PARA TUS ECONOMÍAS

Las cajas de ahorros fueron creadas entre los siglos XIX y XX con una intención filantrópica por los poderes públicos, la Iglesia o por agrupaciones laborales de distinto tipo. De lo que se trataba en cualquier caso era de fomentar el ahorro popular y canalizarlo para favorecer el acceso al crédito de las clases humildes, lejos de las condiciones a menudo usurarias que la banca tradicional imponía a los obreros.

Las cajas son por lo tanto y desde su nacimiento “entidades de crédito” pero no “empresas de crédito” en el sentido, de sobra conocido pero al parecer olvidado, de que las cajas no tienen ánimo de lucro. Que no tengan ánimo de lucro no quiere decir, desde luego, que no persigan una razonable administración de su patrimonio y de los fondos depositados en ellas. No quiere decir eso, pero tampoco carece de significado.

Para comenzar quiere decir que las cajas no “compiten” en el mismo nicho del mercado financiero que los bancos. Las cajas son, como se ha dicho, servicios financieros, servicios financieros públicos en la mayor parte de los casos, aunque se trate de disimular.

Las antiguas diferencias entre bancos y cajas, diferencias teleológicas radicales pues en unos casos se trataba de ganar dinero y en otros de realizar una prestación benéfico-social de crédito popular, se han ido difuminando merced al desarrollo del capitalismo de masas en el que la banca tradicional se ha abierto a los trabajadores, hoy consumidores, entre otras cosas de servicios financieros.

Las sucesivas regulaciones del sistema bancario y del procedimiento hipotecario, etc. permiten que hoy en día las necesidades de los pequeños empresarios, de los trabajadores autónomos y aún de los particulares con escasos recursos puedan ser atendidas por la banca comercial estándar en condiciones similares a las ofrecidas por las cajas.

La razón de que, al margen de la Obra Social, los productos ofrecidos por unos u otros agentes (bancos o cajas) sean prácticamente idénticos es algo que podría hacernos reflexionar: Cajas… ¿para qué?

Si los trabajadores y las clases populares encuentran su acceso al crédito y al depósito financiero a pequeña escala suficientemente cubierto por un sector bancario cuyas prácticas han dejado de ser las plutocráticas y discriminatorias prácticas de antaño, tal vez lo más razonable fuese plantearnos la innecesariedad de las cajas. Éstas habrían cumplido exitosamente su función histórica y la intervención de los poderes públicos en el mercado financiero a través de tan particulares agentes podría desaparecer sin acarrear daños significativos. Es decir, deberíamos plantearnos su privatización con la correspondiente generación de plusvalías en favor de las arcas públicas, tan necesitadas siempre de recursos con los que construir el interés general. Esto se ha hecho en países de nuestro entorno sin mayores contratiempos. Otra cosa es la situación actual de tantas y tantas entidades crediticias, pero eso es harina de otro costal.

La cuestión es que los gestores de las cajas que en principio eran simples delegados de la Administración para llevar a cabo los objetivos expuestos de crédito y obra social, fueron cada vez más conscientes de su poder y de sus propios intereses corporativos. En resumidas cuentas, le cogieron gusto a codearse en el selecto club de los financieros, esa élite de gestores que operan en el corazón mismo de la bestia del capitalismo, de modo que comenzaron a “competir” con los bancos dejando a salvo, eso sí, la parcelación territorial de sus zonas de influencia como auténticos cárteles…Capitalismo sin riesgo.

No deja de resultar curioso el silencio condescendiente con el que el otrora intratable “lobby” de la banca privada española ha consentido esta hipertrofia de las cajas de ahorro españolas porque, si las cajas compitieran de verdad con los bancos… ¿No habrían hecho algo para defenderse de sus prácticas antiliberales?

En puridad deberíamos suponer que la competencia entre cajas y bancos es imposible en la medida en que las cajas (superados los mínimos establecidos por el Banco de España para asegurar los depósitos y los elementales criterios de gestión de fondos correspondientes a la diligencia de un buen padre de familia) habrían de ofrecer sus servicios en las condiciones más ventajosas y a los usuarios más necesitados. ¿No es así?… ¿No era esta la razón de ser de la existencia de las cajas?

Las cajas, se supone, deberían remunerar el ahorro de los más pobres con las mejores rentabilidades que pudieran aplicar sin poner en riesgo la solvencia de la entidad y deberían igualmente posibilitar el acceso al crédito de quienes, dada su escasa fortuna, no lo tuvieran fácil con la banca comercial. ¿No era esta la idea, rematada por la decisión de destinar los excedentes que el comercio financiero generara a labores de tipo asistencial mediante lo que se llama “Obra Social”?… ¿Acaso ya no recordamos aquellos anuncios que decían: “…obrero, para tus economías…Caja de Ahorros Vizcaina?… ¿Hemos olvidado (más allá del descacharrante nombre propuesto para la cosa) que las cajas de ahorros son también el “Monte de Piedad”?… ¿Tendrán que competir los bancos con las cajas por el sector de los empeños?…¿Competirán, en fin, los bancos con las cajas por dar dinero a los pobres y retribuir generosamente los ahorrillos de los mileuristas?…Casi seguro que no.

Nos hemos creído la falacia de que las cajas tienen la mente disociada como los esquizofrénicos y que en su apartado del “negocio bancario” son como cualquier otra empresa financiera con la diferencia de que después, hecho el arqueo, destinan a una hipotética obra social (algo de lo que también podríamos hablar largo y tendido) lo que de otra manera hubieran sido sus beneficios.

Y si lo de la competencia es un cuento que no aporta nada para las entidades públicas promotoras, ni para los depositarios ni los deudores, excepto para los propios gestores de las cajas entusiasmados con la perspectiva de ser cada día más poderosos (lo que posiblemente lleve aparejado un correlativo nivel retributivo y una inversamente proporcional responsabilidad)… ¿Que sentido tienen los argumentos esgrimidos a favor de la “necesidad de aumentar el tamaño de las entidades para poder ser competitivos”?

No basta con proclamar una necesidad, aunque sea a través de casi todos los medios de creación de opinión, para que esta se haga efectiva. La proclama sin demostración empírica es un puro dogma. Como dogma podrán creerlo aquellos que tengan fe en la palabra del profeta o podremos también asumirlo por interés o por cobardía pero seguirá siendo una falacia, un engañabobos.
Las cajas de ahorros territoriales no necesitan aumentar su tamaño para prestar sus servicios. Es como si quisieran crecer las diputaciones fusionándose con las colindantes.

Y por último, lo nuestro. Supongamos por un momento que las cajas tuvieran que competir con los bancos y supongamos también que para ello las cajas necesitaran crecer y fusionarse (lo que es mucho suponer cuando dado el cártel en el que han operado hasta ahora prácticamente no hay economías de escala debidas a la fusión puesto que no comparten sucursales en los mismos territorios). Bien, suponiendo todo esto… ¿En que tipo de estudios se basa la impepinable necesidad de que se fusionen sola y exclusivamente las cajas vascas entre sí?

Y a modo de estrambote. ¿Cómo puede afirmarse sin rubor que la futura caja resultante de la fusión de la BBK y de la Kutxa de Guipúzcoa pretende llamarse “Caja de Euskadi”?… ¿Qué pasa con la Caja Vital?… ¿No es de Euskadi?… ¿Qué pasa con las demás cajas vascas, que las hay?

Por cierto, la Caja Laboral Popular lleva desde hace muchos años el nombre autoimpuesto, pacíficamente exhibido y sin lugar a dudas registrado de “Euskadiko Kutxa”… ¿Cómo se lo piensan quitar?

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