PAGANDO A ESCOTE

Una y otra vez se produce la aparentemente inevitable concatenación de euforia y depresión de los mercados financieros. Da la impresión de que estamos condenados a sufrir estos periódicos procesos de limpieza del intestino económico que (perdóneseme lo escatológico de término) elimina a través de una diarrea más o menos galopante la basura que ha producido durante la fase de borrachera burbujeante.

En realidad, si contemplamos los hechos desde un punto de vista externo, estas crisis no son malas, sirven para sanear el sistema financiero. Sólo son malas, muy malas, para aquéllos a los que “pillan”. En efecto, si en los procesos especulativos ascendentes (euforias) ocurre que lo que ganan unos es lo que otros pierden (o dejan de apropiarse de su legítima plusvalía, por acudir al viejo Marx) nada debería extrañarnos que en las depresiones financieras suceda lo mismo pero en distinta dirección. Lo que unos pierden, otros ganan. Incluso ganan las expectativas futuras del conjunto si se alcanzan nuevos equilibrios en condiciones más razonables.

¿No recordamos que hace apenas unos meses toda la opinión publicada era un clamor contra lo inaceptable del nivel que estaban alcanzando los precios de los pisos en España?… ¿Era pura hipocresía?… ¿Y cómo se suponía que podía terminar un proceso especulativo en el que no estaban involucrados solamente unos cuantos financieros profesionales sino miles (millones) de personas que disfrutaban de la dulce sensación de poseer patrimonios cuyos precios de mercado crecían exorbitantemente por encima de sus costes de adquisición? Sensación, por cierto, absurda para una inmensa mayoría que en realidad no pensaba poner a la venta su residencia habitual pero jolgorio de herederos, ganancia de ahorradores, empacho de contratistas, asentamiento de jóvenes profesionales, desespero de mileuristas y negociazo de bancos.

El caso es que, a diferencia de otos procesos especulativos históricos conocidos (el último el de las famosas empresas “punto-com”) en el de la especulación inmobiliaria el incremento de la demanda de pisos ha tirado con fuerza de un sector de la economía real y tangible, el de la construcción, cuyo crecimiento ha arrastrado el de otros muchos sectores ligados al desarrollo urbanístico y en definitiva, ha favorecido el empleo y la creación de riqueza general, algo que no hubiera sido razonable desaprovechar por parte de la economía española por lo que cualquier lamento excesivo no puede sonar sino a lágrimas de cocodrilo.

Así pues, una vez producido el inevitable “aterrizaje”, el objetivo no ha de ser salmodiar lo inexorable sino poner el acento en los factores que sí dependan de la voluntad política, por ejemplo, en el modo de repartir los efectos de la crisis entre los distintos sectores sociales afectados.

Hasta ahora, por lo que vamos leyendo, el sistema público va atendiendo con urgencia a unas víctimas concretas, a los bancos. ¿Es esto inevitable?… ¿Es adecuado? La crisis del sistema bancario tiene como origen la desconfianza generada dentro del propio sistema. El dinero que no se prestan entre ellos con la ligereza anterior (cuando de cada operación se preveían grandes ganancias) se inyecta ahora desde los bancos centrales a ciencia y conciencia de que lo previsible es lo contrario, es decir, se “socializan” las pérdidas. ¿Alguien se molesta en explicar a los contribuyentes el efecto fiscal de prestar dinero público a los bancos a unos tipos de interés que están muy por debajo de los que esos mismos bancos van a pedir a los ciudadanos?…¿Quién pierde el diferencial? Es una decisión política cuyas virtualidades pueden ser evidentes desde la ortodoxia…Ahora bien… ¿Está todo dicho?

En primer lugar: Si se comprueba, una vez más, que el sistema político acude al rescate de las consecuencias negativas del comportamiento especulativo e irresponsable de los poderosos… ¿Que efecto pedagógico producirá?…el de demostrar que las acciones, según para quién, no tienen consecuencias.

En segundo término, que dado que el erario público no es de goma, si nos gastamos el superávit presupuestario de los últimos años en paliar las dificultades financieras de los bancos… ¿Cómo atenderemos las consecuencias de la crisis sobre el empleo, la inmigración, etc. cuando lleguen?…¿ Acaso entonces, los mismos que hoy buscan descaradamente beneficiarse de los recursos de un Estado que hasta ayer han considerado réprobo vuelvan con la vieja letanía de que el “Gasto Social” es un freno para el crecimiento económico?
Lo que está claro, desde un punto de vista moral y, si se quiere ¿por qué no? ideológico, es que los pobres no tienen porqué ser de peor condición a la hora de acudir a la solidaridad pública que las cajas, los bancos, los fondos de inversión, las eléctricas, las constructoras, etc. etc.

Y en tercer lugar. Los responsables de los bancos públicos son, debido a un criterio que se implantó como dogma durante los años del florecimiento universal del pensamiento neoconservador, personalidades independientes del poder político (cuyo dinero, no obstante, manejan) que actúan según su parecer y sus intereses, intereses que son, a priori, harto mejores que los de los políticos, porque sí. Porque ellos lo valen. Son independientes del Gobierno pero… ¿De quién dependen?

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