EL CONTROL COMO MERCANCIA

Hay un elemento que se repite en las crisis financieras al que creo que no prestamos suficiente atención. Me refiero al papel que juegan los “proveedores de control”.

En efecto, el funcionamiento de los modernos mercados globales es complicadísimo. Todos de alguna manera operamos en ellos, cada uno de nosotros ocupa además múltiples posiciones, la mayor parte sin siquiera saberlo. Somos conscientes de nuestro rol como trabajadores, funcionarios, autónomos, etc. es decir, respecto del modo en que obtenemos los recursos, pero somos también contribuyentes, consumidores, ahorradores, deudores…etc.

Las últimas crisis ponen de manifiesto la presencia de ese especulador universal. Es la democratización del capitalismo financiero. No hace falta siquiera que lo sepamos ni que lo entendamos. Basta tener nuestros ahorros en un fondo de pensiones, por ejemplo, para estar metidos de lleno en el mundo de las operaciones especulativas. No sabemos…ni queremos saber. Por otra parte, en el hipotético caso de que alguien se decidiera a preguntar, lo más probable es que no encontrara respuesta a sus demandas.

Y, sin embargo… ¡funciona! Aún a pesar de la intrínseca maldad humana estamos obligados a cooperar, a confiar los unos en los otros, no por filantropía sino por necesidad. El hombre primitivo que aceptó una piedra marcada a cambio de una vaca inventó la fiducia (la confianza) y con ella el comercio, el intercambio de bienes por futuros, la producción especializada, la economía financiera, en definitiva. ¿Fue un ingenuo o un genio?
Tampoco resulta difícil imaginar que no pasó mucho tiempo sin que otro antecesor descubriera que era más cómodo marcar piedras que criar vacas y que la cosa consistía en no enfrentarse a la vez con todos los acreedores… Había nacido el banquero.

El hombre ha intentado siempre reducir la incertidumbre propia de este tipo de operaciones acudiendo a todo tipo de asesoramientos, desde los más científicos hasta los más esotéricos, así como asegurando el cumplimiento de los contratos imponiendo a los defraudadores de la palabra dada severísimas penas.

La necesidad produjo la oferta y a lo largo de la historia han sido múltiples los oficios especializados en prestar al tráfico jurídico y mercantil las mayores dosis de seguridad y transparencia: escribanos, juristas, notarios, veedores, contadores, censores, contables, contralores, etc.
De este grupo de profesionales han destacado últimamente los auditores (las empresas de auditoria) que avalan con su sola firma algo tan importante como el hecho de que los balances de una empresa reflejen, o no, la “imagen fiel” de su patrimonio, sus resultados y sus operaciones… ¡Que importante cometido y que prestigio aureolaba a las famosísimas firmas del sector!… ¿Que fue de todo ello tras los escándalos que pusieron fin a la brillante época de la “contabilidad creativa”, verdadero “siglo de oro” del fraude contable?

Los mercados financieros, por su parte, han vivido durante los últimos años del siglo XX un explosivo desarrollo de nuevas formas de inversión a través de una multitud de productos financieros de arquitectura a veces surrealista que absorbían y diversificaban riesgos y ganancias de mil maneras distintas. Adquirir uno de esos productos era tan ininteligible como jugar a la ruleta. Nuevamente, creada la necesidad, creado el remedio… Aparecieron las empresas de “Rating” que escrutan los diferentes productos ofertados y proceden a su rigurosa valoración de modo que al inversor le baste un sencillo vistazo (reducido incluso a tres letras) para poner su dinero en juego con toda tranquilidad… ¿Toda?… ¿Que papel ha correspondido en la presente crisis financiera procedente de las hipotecas-basura norteamericanas a las valoraciones llevadas a cabo por las conocidas Standard & Poors, Moody`s, etc.?

La ideología neoconservadora dominante ha puesto especial énfasis en apartar las manos “de los políticos” de la gestión de la economía con el fundamento de que éstos, además de padecer una innata tendencia a la corrupción y al despilfarro, se verán obligados a atender las pretensiones del electorado y serán incapaces de adoptar decisiones “impopulares” pero beneficiosas, incluso necesarias, para la buena marcha de la economía general, según su opinión.

El caso es que desde el momento en que la función de ofrecer seguridad y transparencia a los mercados se saca del ámbito público, se privatiza, aparecen nuevos riesgos, riesgos que, a mi parecer, han devenido en siniestro.

En efecto, el Estado, servido por políticos electos y funcionarios inamovibles (respecto de los que en todo caso mantenemos una sana desconfianza y sobre los que imponemos múltiples cautelas jurídicas) es sustituido por empresas y profesionales que, aunque ofrecen su producto (“la confianza”, el “control”) a un universo de posibles interesados (la comunidad toda) cobran su estipendio, curiosamente, del controlado. ¿Cómo es posible que sea el sujeto a fiscalización el que escoja y pague a su fiscalizador?… ¿Pueden estar más cerca el objeto y la tentación?… ¿Es razonable?… ¿Aceptaríamos que los jueces, por ejemplo, cobraran (como ocurre con los notarios, los registradores o los auditores) de sus litigantes en vez de del Estado?… Habrían de ser personas de una probidad heroica porque sus intereses objetivos estarían las más de las veces más cerca de”su” cliente que del receptor de su función (la ciudadanía).

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