¡ENÉ, QUE RISAS HISIMOS!

Todos somos susceptibles a los efectos del halago. Individualmente es posible que aún conservemos una pizca de sentido crítico que nos ponga en guardia frente a la lisonja. Al fin y al cabo, cada uno, sea cual sea su grado de autoestima, maneja un buen caudal de información real sobre lo que es y lo que hace.

Si embargo, en la medida que alejamos el foco y comenzamos a vernos desde una cierta altura, los atisbos de la realidad desaparecen y lo simbólico y emocional se adueña de la representación del “yo” colectivo. En nuestro caso, la percepción del “nosotros” alcanza grados de paranoia autocomplaciente. Somos “lo más”, “lo mejor” y “lo único” del mundo. Para encontrarnos necesitamos nada menos que un “mapamundi de Bilbao” y, por supuesto, aunque no se nos vea en el mapa… ”Bebiendo vino… nos conoce hasta el Papa”.

Estamos, pues, inermes ante un discurso político halagador. El cuervo de la fábula que, seducido por las palabras de la zorra, deja caer su queso cuando abre el pico para cantar, no intenta probar si es o no cierto lo que afirma la raposa sobre su voz cristalina sino que, en efecto, el mundo constate lo que él ya sabía y que solo a estas alturas empieza a ser reconocido por críticos tan expertos como la vulpeja… que su canto supera al del resto de las aves.

Años de inmersión en una cultura victimista hacen que seamos partícipes de unos cuantos mitos autocomplacientes como, por ejemplo, el del “vasco emprendedor”, en un país a la cola de España en la generación de empresas y a la cabeza en la de funcionarios. El del “león de San Mamés”, visto desde la televisión de una tasca rebosante de sobrepeso, vino y humo, el de “las mejores carreteras de España” (opinión curiosísimamente sostenida por miles de ciudadanos que resultan atrapados todos los días ¡todos! en el mismo atasco de la A-8 ) etc. Y, ¡cómo no!, el de que “vivimos como nadie nuestras fiestas”. Da la impresión, oyendo los empalagosos comentarios radiofónicos, de que, como pensaba Hemningway de los navarros, fiesta es algo que hacemos los vascos, los bilbaínos por antonomasia, y que el resto del mundo, por lo visto, desconoce. Y bien… ¿qué hacemos?…

Si atendemos a los políticos del gobierno municipal que organiza y paga los eventos escucharemos decir con fingida humildad que se ha tratado de una espontánea explosión de público regocijo, transcurrida en medio de ese ambiente de paz y concordia elegante que nos caracteriza y que, naturalmente, ha sido un éxito. Si prestamos ahora atención a las palabras de la oposición encontramos la misma estrategia de halago al respetable: se trata de un triunfo de la “participación popular” aún a pesar del desastre organizativo. Ya se sabe, el pueblo de Bilbao siempre tan participativo. Y, ¿qué hemos hecho?… Veamos.

Para comenzar, en Bilbao (como en toda Euskadi) la Sociedad Civil, lo que se dice civil, prácticamente no existe. Es virtual o languidece en los invernaderos del presupuesto público. Esto es así en todos los ámbitos pero en éste de lo festivo más, si cabe. ¿Qué hacen los barrios?… nada. ¿Qué hacen las asociaciones de vecinos? (que son las que ponen en marcha los festejos en todo el mundo desde Chueca hasta Notting Hill)… nada. ¿Qué hacen las asociaciones de comerciantes, por lo menos de hosteleros, ya que son los primeros beneficiarios del asunto?… nada, o casi nada. Digo “casi” porque, en prueba de lo anterior, el mismo Ayuntamiento publica una página de agradecimiento a los patrocinadores (ocho empresas de las que tres son públicas). ¿Qué hacen las comparsas?… pues, a tenor de sus propias explicaciones, las comparsas, fundamentalmente, gestionan (o, lo que tiene aún más gracia, titularizan y subcontratan a empresas del ramo) esos bares callejeros de aspecto sectario, dudosa higiene y evidente fraude fiscal que denominamos “txosnas”.

