HACER CIUDADANOS

Resulta un lugar común constatar día tras día el desprecio que la opinión pública siente por la política. En el lenguaje cotidiano puede, incluso, utilizarse la palabra “político” lisa y llanamente como un insulto. Decir que algo está politizado supone, en la práctica, acusarlo de venal, de sectario, cuando no, directamente, de delincuente, de prevaricador.

Evidentemente este estado de opinión surge y se consolida por algo. Son muy pocas las cosas que ocurren por casualidad, lo normal es la “causalidad”. Ahora bien, entender los porqués de las cosas no implica justificarlas. El ánimo de lucro explica el robo tanto como el instinto sexual la violación o la ira el homicidio, sin embargo, tales explicaciones no aportan un ápice de legitimidad a semejantes conductas.

Una de las razones por las que el proceso causal no sirve como elemento de justificación es que el sujeto, ser racional y dueño de sí mismo, siempre puede optar por alternativas menos onerosas para sí, para los demás o para el bienestar común. Solo cuando no queda otra posibilidad, en el llamado “estado de necesidad”, motivo y legitimación llegan a confundirse.

También debemos permanecer atentos a otros procesos de anestesia moral y mental más sutiles y peligrosos. Ante un fenómeno social o político, siempre complejo, nuestra información suele ser escasa, fragmentaria y frecuentemente falsa. Sabemos poco de las causas de los hechos. Las que entendemos como tales son solo alguna de las posibles. Tal vez conozcamos la más antigua, tal vez la más llamativa, pero no sabemos nada o casi nada de las múltiples concausas que van incorporándose y sesgando los procesos colectivos hasta llegar al caso que se nos presenta.

Por si fuera poco, nada nos garantiza que el conocimiento que tengamos de los hechos sea mínimamente cierto, veraz. El terreno de lo público, de lo social, es terreno abonado para que el mundo simbólico se enseñoree de las ruinas de lo real, de lo material, de lo constatable.

Cabría darle aún una vuelta mas de tuerca ¿Por qué aceptamos entonces, tan despreocupadamente, procesos causales explicativos (y justificativos) basándonos en informaciones escasas, fragmentarias y corrientemente falsas? ¿Aplicaríamos semejante racionalidad para cualquier otra decisión de nuestra vida?. ¿Compraríamos un piso? ¿Cambiaríamos de empleo? ¿Elegiríamos pareja?

Supongo que quien pueda dar una respuesta suficiente a esta pregunta habrá encontrado el “secreto” de la política. Supongo que la respuesta es múltiple y subjetiva para cada uno de nosotros. El comportamiento político no es sino un aspecto mas del comportamiento humano y como todo lo verdaderamente humano siempre estará velado por un halo de misterio, algo que nos veta el conocimiento pero no el “acercamiento”. Entre otras vías posibles yo planteo una: el interés. Nos dejamos engañar y adoptamos decisiones políticas en condiciones aparentemente inaceptables porque intuimos que tal o cual opción nos conviene de algún modo, lo que no deja de ser una forma plenamente racional de decidir.

Volviendo, entonces, al principio ¿Por qué rechazamos tan contundentemente la política?

La política, la política tangible, la política activa, representa la transformación, la utilización de los recursos públicos para su aplicación sobre la sociedad presente en orden a la construcción de una sociedad futura mejor (sea lo que sea lo que cada uno entienda por mejor).

La renuncia a participar en este proceso de transformación social en el sentido en el que cada persona y cada grupo proponga, dentro de las reglas de un sistema democrático, incorpora un mensaje radicalmente reaccionario. Donde no rige el poder jurídico (político al fin y al cabo) rigen los otros poderes, los “fácticos”: el económico, el militar, el cultural, el teocrático, el de la fuerza física, el proveniente del terror y la coacción, el mediático, el demográfico, el que proporciona la desigual información, etc. La libertad y la igualdad de oportunidades, sencillamente, se volatilizan. El mundo sin política es un mundo atroz, inhumano.

Seguir girando, entonces, en la vieja noria del descrédito de la función política no es sino empollar el huevo de la serpiente que ha devorado a tantas generaciones. En Europa y en España tenemos buenas pruebas de ello.

La ciudad no sobrevive sin ciudadanos. Pero la ciudadanía no es un don, no es un atributo natural del hombre, ni es gratuita. La ciudadanía se puede aprender y se puede olvidar, y lo más grave de todo, se puede ignorar su necesidad, hasta el día en que, desgraciadamente, sea demasiado tarde.

Mucho antes de preguntarnos sobre el posicionamiento político de los jóvenes vascos respecto de si se sienten mas vascos que españoles o zarandajas semejantes, deberíamos recordar que ni una Euskadi soberanista ni una Euskadi autonómica tendrán vialidad si no preparamos primero a los futuros ciudadanos que habrán de convivir en ella.

Publicado el 3 de Enero de 2003

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