¿LIBERTAD O IDENTIDAD?

Algunos autores (Aurelio Arteta muy recientemente) están poniendo el acento en el uso y abuso de conceptos políticos muy poco claros o interesadamente malinterpretados. Uno de ellos es el de la tan traída y llevada “crispación”.
Resulta curioso que estando el terrorismo (problema político y social número uno) afortunadamente a la baja, sea el desacuerdo entre los partidos el que supera unos límites aceptables y alcanza de modo destructivo los consensos que posibilitan la convivencia. El debate político se torna cada vez mas radical, mas emotivo, menos gestionable desde el ámbito de la política profesional weberiana.

Ofrecer una definición politológica de la crispación resulta verdaderamente difícil. Se trata de en término de enorme polisemia que hace además referencia a elementos subjetivos y emocionales de tal forma que una misma realidad puede ser percibida de tantos modos como sujetos en relación a su capacidad de producir crispación psicológica.

¿Cuáles son las fuentes (por lo menos, las principales) de esta crispación?

Los nacionalistas hacen hincapié en un fenómeno que sin lugar a dudas interviene en este proceso de elevación de la temperatura del debate político hasta niveles verdaderamente incómodos: el comportamiento político “sobrereactivo” del gobierno español.

En efecto, durante muchos años el terrorismo, aún a pesar de su evidente conexión teleológica con todo el movimiento político nacionalista, era visto por unos y por otros como una aberración ética de tal magnitud que abría un foso insalvable entre los terroristas y el resto de la ciudadanía, nacionalistas incluidos.

Esta alineación democrática generalizada de las distintas fuerzas políticas obviaba la apertura de un frente político en torno a planteamientos de respuesta antiterrorista más extensos o radicales. Se luchaba contra el terrorismo de un modo, si se me permite decirlo, “despolitizado”. Como si ETA no tuviese nada que ver con un determinado posicionamiento político etnicista, se ponía el acento exclusivamente en su carácter totalitario. Era el llamado, no muy atinadamente por cierto pues nunca lo fué, “terrorismo ciego e indiscriminado”.

Plantear, entonces, que el nacionalismo, que todo nacionalismo, constituye una mala alternativa, un desideratum sumamente pobre desde una perspectiva ética, algo digno de ser combatido, democráticamente combatido, resultaba sencillamente surrealista. La identificación de cualquier antinacionalismo vasco con un viejo nacionalismo español uniformizador y autoritario era todavía demasiado fácil, demasiado fuerte.

La derecha política vasca omitía (por si acaso) cualquier planteamiento de este tipo y la izquierda era aún víctima de todos los “tics” y complejos de la cultura política amasada en el antifranquismo “light” de las postrimerías del antiguo régimen. Rojos y nacionalistas se reconocían mutuamente como demócratas (en cuanto que antifranquistas) de un modo mas emotivo que racional.

Lamentablemente, la puesta en marcha de un proceso de colaboración objetiva entre el nacionalismo violento y el institucional quiebra definitivamente aquella unidad democrática y produce la necesidad, la necesidad estratégica, de una respuesta política que no puede limitarse ya a la lucha contra el terrorismo en sí, sino que alcance los componentes ideológicos, mitológicos, etnicistas e identitarios en los que encuentra su fermento y su justificación. En pocas palabras aparece, por primera vez desde la transición democrática, la demanda política de unos posicionamientos paladinamente antinacionalistas… “a fuer de liberales”.

En estos últimos años, sin embargo, ha ido surgiendo frente al confusionismo político-terminológico un poderoso movimiento de intelectuales, intelectuales indiscutiblemente antifascistas, que comenzó a llamar a cada cosa por su nombre, para escándalo de algunos, señalando por ejemplo la conexión entre el terrorismo efectivo y el pensamiento totalitario etnicista que nutre, desgraciadamente, tanto a la rama violenta como a la institucional del nacionalismo actual.

Este posicionamiento liberal-radical ha sido rápidamente tildado como “demonización” del nacionalismo, aunque este concepto demoníaco resulta todavía mas oscuro, complejo y difícil de entender.

La estela de esta reacción intelectual ha sido seguida por una derecha evidentemente desacomplejada que, puesta en el centro de la diana de los violentos, ha sabido definir el campo de batalla electoral con nitidez (tal vez excesiva) haciendo bandera propia de la libertad común amenazada y ejecutando una política de resistencia y firmeza que no está exenta de cierto heroísmo (ni de un notable exhibicionismo), pero que recibe un consistente apoyo de los electores, vascos no nacionalistas en Euskadi y no vascos en el resto de España.

Ese éxito, siempre relativo, no hace, sin embargo, que todas las propuestas antinacionalistas sean, sin mas, correctas o adecuadas. No late detrás de todas ellas un impulso por la libertad y la tolerancia.

En cualquier caso, torpezas al margen, la cuestión es que la política vasca había llegado a un equilibrio aparentemente insoluble cuya ruptura puede resultar “higiénica”. En efecto, de las dos dimensiones que caracterizan la arena política vasca (la identitaria: EUSKADI vs. ESPAÑA y la socioeconómica: IZQUIERDA vs. DERECHA) la primera, dominante, había alcanzado una situación totalitaria: El poder político corresponde siempre a los nacionalistas de modo “natural”, al identificarse simbólicamente el Pueblo Vasco con el sector nacionalista de su ciudadanía y éste, si se me apura, con su partido político hegemónico: el PNV.

Mediante la ocupación permanente del poder político, el económico, el social, el religioso, etc., se procede a la construcción de un país que, sin ser jurídicamente independiente de España, llega a parecerlo en todo lo referente a sus manifestaciones simbólico-públicas. El nacionalismo (ideal) se adueña de este modo del país real sin que las demás fuerzas políticas puedan, ni tal vez quieran, ofrecer una identidad política alternativa.

Los vascos no nacionalistas, sin embargo, no hemos pretendido nunca dejar de ser vascos, sino de que para ello no sea necesario ser nacionalistas ¿Qué hay de malo ?

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