EL LOBO QUE ASOMA

Tal vez no haga falta sumergirse en grandes profundidades de teoría económica para aventurar algunas observaciones sobre el momento que vivimos. Aceptemos, para comenzar, la enorme influencia en los sistemas de producción modernos de dos factores: la tecnología, hija de la ciencia y el capitalismo financiero.
La irrupción en el escenario económico del capitalismo financiero ha supuesto la despersonalización del propio capital (que se desliga de soportes materiales como la tierra) su democratización (mediante la participación de cualquier inversionista a través de diferentes fórmulas societarias) y su expansión, casi explosiva, apalancando cualquier tipo de proyecto del que se pueda augurar una suficiente rentabilidad con total despego respecto de cualesquiera trabas culturales, religiosas, sociales ni éticas y muy limitadamente, jurídicas. Esta universalización del capitalismo implica una posibilidad de enriquecimiento al margen de las tradicionales castas aristocráticas, lo que es positivo, pero minimiza el control del propio sistema económico. El control escapa, en efecto, de las manos del pequeño grupo de plutócratas que lo monopolizaba pero escapa también de las garras del Leviatán. El Estado, la “autoridad económica”, es cada vez más patéticamente impotente frente a los fenómenos económicos que suceden. Para bien o para mal, la capacidad de decisión real está en manos de un monstruo sin cabeza (o con millones de ellas)… “El Mercado”.

Por otro lado, comprobamos que el dinero por sí solo no produce dinero. El dinero (o el crédito que es su avatar fiduciario) necesita aplicarse a algún tipo de negocio digamos “material” para resultar fecundo. Una vez aplicado, el dinero puede mantener una relación directa y tangible con la industria o establecer con la (mal) denominada “economía real” lazos que pueden llegar a ser extremadamente sutiles, pero no puede dejar de tenerlos. Cuando el nexo se estira demasiado, cuando la locura colectiva por el lucro se adueña de las voluntades, todos, insisto, todos sabemos que ya sólo nos queda una cosa por hacer: topar con la realidad.

Da igual que hayamos especulado con pisos sobre plano que con bulbos de tulipán (como los holandeses del siglo XVIII) con sellos (como algunos incautos y codiciosos actuales) o con hipotecas o bonos “basura” como los grandes intermediarios norteamericanos …todo se basa en pagar hoy ( a ser posible con financiación ajena) precios excesivos por bienes que somos conscientes de que no lo valen en la esperanza de que mañana otros más necesitados o listillos con peor suerte que nosotros, pagarán por ellos un precio tal que cubramos nuestros costes y aún ganemos una pasta. Así… ¡Por la cara!
Conclusión, pues, de Perogrullo: La causa de la crisis financiera que hoy nos enseña los dientes no hay que buscarla tampoco en desiertos remotos, no es otra que la euforia financiera que nos hizo tan dichosos hasta ayer.

Si nuestros políticos tuvieran un poco menos de soberbia y si los portavoces del saber convencional económico no fueran tan serviles con los detentadores del poder nos habrían ahorrado tanta loa, tanta viñeta y tanto comentario en el que los ministros de economía aparecen (y ellos se dejan) como magos o “gurús” que dotados de una misteriosa varita digna de Harry Potter conducen por donde quieren las magnitudes económicas en dócil levitación. A los pasajeros nos tranquiliza imaginar que en el puente de mando de la nave hay alguien que sabe, quiere y puede conducirla. La verdad es que solo está el loro del capitán borrachín.

Hoy resulta divertido el esfuerzo de economistas y representantes públicos por explicar a la ciudadanía la inexorabilidad de los ciclos económicos (previstos incluso en el Génesis bíblico, etc.). Si, entonces, las fases depresivas son inexorables… ¿A santo de qué venía tanta atribución de milagros económicos al saber taumatúrgico y a la voluntad visionaria de los líderes de turno?… ¿No hubiera sido más pedagógico hacer lo que, por cierto, hizo el bíblico José: aprovechar las desigualdades del ciclo y preparar las reservas necesarias para los años de “vacas flacas” en vez de tantísima demagogia pseudocientífica?

A cambio… ¿Qué hemos hecho? Lo primero, en pos de unos argumentos ultraconservadores disfrazados de ciencia económica, ha sido desarmar al Estado, que es la única herramienta de los pobres. ¡Fuera de aquí las peligrosas manos de “los políticos”!… ¡Dejemos que de la economía se encargue exclusivamente el mercado!… Y bien… ¿Quién es “El Mercado”?
Porque si la evolución del ciclo económico resulta ser independiente de las decisiones políticas, como predica la ortodoxia, lo que no deja de ser profundamente político es el reparto de sus consecuencias y en un sistema democrático los políticos responden ante los tribunales sobre la legalidad de su proceder y ante el electorado sobre el acierto de sus decisiones pero… ¿Ante quién responden los jerifaltes llamados “independientes” que juegan a mover los hilos de la economía ?…Encontrad a ese “Quien” y tendréis ante vosotros al verdadero soberano.

10/04/2008

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: