PLURALISMO Y DILEMAS POLÍTICOS

El arte de la política consiste en conseguir que un colectivo humano actúe como un todo, sometiéndose a una misma dirección que consideren suficientemente legítima, aunque tanto las fuentes de dicha legitimidad como el grado de asentimiento sean distintos para cada uno, desde la eufórica adhesión patriótica hasta la pasividad malhumorada.

En este complicado proceso de legitimación del poder confluyen múltiples factores emocionales (etnia, lengua, historia, tradición, cultura, usos y costumbres, etc.) que hacen sentirse a los naturales de un país más o menos idénticos entre sí, al tiempo que distintos del resto de la humanidad y paradojas de la vida, especialmente distantes de sus vecinos.

Contamos también con factores racionales, es decir evaluables (a diferencia de los anteriores) que dependen en buena medida de la labor del sistema institucional: Un buen régimen jurídico, unas políticas públicas satisfactorias, un entorno económico favorable, etc.

Quien aspire al poder político habrá de enfrentarse, pues, a múltiples y endiablados dilemas y decisiones para legitimar su presencia y sus propuestas y precisará tener en cuenta tanto los elementos que constituyen una eficiente política orientada al Interés General como toda esa multiplicidad de aspectos sentimentales que solo mediante la intuición y la empatía (algo tan difícil de encontrar tras los muros de palacio) pueden llegar a percibirse y atenderse.

A menudo, cuando analizamos políticas públicas, caemos en el error de trabajar con la hipótesis de un gobernante ideal que, como un ilustrado dieciochesco, actúa con inteligencia y benéfica voluntad. Si con eso valiera, Godoy sería hoy recordado como el gran reformador de la Monarquía Española y no se habría producido el Motín de Aranjuez ni, posiblemente, la Guerra de Independencia.

En realidad, no hay una sola racionalidad que nos sirva como canon evaluativo universal. La contabilidad es posiblemente el mecanismo que más se aproxima a ello (Luca Pacioli sea loado) y aún así vemos los monumentales fraudes ortodoxamente contabilizados cuyas catastróficas consecuencias padecemos. Muy al contrario: lo que para unos es blanco, para otros es negro… ¡No hay más vueltas que darle!

Para complicar aún más las cosas, ocurre que los humanos no separamos nuestras percepciones racionales de nuestras emociones y adscribimos virtudes morales a los planteamientos más acordes con los nuestros mientras desconfiamos de las intenciones de los discrepantes. Si yo, que soy bueno, pienso de esta manera… quien piense distinto debe forzosamente ser malvado y perseguir mi mal. El discrepante se convierte en hereje, en enemigo.

Vemos, por tanto, que ese gobernante ideal debe orientarse hacia el Bien Común, hacerlo con sabiduría y eficacia y por si fuera poco, legitimar democráticamente sus decisiones concitando el apoyo de unas mayorías parlamentarias entre las que nada nos indica a ciencia cierta que su diferente peso electoral se corresponda ni con la razón ni con la buena voluntad. ¡Dramático dilema!

Aquí encuentra su origen el, falso pero persistente, tópico de la inmoralidad generalizada de la clase política: “todos los políticos son iguales… y van a lo suyo”. Los resultados prácticos de la gestión pública están condenados a no satisfacer a casi nadie. La pluralidad social tiene demasiados ingredientes, repartidos además de un modo caótico, como para poderse resolver conforme a reglas sencillas.

La tentación de quienes quieren hacer política sin arte suficiente para ello ha sido siempre la de “resolver” el pluralismo, por las bravas en unos casos, o mediante mecanismos más o menos sutiles de coacción social o política. Son las numerosas versiones de”lo correcto” (étnica, lingüística, religiosa, cultural, folklórica, sexual, etc.). La búsqueda de la invisibilidad de aquello que pueda suponer una amenaza para una tranquila comunión identitaria (lo ideal sería que no existiera, pero si existe… ¡que no se manifieste!).

Este laminado político-social del discrepante es mucho más común de lo que estamos dispuestos a reconocer y mucho más próximo. El acoso terrorista en todos sus grados, con la consiguiente ocupación totalitaria del espacio público allá donde pueda hacerlo (como ocurre en demasiada parte de nuestro territorio) trabaja desde luego en esa dirección, pero también las cotidianas desigualdades, discriminaciones y abusos, grandes y pequeños, llevados a cabo desde los poderes administrativos y que transitan sin problemas a través de los filtros jurídicos, institucionales y sociales cuyas alarmas no suenan por encontrarse toda la sociedad imbuida de los mismos criterios dominantes sobre lo que es correcto y lo que no… incluso las propias víctimas que rumian en silencio su malestar.

Sin embargo el pluralismo político no es un problema que resolver, es un bien superior que merece ser protegido por encima (y aún en contra) de muchos otros posibles bienes políticos como la identidad cultural, el modelo territorial o la normalización lingüística, por poner algunos ejemplos.

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