EL JOVEN PRIETO

El domingo 11 de Febrero de 1962, hace ya cuarenta y siete años, moría en su casa de Nuevo León, en el acogedor exilio mexicano, Indalecio Prieto. El final le llega mientras escribe sobre Bilbao, la villa presente siempre en su corazón.”…Entre quienes de ordinario hacían alto en Iturrigorri figurábamos los muchachos que en primavera seguíamos monte arriba a cazar grillos y en invierno íbamos a trepar a los castaños para robar su fruto…” Así quedó, inconcluso, su último artículo titulado ¡Cómo no! “El hierro y sus excelencias”..

¿Quién era y que representó en la política española este bilbaíno tan desconocido para sus paisanos de hoy?

Es verdad que la historia la escriben los vencedores y que la redactada por los triunfadores de la guerra civil que asoló España y por los herederos del bizkaitarrismo que tanto combatió ha relegado a Indalecio Prieto primero al odio y después al olvido. Odio y olvido que solo pueden entenderse desde el más venenoso sectarismo y desde la fractura política y cívica que, no se si todos los españoles, pero desde luego los vascos parece que estemos condenados a padecer.

A la hora de recuperar la memoria colectiva, que es la más noble de las tareas propuestas a los españoles en los últimos años, no deberíamos incurrir en una crítica rigurosa sobre generaciones precedentes sin reconocer que todos, o casi todos, seguimos las corrientes dominantes en cada momento.

Es fácil censurar ahora los sinsentidos violentamente revolucionarios que movilizaron a la clase obrera durante los primeros años del siglo XX, cuando se llegó a creer que era posible construir mediante el derramamiento de la sangre que fuese necesaria, una nueva humanidad. No tiene mérito denunciar ahora el contagio totalitario del pueblo alemán, responsable hasta las cachas del genocidio y la guerra dirigida por los nazis o el dócil plegamiento con el que la generación de nuestros padres se adaptó al statu quo del franquismo ni cuesta demasiado reconocer la estúpida fraternidad que en las postrimerías de la dictadura nos hermanaba a todos los que por unas razones o por otras (y lo que es peor, por unos medios u otros, incluido el terrorismo) buscaban un cambio de régimen.

Pero el hecho de que extendamos una mirada indulgente sobre quienes, como la inmensa mayoría, nos dejamos llevar por los acontecimientos, no debería hacernos olvidar que siempre, en todas las ocasiones, hay personas cuya inteligencia limpia de prejuicios les lleva a ver causas y consecuencias más allá de lo evidente y cuya excepcional voluntad y generosidad les conduce a confrontar con el pensamiento dominante asumiendo riesgos políticos y personales. Indalecio Prieto fue, desde muy joven, una de estas personas excepcionales.

Indalecio “nace” a Bilbao cuando su madre, recién enviudada, emigra con sus hijos desde Oviedo y viene a instalarse en la vieja calle de Las Cortes, ensanche humilde de aquel Bilbao industrial y minero enriquecido. Barrio de tabernas, prostíbulos, viviendas de obreros y algún que otro centro político y logia masónica. El mismo Facundo Perezagua, apóstol del incipiente socialismo vasco, tiene una taberna en el número 41 de la calle Bailén.

Pronto comienza a frecuentar Prieto los círculos socialistas llegando incluso a pasar por los calabozos antes de terminar el siglo XIX. Tiene quince años. Hasta los diez y seis cumplidos no podrá pedir su ingreso en el Partido Socialista Obrero Español. Comienza entonces a trabajar, primero como taquígrafo y después como periodista. Desde 1901 lo hace en el diario que luego será su baluarte: “El Liberal”.

El 2 de Enero de 1904, Indalecio y otros jóvenes reunidos en Bilbao, ponen en pie el proyecto de Tomás Meabe fundando las Juventudes Socialistas de España.

No tarda en destacar el espíritu apasionado e independiente que hará tan particular su biografía política. En efecto, entre aquellos jóvenes socialistas van cuajando, a impulso de Prieto, dos líneas políticas ajenas hasta ese momento del ideario socialista español.

Aparece, por un lado, un componente férreamente contrario al nacionalismo vasco, percibido como un movimiento populista y xenófobo, trasunto del viejo carlismo derrotado en las guerras civiles del siglo XIX. Frente al nacionalismo sabiniano, el socialismo defenderá el progreso social, la autonomía municipal y la igualdad política.

De otra parte, alejándose de las tendencias dominantes en el socialismo español y europeo contrarias a cualquier tipo de colaboración con “fuerzas burguesas”, Indalecio y los suyos conseguirán fraguar para las elecciones de 1907 la primera “Conjunción Republicano-Socialista”, candidatura que arrasa, como no podía ser menos, en Bilbao.

No debemos olvidar que en aquellos tiempos de la segunda Restauración Borbónica decir democracia efectiva suponía tanto como acabar con el corrupto sistema de alternancia de los viejos partidos dinásticos y caciquiles que sostenían a la monarquía.

El rígido obrerismo del PSOE, desinteresado por el sistema político “burgués”, basculaba por aquel entonces entre planteamientos utópicos de cariz revolucionario y posicionamientos de un cínico pactismo (como el ejecutado durante el período de colaboración con la dictadura de Primo de Rivera) que hoy nos harían sonrojar.

La victoria de las posiciones de Prieto, materializada en el Congreso del PSOE de Octubre de 1915, tuvo un enorme valor simbólico y abrió las puertas… ¡40 años antes del final de la II Guerra Mundial! a un desarrollo político eficazmente socialdemócrata.

Este planteamiento tiene asimismo un especial significado para Euskadi, pues establece una confrontación novedosa entre fuerzas progresistas, incluyendo a partidos no socialistas y fuerzas conservadoras, computándose en dicho sector al recién aparecido Partido Nacionalista Vasco de Sabino Arana. Lo cierto es que un sistema de partidos de ese tenor no ha vuelto, desgraciadamente, a ser posible caminando la política vasca durante los últimos años hacia una burda, inmoral, peligrosa y estéril confrontación de identidades.

La gran innovación de Prieto fue la de interpretar, a contracorriente, el socialismo como una extensión a la realidad social y económica de los principios de Igualdad y Libertad que hacen posible la democracia. En una famosísima conferencia pronunciada en la sociedad “El Sitio” (hoy biblioteca municipal de Bidebarrieta) en Marzo de 1921 titulada “La libertad, base esencial del socialismo” proclamaba: “Yo he de decir (…) que soy socialista a fuer de liberal, por entender que el socialismo es la eficacia misma del liberalismo en su grado máximo y el sostén más eficaz que la libertad puede tener”.

Otras muchas cosas hizo Indalecio Prieto a lo largo de su trayectoria como parlamentario, como organizador del partido, como periodista e intelectual, como ministro de Hacienda, Obras Públicas o Defensa cuya glosa superaría con mucho los límites de un artículo periodístico. Siempre tuvo una clara visión de España y un apasionado amor por Bilbao. Sirvan, pues, estas líneas como merecido recuerdo y homenaje.

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