INDIVIDUO Y ESTADO

El viejo paradigma liberal explica la siempre conflictiva relación entre el individuo y el estado como una sucesión de episodios dialécticos entre un leviathan opresor, insaciable y gigantesco, movido por intereses corporativos y unos ciudadanos originalmente libres e iguales que defienden con diferente suerte su preciada libertad y su fortuna.

La explicación liberal, empero, no puede aplicarse de un modo dogmático pues, aún teniendo una gran dosis de acierto, omite la función instrumental de ese propio estado en manos de diversos grupos sociales.

En efecto, el aparato estatal no se orienta exclusiva (ni siquiera principalmente) a la satisfacción de las necesidades de funcionarios, contratistas y “clase política” sino que atiende a las presiones y a los mandatos políticos de sectores de la sociedad que buscan la prevalencia de sus particulares intereses económicos, religiones, culturales, morales, étnicos, etc. ¡políticos, en suma!

La ciudadanía no es un conjunto uniforme de individuos mas o menos cohesionados sino una estructura fragmentada de modo irregular. Ni todas las personas actúan políticamente mediante su integración en grupos ni el sentimiento identitario/gregario es igualmente intenso en todos ellos. Además, evidentemente, los diferentes grupos sociales tienen grados muy distintos de permeabilidad, desde la compatibilidad mas absoluta al odio feroz.

Añadamos, por último, que cada grupo social se plantea de un modo también distinto su relación con el poder político, desde el mas intenso (la participación política directa) hasta la mas absoluta indiferencia.

Reconocer esto no significa abdicar de la política sino, simplemente, ajustar el margen de actuación de la misma a algo soportable, temporal y “cronodegradable” sin pretensiones excesivas.

El resultado de la interacción de tantas variables hace que, si se es sincero, resulte imposible la aplicación al fenómeno de la política de cualquier esquema dogmático, ni el liberal ni el marxista, ni ningún otro. Ello no quiere decir que no se haya intentado ni que estemos suficientemente vacunados frente a tal tentación. Lo que quiere decir es que el ahormamiento de una sociedad entera a una visión dogmática del tipo que sea necesita para poder ser llevada a cabo con una mínima eficacia el aplastamiento de las infinitas diferencias, sentimientos, ideales, intereses e identidades y que, para ello, no hay sino dos herramientas básicas, la mentira y la coacción.

Cualquier ingeniería social que intente, a partir de una situación histórica concreta, materializar una sociedad ideal en torno a elementos identitarios del tipo que fueren, va a necesitar una cortina de falsedades y un baño de sangre y aún así, pocas veces coronará el éxito sus esfuerzos de matarife.

Que el modelo utópico que se presenta como objetivo sea bueno es algo sobre lo que no nos debe caber ninguna duda. Ni siquiera el mas loco de los dictadores pretendería nunca arrastrar a las gentes en pos del infierno. El destino siempre es gozoso, todos los genocidios han estado presididos por una buena intención, todos han sido la manifestación necesariamente dolorosa del alumbramiento de un futuro mejor, de un hombre nuevo, de un pueblo en marcha, de la construcción de una nación.

La cita es tan conocida que tengo serias dudas de su paternidad, pero no por ello deja de ser certera: La necesidad de romper huevos para hacer tortillas no garantiza en absoluto que las tortillas sean un producto automático del cascamiento de huevos, ni mucho menos.

08/11/2005

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