MÉTASE EN POLÍTICA, JOVEN.

Una de las invectivas más estúpidas que suelen dirigirse unos políticos a otros, aunque no por ello sea de las menos comunes, consiste en afirmar que el criticado hace o dice algo llevado por “intereses electorales o partidistas” o, como se ha oído recientemente, que tal o cual partido, lo que quiere es “desalojar del poder” al que actualmente lo ocupa.

Lo estúpido de semejante crítica radica, como puede comprenderse, en que quien la profiere resulta ser a su vez otro político, es decir, otra persona que aspira con idéntica legitimidad a que el sufragio popular se haga eco de sus pretensiones, bien porque quiera para sí la magistratura que el criticado ocupa, bien porque busque conservarla o se trate, por ejemplo, de un periodista, un profesor, un sindicalista, un cura o quienquiera que pretenda ejercer cierta influencia sobre la opinión pública. Político al fin y al cabo, profesional o amateur.

¡Pues claro!…Sólo faltaría que los representantes de los partidos, cayeran en un estado tal de abulia y desinterés por la cosa pública que dejaran de plantear en el foro sus particulares formas de ver la realidad colectiva, los retos, problemas y necesidades y no ofrecieran ante ello sus soluciones…¡Las suyas!… Las de su partido.

No es otra cosa lo que el sistema político entero espera de ellos, tal y como proclama la propia Constitución Española en su artículo 6: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política…”

El pluralismo político por tanto, contra lo que pudiera parecer oyendo a algunos, no es una desgracia impresa en los genes del cuerpo social como un estigma del pecado original. No es un problema que debamos resolver para alcanzar un ideal de “comunión” o de “unidad” mal entendida sino un valor, uno de los pocos “Valores Superiores” de nuestro ordenamiento jurídico cuya aplicación no solo posibilita sino que exige que quienes quieran asumir la responsabilidad de la representación colectiva hagan presentes en concurrencia competitiva sus diferentes opciones.

La cuestión será, entonces, fundamentalmente formal, una cuestión de procedimiento.

Dado que no todos vemos ni entendemos las cosas del mismo modo, la reconducción desde la dispersión plural natural hasta la definición de una estrategia común que nos permita convivir razonablemente puede llevarse a cabo mediante la fuerza electoral de las mayorías (con el debido respeto a las minorías) o por la fuerza bruta… ¡A elegir!

Pero si elegimos hacerlo a través de un sistema democrático (imperfecto, sí, pero algo más llevadero que cualquiera de los otros) lo lógico será esperar que las intervenciones de los políticos estén guiadas por la persecución de sus intereses, siempre que lo hagan de un modo transparente y democrático ¿Qué otra cosa podemos esperar?

Dejan un no demasiado sutil tufo totalitario los discursos, tan de moda durante los años de esplendor de la filosofía política “neocon”, de quienes afirman conocer y defender, a diferencia de los demás, el Interés General, razón por la que sus postulados no pertenecen al ámbito de la política sino al Olimpo de los planteamientos patrióticos o, como dicen aquí, “de país”.

Política es, desde semejante planteamiento, lo que hacen o dicen los demás, los otros. Algo que por principio, si no es directamente despreciable o malintencionado, se considera por lo menos erróneo.

Así, por ejemplo, el Lehendakari quiere que los partidos “se olviden de las elecciones” o que dejen de hacer “cálculos electorales”…Todo ello a menos de tres meses de unas elecciones en las que se ventila precisamente su gestión.

En realidad, este planteamiento de superación de las divisiones políticas que “ahondan la sima entre política y sociedad” (sic.) es tan viejo como el mundo. Se trata de superar dificultades presentes siguiendo los pasos del hombre providencial que conecta directamente con las verdaderas necesidades de la sociedad sin pasar por el tamiz contaminante de los partidos.

Esta vía de escape al caudillismo siempre ha salido mal y ya los atenienses la sufrieron y la rechazaron pero sigue ejerciendo un atractivo recurrente para los sectores del electorado con menos cultura política, bien sea por falta de medios (como ocurría en épocas pasadas) o por puro desinterés.

Siendo así las cosas, convendría recordar que la etimología de la palabra “idiota” la encontramos en el griego “idiotés”… (Aquél que se desentendía de los asuntos públicos). Ése es precisamente su significado, dicho con todo respeto.

No es ésta, por tanto, “la hora de trabajar duro”. Lo de trabajar duro (si se tiene un empleo) es una recomendación universal que no añade nada específico a la actual coyuntura. Ésta es la hora de la política. De analizar la situación con sus fortalezas y debilidades, con sus amenazas y sus oportunidades y de proyectar ante el electorado, desde las distintas opciones políticas, las propuestas de cada cuál para un futuro mejor.

El discurso contrario, insisto en el respeto profundo por las personas, es un discurso para idiotas.

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