De las entrevistas a comparseros que el periódico municipal “Bilbao” publica en el mes de agosto destaco estas dos “perlas” curiosas. De un lado, un miembro de “Txomin Barullo” especifica el hecho diferencial de su txosna: “creo que somos una txosna en parte diferente… abierta a todo el público”… Y seguramente será verdad… ¡cómo serán las otras! También una representante de “Pimpilinpauxa” confiesa que a la Aste Nagusia lo que le falta es “más participación ciudadana, más colaboración por parte de los bilbaínos que lo dejan todo en manos de las comparsas y del Ayuntamiento”.

Supongo que opinión tan contradictoria con la corriente general solo puede deberse a que, casualmente, esta joven sí que hace algo. Es decir, hace algo… ¡ella misma! lo que le produce una enfermiza distorsión realista de la realidad. En fin, que está viendo al emperador en pelotas… y encima, va y lo dice.

Un interesante artículo de José María Amantes, inserto también en el periódico del Ayuntamiento, recuerda cómo desde aquél lejano 1978 la participación de las comparsas (y por lo tanto de la gente que se sumaba a ellas ) se ha ido reduciendo drásticamente perdiéndose, por ejemplo, la subida de las mulillas a la plaza de toros, su presencia en el coso, con la correspondiente “amenización” de la tarde (dejando al margen comentario alguno sobre el nivel estético que alcanzara ésta), la bajada, que era multitudinaria, desde la plaza hasta El Arenal (desaparecida en 2003), la “sokamuturra” matutina (desaparecida en 1991), las vaquillas en Vista Alegre (hasta 1997) etc.

¿Qué hacen, por tanto, las comparsas?, pues… básicamente vender vino. Y ¿qué hacemos los bilbaínos?, pues… básicamente también, bebérnoslo. En efecto, la tan cacareada participación de los bilbaínos consiste en “estar”, no en participar activamente. ¿Participan los turistas japoneses en el Carnaval de Río?… ¿bailan?… No, pues, entonces, diremos, no participan. Los turistas japoneses están, miran y hacen fotos. Los bibainos que en tal gentío que entusiasmaba al alcalde se apostaban a lo largo de la Gran Vía para ver pasar el Desfile de la Ballena hacían éso, mirar desde la acera la actuación de un grupo catalán de teatro de calle contratado (a precio de bilbainada) por el propio Ayuntamiento.

Insisto, la actividad fundamental de los bilbaínos en fiestas es comer y beber. En algunos casos, pocos, pero algunos (digámoslo en honor a la verdad) los concursos gastronómicos han posibilitado una participación popular efectiva, siquiera sea en aquello que constituye nuestro verdadero hecho diferencial: la pasión por el bacalao.

El resto de actividades, desde los toros a los fuegos artificiales, los variados conciertos o el teatro, han cumplido una vez más la función del legitimar el trasnoche, la cuchipanda y las copas. En efecto, aparentemente, los bilbaínos acuden a “ver” estos o aquellos espectáculos públicos y, con tal ocasión, se toman unos vinos. La realidad es, más bien, la inversa. Que para tomar los kalimotxos, vamos o venimos de algún evento en el que somos, simplemente, espectadores y a eso, aquí, le llamamos Fiestas.

Por cierto, que no hay ninguna obligación ni ninguna mejor consideración moral de la participación activa que de la pasiva y ni siquiera de la (recomendable) huída de los festejos populares. Lo que me parece destacable son dos cosas: la primera que, en esto como en todo, nos dicen las mentiras que nos queremos creer… ¡Allá cada cual! La segunda (mucho más importante) es que nada es gratis. Desde hace tiempo andan algunos empeñados en convertir Bilbao en una suerte de Disneylandia postindustrial en la que lo mismo cabe lo más tradicional como lo más moderno, lo más localista como lo más pretendidamente cosmopolita, lo más elegante o lo más chabacano, todo ello, al parecer, sin una estrategia de la ciudad ni de su propia imagen y desde luego sin que nadie (nadie particular, se entiende) ponga un euro. Se trata de “hacer Bilbao” desde el cajón de las arcas municipales, algo, por cierto, de gran raigambre local… “a cuenta de la Villa… chaqueta amarilla”.

No hay, sin embargo, de qué preocuparse. Mariví Bilbao, la vivaracha actriz elegida pregonera y hoy denostada por las comparsas nada menos que por su “escasa participación” (con un par) decía al entrevistador: “es fabuloso cómo acuden los bilbaínos al teatro esta semana, lo que denota que tienen cultura”.

publicado el 07/09/2006

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