del Fondo Monetario Internacional o como epitafio de quien sea su jefe (el Director) tras un más que merecido “hara-kiri”.

 

Hace falta mucho cuajo para afirmar cual es el precio que algo “debe” valer. ¿Cómo lo saben? Por lo menos los economistas dedicados a la bolsa se han tomado la molestia de construir para ello todo un procedimiento de análisis más o menos esotérico (“Chartismo”). Su carácter tautológico lo invalida como ciencia pero por lo menos entretiene.  Pero lo del FMI es demasiado. ¿Acaso un precio dado, por astronómico que resulte, no es, precisamente, el que en cada momento “ajusta” una oferta y una demanda? La vivienda no ha estado “sobrevalorada” sino, en todo caso, “sobredemandada”, sencillamente porque a la necesidad de viviendas para uso residencial privado se ha añadido un componente de demanda especulativa a la que nos hemos lanzado en España nacionales y extranjeros, particulares y empresas con particular fervor.

 

Ante semejante situación… ¿Que había que hacer?… ¿No construir?… ¿No prestar dinero a quien lo solicitaba con garantía hipotecaria? Si España podía ofrecer al mundo entero viviendas, playa, clima, gastronomía y buen ambiente social (que es lo que incentiva el boom inmobiliario aquí y no en islandia)… ¿hubiera tenido racionalidad económica el rechazarlo?

 

 Ahora se termina el cuento y llega la realidad. Muy bien, pero si la demanda estuvo segmentada en los tiempos de euforia (residencial y especulativa) las medidas políticas que los Gobiernos hayan de adoptar deberán segmentarse correlativamente.  No parece que haya razón alguna para aliviar el porvenir del especulador. La vida es así. Unas veces se gana y otras se pierde.  Sin embargo, a las familias que dadas las condiciones del mercado necesitaron un crédito inmenso (bien que soportable en su momento) para adquirir su vivienda habitual es a quien habrá que dirigir las políticas públicas que se arbitren a la hora de paliar las consecuencias de la crisis.

 

Otra cosa, dejarnos embaucar una vez más por la charlatanería y la desvergüenza de los portavoces de los poderosos y socializar sus pérdidas será una decisión técnicamente infame desde el punto de vista de la gestión de los recursos públicos y políticamente regresiva.

 

11/04/2008

 

 

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