HÉROE LOCAL

Ante los conflictos políticos el comportamiento de cada cual es distinto. Aunque supusiéramos que los intereses personales, la ideología, etc. fueran iguales, seguiríamos observando una gran diversidad en las respuestas políticas. Esto puede deberse, entre otras razones, a la solución que cada uno encuentra para la ecuación: Seguridad-Compromiso.

Tanto la seguridad como el compromiso son valores cuya realización ofrece ventajas e inconvenientes. El criterio de seguridad busca la satisfacción de las necesidades personales a cambio de una mínima implicación en la satisfacción de las colectivas. Estamos hablando naturalmente de política, no de economía. En economía, siguiendo a Adam Smith, podemos aceptar, con excepciones, la existencia de una resultante “mano invisible” que optimiza el bienestar económico colectivo a partir de las decisiones individuales.

El compromiso, en su versión extrema, nos llevaría a pensar en el mártir que sacrifica su libertad y su seguridad por la causa de los otros, por un ideal político. Aunque, con frecuencia, los que dicen estar dispuestos a inmolar lo que haga falta por un elevado y firme ideal, normalmente suelen comenzar por sacrificar los intereses, la vida o la hacienda de los demás, no los propios.

No cabe ninguna duda de que, fuera de estos casos extremos, lo que realmente existe es una multitud de posiciones intermedias (todos tenemos algo de Quijote y algo de Sancho).

Tampoco debemos dejar de tener en cuenta que hasta en las posiciones más altruistas existe un mecanismo psicológico de recompensa, de autopercepción satisfactoria, que puede llegar a ser definitiva en las personalidades más narcisistas. El “segurolas”, sin embargo, a cambio de la satisfacción de sus necesidades personales no deja de representar ante su propia conciencia y desde luego ante sus colegas, un papel más mezquino.

La intensidad de estos impulsos varía enormemente ante las vicisitudes de la vida. En la medida en que vamos adquiriendo responsabilidades, se supone que vamos también optando por la seguridad. El adolescente valora sobre todo la sinceridad y la honradez aunque, curiosamente, mienta con frecuencia debido a su inseguridad. Valora la “entrega a un ideal”, sobre todo cuando esa entrega se lleva a cabo a través de acciones que impliquen una intervención efectiva, directa y ruidosa que le transmita una sensación de dominio sobre su entorno. Aún mejor, la de estar corrigiendo los errores de la generación anterior.

Al analizar este fenómeno, cobra singular importancia la diferencia entre una situación política democrática (a pesar de que el ideal de la perfecta democracia sea utópico) y una dictadura.

En una dictadura el compromiso político no representa tan solo una decisión de participación concreta entre varias posibles. El valor ético y emocional del compromiso activo frente a una dictadura no deriva tanto del postulado político que se pretenda, sino del acto de comprometerse en sí. El compromiso político en un ambiente hostil (dictadura o terrorismo) acarrea inevitablemente un riesgo que el sujeto comprometido asume, en principio, de un modo altruista.

Para encontrarnos “fuera de la ley” (situación emocionante donde las haya) en un régimen autoritario basta con desarrollar una actividad política discursiva, pacífica. La poco legítima, por muy legal que se repute, acción del poder caerá con todo su peso sobre nosotros. Es la represión.

En democracia, para poner en marcha el proceso acción-represión necesitamos dar un paso más. En democracia la normativa delimitadora del ejercicio de la acción política es, además de legal, legítima (por democrática) así que si queremos épica nos veremos obligados a realizar algún tipo de acción ilegal, consecuentemente ilegítima, que no podrá limitarse a la simple participacion política (plenamente tolerada) sino que requerirá algo más, algo realmente prohibido, generalmente algún comportamiento en el que intervengan la violencia, la intimidación, los daños o las coacciones, etc.

Esta entrega a una actividad prohibida aporta, como decíamos, una cierta dosis de épica, ingrediente de gran valor psicológico que suele estar ausente de los procesos políticos racionales. A mayor riesgo, mayor dramatismo y mayor heroísmo. A menor dramatismo, más peso de los “vulgares” intereses personales. Así pues, dado que todos procesamos la información sobre la realidad política a la luz de nuestros sesgos irracionales, en la medida en que nuestra aversión al riesgo sea menor, percibiremos la realidad política como algo más dramático y viceversa. Si la percepción de la realidad está tan profundamente alterada como para que veamos una situación de grave crisis allá donde solo hay política cotidiana estaremos tan en el reino de la paranoia como D. Quijote cuando se empeñaba en combatir con los molinos creyéndolos gigantes.

Si a través del adoctrinamiento (escuela, familia, entorno, etc.) se consigue llevar a los individuos a una percepción de la realidad y una ideología que pinte un cuadro lo suficientemente dramático y el individuo por su forma de ser u otras variables influyentes (edad, por ejemplo) siente un impulso épico más fuerte que el instinto de su propia seguridad puede traspasar, sin grandes problemas, barreras éticas y jurídicas elementales para la convivencia y causar daño a los demás sin asomo de sentimiento de culpa. Es el fanático militante.

La democracia, afortunadamente, diluye la épica política. Ante la democracia realmente existente, o te resignas y haces (si quieres) política de intereses, o niegas su legitimidad y te concentras en la sublimación de algún conflicto más o menos imaginario para mantener, a partir de ello, tu particular enfrentamiento con el poder.

Si tu actitud rompe con los estándares mínimos de convivencia (código penal) conseguirás seguramente que se cierna sobre ti el aparato represor del Estado de Derecho lo que, además de acarrear sin lugar a dudas fuertes emociones, te permitirá alcanzar la anhelada dosis de épica ante tus correligionarios de paranoia fanática. Ahora bien, será una épica sin pizca de ética.

Publicado en Noviembre de 2003

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