¡QUE CRUZ!

Resulta llamativo el nivel de blasfemia al que están dispuestos a llegar los prelados españoles con tal de no dar su brazo a torcer. Uno, que es ateo y apóstata, podría decir con cierta coherencia intelectual que los crucifijos no pasan de ser elementos ornamentales más o menos enraizados en la cultura occidental y por descontado, en la cultura y en la historia de la católica España… ¿pero ellos?.

Desde luego “nadie ha de temer a un crucifijo”, como afirma el ordinario de Valladolid, por lo menos hoy en día. En realidad nunca se ha temido al crucifijo ni al crucificado, sino más bien a quienes enarbolaban tal herramienta para imponer voluntades y para cometer las mayores atrocidades contra la conciencia, la libertad y en muchos casos la vida de las personas. Solo los vampiros temen al crucifijo, al objeto en sí (y aún sobre esto hay dudas no despejadas en la obra del padre Agustín Calmet).

Yo suponía que para los católicos la cruz no era simplemente un elemento cultural digno de la protección que proporcionan los poderes públicos al patrimonio histórico-artístico, sino que para ellos la cruz representaba mucho más: La personificación simbólica de lo sagrado, de su propio Dios.

Si los obispos creyesen en Dios (hipótesis razonable) que a las primeras de cambio, tras la sentencia de un humilde juzgado “de provincias”, abandonen la defensa de la divinidad representada en el crucifijo para intentar colarnos la presencia oficiosa del adminículo como vestigio cultural debería provocarles una honda crisis de arrepentimiento por su cobardía misional. En efecto también Pedro, siendo valiente, negó a Cristo tres veces durante aquella fatídica noche cuando en casa de Anás se encontró de bruces con el poder terrenal (Marcos 41,14- 66 al 72).

¿Mereció todo aquello la pena para acabar siendo con el paso de los siglos un mero icono cultural de occidente, como el barroco o los Beatles o específicamente español como las corridas de toros o los encajes de Lagartera?… ¿Eso es todo lo que tienen que decir los pastores de la Iglesia en favor de su cruz?

¿Qué se supone que es lo importante en una sociedad moderna y parafraseando a Benedicto XVI “positivamente laica” como la de hoy en día desde el punto de vista evangélico: conseguir que las personas crean libremente en Dios y se comporten como cristianos entre sí y con los demás, es decir, que se amen entre ellos como Cristo los amó… o seguir dominando el espacio simbólico y oficial como en los viejos y tal vez añorados tiempos de la unidad entre el Trono y la Iglesia?.

La unidad entre estos dos poderes, presente desde Teodosio (año 380 de nuestra era) hasta Fernando VII en el caso de la retrasada España, ha sido felizmente superada y nadie en sus cabales parece que la quiera actualizar.

Vivimos en un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores superiores la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político y en consecuencia, el pluralismo social en todas sus manifestaciones, el cultural y por descontado, el religioso (art. 16 de la Constitución Española).

España, señores obispos, hace ya treinta años que ha dejado de ser católica. Católicos podrán ser y proclamar libremente sus creencias, con el único límite del respeto a los demás, los españoles que así lo deseen. Y podrán ¡Cómo no! hacer pública manifestación de sus símbolos y de su fe. Pero no confundan torticeramente a la gente. El espacio de lo público, la calle, es el espacio de todos, del común. El espacio “del Estado” es el espacio de “lo oficial”, de aquello que administrativamente llamamos “público” tal vez con una semántica equívoca, sobre todo para intérpretes maliciosos.

Nada ni nadie impide ni pretende impedir a los cristianos la libre manifestación de su fe, ni en su esfera íntima ni en la social, pero ninguna confesión tiene carácter estatal, es decir oficial, en España. Los únicos objetos representativos de símbolos que pueden adornar los edificios públicos son los escudos, banderas y retratos oficiales según venga regulado en la correspondiente normativa. Eso es lo que proclama nuestra Constitución… ¿Hay alguna razón basada en el amor a Dios o a los hermanos para que no sea así?… ¿No es más razonable que, siguiendo las palabras del Evangelio, sea cada uno el que “cargue con su cruz” (Mt.16, 24) en vez de imponerla a los demás?

La Iglesia española desconfía de su propia capacidad de convicción y de la fuerza de su mensaje cuando busca tan ansiosamente un amparo político que no necesitaría, desde luego, para cumplir su misión evangélica (tal vez para otras cosas) ofreciendo a cambio su notable capacidad de movilización y fanatización entre determinados sectores de la ciudadanía y ahí están sus medios de comunicación y sus organizaciones funcionando a toda máquina para demostrarlo. No hay en esto demasiadas diferencias con la actuación política de las clerecías de otras religiones.

Buscan un partido que les ofrezca la suficiente cobertura económica, material y de coacción social como para mantener el monopolio de la producción y transmisión de valores frente a una ética pública civil kantiana, liberal y laica que es la herejía que perturba su tranquilidad y su ortodoxia en estos tiempos entregando a cambio de ello una legitimación espiritual: El poder político “por la Gracia de Dios”.

Llegan tarde sus Eminencias, por lo menos treinta años.

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